Aunque solemos imaginar que la vida es un camino que debemos recorrer y en el que al final estará la felicidad como destino, la experiencia nos muestra que no hay nada definido, que todo es incierto y que el camino se hace al andar. Estamos en el camino y lo recorremos porque no tenemos otra opción, porque el tiempo nos empuja por detrás mientras la muerte nos amenaza con arrojarnos por el desfiladero. Todos vamos por el mismo camino, lo hacemos obligados y sin haberlo pedido, y cada quien a su manera. Algunas personas corren, otras avanzan lento, algunas intentan ir en sentido contrario y otras pretenden detenerse, aunque en verdad siempre nos movemos hacia un destino incierto. La vida es el camino y no hay más que aprender a caminar.
El movimiento es el signo de la existencia. Todo lo que existe, lo hace porque se mueve, aunque en apariencia no lo demuestre. En este universo no hay nada fijo, pues la materia siempre está sujeta a las transformaciones del tiempo y, por ende, al movimiento. Nos movemos, lo queramos o no; aún sentados en aparente inmovilidad nuestra mente no cesa de pensar, nuestra sangre no detiene su cauce y nuestra respiración no para su circulación. Todo se mueve, aún en contra de su voluntad, pues detrás del cosmos prevalece un motor invisible que obliga a todo lo existente a no parar su actividad. Ahora mismo, en esta aparente quietud, nos movemos, avanzamos por el camino en el cual fuimos colocados.
Si estamos obligados a avanzar, lo mejor es hacerlo por consciencia, antes que por impulso. Avanzamos, pero la mayoría de las veces lo hacemos movidos con la inercia generada por la ley de causa y efecto. Es cierto que no podemos detenernos, pues caeríamos en la inexistencia, solamente lo que no existe no se puede mover, pero sí podemos darle otro orden y sentido a nuestro movimiento, el cual es a la vez que físico, mental. Nos movemos y no únicamente por nuestras piernas, ni por nuestros pies, ni por los medios de transporte con los que contamos, sino que nos movemos por lo que pensamos, por lo que decimos, por lo que hacemos y también por lo que evitamos. Pensar, decir, hacer y evitar son los motores de nuestro camino.
Un proverbio dice que el ser humano es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra. Esta idea expresa, esencialmente, nuestra inclinación para cometer dos veces o más el mismo error. Cuando nos equivocamos, la primera vez lo hacemos por nuestra falta de experiencia, pero la segunda vez y las siguientes, por nuestra necedad. Equivocarse cuando iniciamos algo es inevitable, pues carecemos del respaldo de la experiencia, la cual no es algo distinto al conocimiento, pero cuando erramos una y otra vez y de la misma manera es sencillamente porque nos hemos cerrado a toda posibilidad de comprensión de lo que estamos haciendo, por eso es que tropezamos dos veces, o más, con la misma piedra.
La palabra “tropezar” está emparentada con la palabra “pie”. Cuando uno se tropieza es porque sufre una especie de enredo en sus pies que le impiden avanzar en orden, teniendo como consecuencia un desequilibrio o, incluso, una caída. Cuando nos tropezamos es porque no fuimos capaces de vislumbrar la amenaza en el camino. Si únicamente perdemos el equilibrio, es mucho más fácil que recuperemos nuestro paso, pero si el tropiezo nos llevó a la caída, podría ser que no estemos en disposición de levantarnos para seguir avanzando. Tropezarnos es inevitable, levantarnos, necesario, sobre todo porque en este camino el movimiento es obligatorio. El mundo no se detendrá sólo para esperar a que nos recuperemos de la caída, sino que seguirá su curso.
Otra palabra que tiene relación con “pie” y, por ende, con “tropezar”, es la palabra “pecado”. Por costumbre, solemos entender como pecado aquellas faltas que se cometen contra la divinidad, sin embargo, el pecado en sí es la falta que cometemos en nuestra vida cotidiana cuando nos tropezamos en el camino debido a nuestra inexperiencia, a nuestra imprudencia y a nuestra inconsciencia. Todos pecamos y no porque faltemos al código moral de alguna religión, sino sencillamente porque somos humanos, y todos tropezamos, todos caemos. Los escritores Pedro Riba y Ramiro Calle lo expresan así en su obra El arte de aprender a vivir:
«El pecado es una forma de salirnos del camino o de apartarnos de lo correcto. Tradicionalmente se nos ha dicho que existen cuatro tipos de pecados: pensamiento, palabra, obra y omisión. En esas directrices se centra el quehacer humano. Una persona con pensamientos impuros peca porque lo impuro dificulta nuestro avance emocional, espiritual y evolutivo. En lo tocante al pecado, es una forma de pecado porque nos condiciona, nos lastima y nos impide evolucionar. Cada vez que pensamos negativamente hacia nosotros o los demás, generamos emociones perjudiciales. El pecado de palabra es tanto o más grave, pues para pronunciar una afrenta tenemos que pensar. El poder de las palabras no sólo reside en lo que se dice, sino en cómo se dice. A veces es bueno callar, pero sólo cuando no es por desprecio, falta de solidaridad, dolor, miedo o inseguridad. Muchas personas, de manera errónea, consideran que los pecados de obra únicamente se limitan a las acciones negativas; sin embargo, debemos pensar a quién y de qué manera afectará eso que hacemos, incluso, debemos reflexionar en si por ayudar a una persona podemos perjudicar a otras. La omisión es no prestar atención a quien pide ayuda, a quien tiene problemas, a quien nos habla, es una manera insolidaria de pecar.»
La vida es un camino que vamos haciendo con cada uno de nuestros pensamientos, palabras, obras y omisiones. Aprender a caminar con consciencia es fundamental para reducir las posibilidades de pecar, es decir, de caer en el error. Con frecuencia, la sociedad supone que el pecado es una cuestión religiosa, cuando en realidad es una cuestión de desarrollo humano. El movimiento es inevitable y aprender a avanzar es necesario para no salirnos del camino.








