Una de las posturas más contundentes en materia de seguridad internacional es también una de las más difíciles de sostener en la realidad: “con terroristas no se negocia”. La expresión tiene fuerza moral, transmite firmeza institucional y responde al dolor legítimo de las víctimas. Sin embargo, la historia de los conflictos armados demuestra que muchos Estados, después de años de violencia, terminan abriendo canales discretos con sus enemigos más difíciles. No para absolverlos. No para legitimarlos. No para entregarles el Estado. Sino para intentar cerrar ciclos de violencia que la fuerza, por sí sola, no logró resolver.
Jonathan Powell, exjefe de gabinete de Tony Blair y negociador británico en el proceso de paz de Irlanda del Norte, desarrolló esta reflexión en su libro Talking to Terrorists: How to End Armed Conflicts, donde sostiene que los gobiernos suelen afirmar que nunca hablarán con terroristas, aunque en la práctica con frecuencia terminan haciéndolo cuando la negociación se vuelve parte de una salida estratégica.
La lección es incómoda: hablar no es conceder. Escuchar no es rendirse. Negociar no significa reconocer razón moral a quien ha usado la violencia contra civiles, instituciones o comunidades. Significa asumir que existen conflictos en los que la victoria absoluta es improbable, demasiado costosa o políticamente insuficiente para producir paz duradera.
El Estado no debe confundir contacto con claudicación. Puede explorar, verificar, dividir facciones, medir incentivos, abrir corredores humanitarios, negociar liberaciones o construir treguas parciales sin renunciar al uso legítimo de la fuerza. De hecho, un Estado que habla sin fuerza se debilita; pero un Estado que sólo usa la fuerza sin inteligencia política puede prolongar indefinidamente el conflicto.
La negociación con actores terroristas o insurgentes exige método, no ingenuidad. Requiere inteligencia humana, contrainteligencia, conocimiento de liderazgos, lectura de fracturas internas, comprensión del entorno social y capacidad para distinguir entre quienes tienen mando real y quienes sólo administran violencia.
No todos los grupos son negociables. No todos tienen racionalidad política. No todos pueden cumplir acuerdos. Por eso, antes de hablar, el Estado debe saber con quién habla, para qué habla, bajo qué condiciones y con qué límites.
El centro moral de cualquier proceso deben ser las víctimas. Ninguna negociación seria puede construirse sobre el olvido, la impunidad absoluta o la equivalencia moral entre el Estado y quienes recurrieron al terror. La paz no puede ser silencio armado. Debe incluir verdad, justicia posible, desarme verificable, reparación, garantías de no repetición y preservación del Estado de derecho.
Para México, esta discusión exige especial cuidado. El país enfrenta organizaciones criminales con control territorial, poder político y financiero, capacidad corruptora y violencia extrema. Las estructuras criminales no buscan transformar al Estado, sino capturarlo, corromperlo o sustituirlo localmente. Con ellas no se negocia soberanía, impunidad ni control territorial. Sin embargo, sí pueden existir herramientas diferenciadas: negociación táctica para salvar vidas, sometimiento legal, justicia transicional limitada, reinserción individual, protección de comunidades, desarticulación financiera y recuperación institucional del territorio. La clave es no convertir la paz en pacto oscuro ni la firmeza en parálisis estratégica.
El dilema no es si el Estado debe ser fuerte o dialogante. Debe ser ambas cosas. Fuerte para proteger a la población, preservar la ley y enfrentar a los violentos. Inteligente para entender cuándo la fuerza necesita complementarse con canales políticos, humanitarios o estratégicos.
Hablar con terroristas no es rendirse cuando el propósito es terminar la violencia, salvar vidas y fortalecer al Estado. La paz no nace nace de la fuerza institucional, la inteligencia estratégica y la claridad moral.
A veces, el Estado debe hablar con quienes resultan inaceptables. No para perdonarlos. No para premiarlos. Sino para impedir que sigan decidiendo, mediante la violencia, el destino de una nación.
@evrossainz










