México arrancó el Mundial con una victoria de 2-0 sobre Sudáfrica.
Tres puntos, portería en cero, buen ambiente, una tribuna feliz y millones de mexicanos celebrando el inicio de la Copa del Mundo.
Hasta ahí, todo perfecto.
Sin embargo, si usted me pregunta qué fue lo más importante que dejó el partido, mi respuesta probablemente le sorprenderá.
No fueron los goles, ni el resultado, ni el liderato momentáneo del grupo.
Fue la expulsión de César Montes.
Sí, la expulsión.
Porque mientras todo mundo celebra la victoria, los cuerpos técnicos suelen preocuparse por cosas muy distintas.
Y créame: estoy convencido de que Javier Aguirre y su gente están mucho más ocupados revisando esa jugada que observando los goles del encuentro.
¿Por qué?
Porque en esa acción falló todo el aparato defensivo. La jugada tuvo la consecuencia que tuvo porque hubo exceso de confianza, se bajó la guardia y Montes, como último recurso, terminó cometiendo la falta.
Hay que decirlo: en los Mundiales no solo se castigan los errores futbolísticos.
Se castigan aún más los errores mentales.
Y ahí está el verdadero foco rojo de esta Selección.
Mire usted.
México fue superior.
México controló el partido.
México generó ocasiones.
México ganó merecidamente.
Pero también dejó al descubierto aspectos que deberá corregir rápidamente si realmente aspira a competir contra selecciones de mayor dinamismo, calidad técnica y jerarquía.
El primero es la contundencia.
Porque el partido pudo terminar con una diferencia mucho mayor.
Hubo momentos en los que Sudáfrica estaba completamente superada.
Y, sin embargo, México la mantuvo con vida demasiado tiempo.
Los equipos campeones detectan cuando el rival está herido.
Y entonces lo rematan.
No negocian.
No administran.
No especulan.
Rematan.
México todavía no mostró esa capacidad.
El segundo aspecto es la ambición.
Y aquí aparece otro detalle que no debemos ignorar.
Después del segundo gol, la Selección bajó revoluciones.
Administró el encuentro.
Manejó el balón.
Controló el ritmo.
Pero dejó de buscar el tercero.
Y los Mundiales suelen premiar a los equipos que tienen hambre, no a los que se conforman.
Porque cuando aparezcan rivales del tamaño de Francia, Alemania, España, Argentina o Brasil, las oportunidades serán mucho menos frecuentes.
Y cuando aparezcan, habrá que aprovecharlas.
La tercera observación, y para mí la más importante de todas, es la expulsión de Montes.
Un error innecesario.
Una acción evitable.
Una desconcentración.
Y aquí está el detalle, amigo lector.
No se trata únicamente de perder a un defensa para el siguiente partido.
Se trata de perder estabilidad emocional.
De enviar una señal equivocada.
De recordar que en una Copa del Mundo la cabeza juega tanto como los pies.
Por algo los grandes seleccionadores dedican horas enteras al control emocional de sus futbolistas.
Porque saben perfectamente que una tarjeta roja puede destruir meses de trabajo.
Ahora viene Corea del Sur.
Y ahí comenzará otro Mundial para México.
Porque Corea no es Sudáfrica.
Es un equipo mucho más disciplinado.
Más intenso.
Más ordenado.
Más exigente tácticamente.
Y, sobre todo, muy rápido tanto en sus individualidades como en sus transiciones.
Un rival que obligará a México a pensar mucho más el partido.
Y precisamente por eso considero que veremos una prueba mucho más cercana a la realidad.
México tiene argumentos para ganar.
Tiene experiencia.
Tiene mejores individualidades.
Tiene oficio.
Y además jugará con la confianza que siempre otorga una victoria en el debut.
Aunque también Corea del Sur llega motivada después de remontar en su primer partido.
México tendrá que resolver la ausencia de Montes y mejorar aspectos que quedaron expuestos en el encuentro inaugural.
Si corrige la falta de contundencia.
Si mantiene el orden.
Si controla las emociones.
Tiene todo para imponerse.
Mi pronóstico es una victoria mexicana por 2-1.
Aunque no descarto un empate si los asiáticos consiguen imponer su ritmo durante varios pasajes del encuentro.
Y no olvidemos una cosa: el público mexicano suele ser una veleta.
Si por azares del destino Corea se pone adelante en el marcador o México no cumple las expectativas de la afición durante los primeros 20 minutos, la localía podría cambiar de manos y el público en Guadalajara terminaría apoyando a Corea y presionando al máximo a los dirigidos por Aguirre.
Y ante ese escenario, los errores mentales o los titubeos pueden aparecer.
El aficionado mexicano, muchas veces, no sabe manejar la adversidad y termina convirtiéndose en un factor de presión adicional cuando el equipo atraviesa un momento complicado.
Y todo esto podría ser determinante en el resultado y, por consiguiente, en la posición del grupo y en el futuro de la Selección dentro del Mundial.
Prohibido desconcentrarse.
Y, sobre todo, prohibido fallar.
Y aquí es donde quiero terminar.
Porque mientras la mayoría de los análisis se quedarán con los goles, los tres puntos y el liderato del grupo, yo sigo pensando exactamente lo mismo.
La jugada más importante de la noche no fue un gol.
Fue una expulsión.
Porque detectar lo que nadie está viendo cuando todo mundo está celebrando también forma parte del análisis mundialista.
Y no se equivoque.
Los Mundiales no castigan los errores que usted ve.
Castigan los que usted decide ignorar.
Cada partido es una final para el Vasco Aguirre.
Porque de cada resultado dependerá el recuerdo con el que la afición se quede de él.
Así de justo o injusto es el futbol.
Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.
Hasta la próxima.

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