Hoy se escribe uno de los capítulos más bizarros de esta surrealista telenovela nacional llamada Cuarta Transformación, donde la mayoría de los ciudadanos apenas y somos espectadores forzosos.
En un episodio que puede cambiar la historia política de México, un gran jurado federal en Nueva York acusó formalmente al gobernador de Sinaloa y a nueve funcionarios públicos. Además, el Comité de Asuntos Exteriores Americano advirtió que esto es apenas el comienzo.
Rubén Rocha Moya lleva años en el ojo del huracán. Testimonios, señalamientos y filtraciones lo vinculan con un cártel del narcotráfico. Durante todo ese tiempo, Andrés Manuel López Obrador, Claudia Sheinbaum y todo el ecosistema morenista lo defendieron y le blindaron la espalda con una lealtad que hoy luce tan reveladora como comprometedora. Así que no conviene fingir sorpresa.
El partido que prometió acabar con la corrupción construyó la trampa en la que hoy está atrapado.
La estrategia de Washington es quirúrgica. Ya no necesitan probar narcotráfico directo; basta con acreditar apoyo transaccional a estructuras criminales, algo que dado de quienes hablamos no se ve complicado. La acusación formal no fue una sorpresa. Hubo claros mensajes previos: retiro de visas, filtraciones estratégicas, sanciones a entidades financieras, nombres sembrados en la prensa.
En México el panorama es otro. El gobierno federal lleva semanas actuando como gallina sin cabeza: declaraciones contradictorias, burlas y bravuconadas, reuniones discretas, entregas de criminales de medio pelo para patear la lata, el viaje a Barcelona, el episodio de Chihuahua y, como única decisión concreta: el entierro práctico de la política de “abrazos y balazos”.
Estrategia, lo que se dice estrategia, ninguna.
Hoy están atrapados en una encrucijada a la que caminaron solitos: si protegen abiertamente a los suyos, podemos empezar a despedirnos del T-MEC, abrir la puerta a nuevas represalias y confirmar la narrativa del “narcopartido” rumbo a 2027: un obsequio inmerecido para una oposición que no ha hecho nada.
Si cooperan, fracturan la ya endeble cohesión interna y mandan un mensaje brutal a los liderazgos regionales: nadie será protegido. Y esos diez nombres, conviene recordarlo, podrían ser sólo el inicio.
La salida probable es la “vieja confiable”: ganar tiempo con declaraciones cruzadas, fingiendo serenidad, lanzando cortinas de humo y refugiarse en interpretaciones legales. El problema es que ese tiempo saldrá carísimo. Cada día que pasa erosiona más la credibilidad de la 4T y sus gobiernos.
Además, Estados Unidos tiene sus propios tiempos, no lo olvidemos.
Aquí es donde el mundo empresarial puede sacar una lección útil de este desastre. Porque, aunque cambie la escala, la mecánica de una crisis mal gestionada siempre se parece.
La primera lección es la más difícil de asimilar: las crisis sistémicas no nacen de la noche a la mañana. Se incuban con pequeñas decisiones, lealtades mal puestas, omisiones convenientes e intereses personales. Cuando estallan, nadie puede fingir sorpresa. El gobierno sabía lo que tenía entre manos, decidió protegerlo y hoy paga la factura.
La segunda: en una crisis así, negar es suicida. La credibilidad que ya perdiste no vuelve con discursos. Lo único que funciona es separar, aislar el problema, actuar con transparencia y negociar en silencio mientras se contiene el daño. Cualquier manual serio de gestión de crisis lo explica. En cambio, el gobierno mexicano lleva días improvisando en vivo.
La tercera, quizá la más útil para cualquier empresa u organización: los aliados que te comprometen no son aliados, son pasivos. Y los pasivos, si no los reconoces a tiempo, te quiebran.
Sí, creo que esta crisis es gestionable. Pero aquí es donde el gobierno necesita entender algo que parece escapársele: el precio a pagar será alto, muy alto, y pretender evitarlo solo lo multiplica.
El gobernador pidió licencia temporal. Toma distancia, pero conserva margen. Es evidente que no confía más en sus aliados, ni ellos en él. Tampoco conviene olvidar a los otros acusados ni a los nombres mencionados desde hace meses. Esto todavía puede derivar en un “sálvese quien pueda” y lo que eso conlleva.
Lo que México necesita, y lo que cualquier Consejo exigiría a un Director General en una hora así, es actuar con una lógica superior a la mera sobrevivencia inmediata. Hay que blindar a la presidenta con argumentos y actuaciones serias, resueltas y firmes. No exponerla a mentir por defender a los indefendibles. Fuerte purga interna. Fortalecer el sistema judicial y recuperar órganos de fiscalización y ciudadanos. Aplicar un escrutinio brutal a los candidatos de 2027. Reforzar la lucha contra el crimen organizado. No es una estrategia de RP, es una estrategia de Estado.
El tablero ya empieza a moverse.
Lo que sigue dirá si este gobierno tiene capacidad para hacer lo necesario y anteponer al país o sólo conserva instinto de supervivencia.
Porque una cosa es sobrevivir la crisis. Y otra muy distinta, salir impune.
Un abrazo.









