A estas alturas del partido —nunca mejor dicho— el fútbol debería salirnos hasta por las orejas. Quizá sea la edad, pero no siento ese ambiente mundialista que en otras épocas se respiraba, aun meses antes del silbatazo inicial.
Tampoco es que yo haya sido el aficionado número uno de este deporte. Nunca lo fui, salvo cuando Hugo Sánchez era el pichichi del Real Madrid, pero de eso ya llovió.
Puede ser una percepción personal, aunque sospecho que no soy el único. Tal vez el Mundial todavía no entra en calor. Tal vez la FIFA ha convertido la pasión en un producto demasiado empaquetado. Ya habrá tiempo para discutirlo.
A pesar de ello, me preocupa que millones de mexicanos miren embobados cómo el balón rueda por los estadios de México, Estados Unidos y Canadá, mientras descuidamos ese otro partido que se juega, lejos de los reflectores, en los escritorios y despachos donde estos mismos países revisan el T-MEC.
Y ahí sí que nos estamos jugando algo muy serio.
Lo que sucede en las canchas acaparará los titulares y las conversaciones de sobremesa. Lo que ocurre en las mesas de negociación definirá el futuro económico de millones de personas durante las próximas dos décadas.
No es exageración.
Todos hemos escuchado que el acuerdo comercial más importante del planeta atraviesa uno de sus momentos más delicados. La explicación fácil consiste en señalar a Donald Trump como el gran responsable de torpedear su revisión.
Pero la realidad, como casi siempre, es bastante más compleja.
La volatilidad política del presidente estadounidense es real. Sus declaraciones generan reacciones y sus impulsos proteccionistas son bien conocidos. Sin embargo, hay un detalle que solemos pasar por alto: opera dentro de un sistema institucional diseñado precisamente para contener los excesos del poder.
En Estados Unidos, los tratados comerciales, los aranceles y las grandes decisiones económicas no dependen exclusivamente de la voluntad del presidente en turno. El Congreso conserva atribuciones fundamentales y los tribunales han demostrado, una y otra vez, que pueden poner límites cuando el Ejecutivo rebasa sus facultades.
Eso explica por qué, pese al ruido político, no hemos visto una fuga masiva de capitales ni una crisis generalizada de confianza.
Los inversionistas entienden perfectamente que las instituciones importan más que las personas.
La estabilidad económica de largo plazo no se construye sobre la simpatía o el temperamento de un líder. Descansa en reglas claras, contrapesos efectivos y certeza jurídica.
Y ahí es donde México está perdiendo el partido.
Mientras el sistema estadounidense contiene las pulsiones centralizadoras del poder, en nuestro país avanzamos en la dirección opuesta.
La concentración de poder, el debilitamiento de los contrapesos institucionales y la captura política de organismos que deberían ser autónomos han encendido señales de alerta dentro y fuera del país.
Si a eso sumamos las investigaciones y acusaciones en Estados Unidos contra funcionarios y políticos mexicanos por presuntos vínculos con el crimen organizado, el panorama se complica todavía más. Un problema delicado, sí, pero gestionable con inteligencia y sentido de Estado.
Sin embargo, decidimos responder con retórica política, descalificaciones automáticas y una defensa de lo indefendible.
Todo sea por proteger al grupo y sobrevivir políticamente, aunque el costo lo pague el país.
Las calificadoras internacionales y los mercados no reaccionan bien ante el autoritarismo y los discursos patrioteros. Evalúan riesgos y sacan conclusiones.
Y hoy el principal riesgo para México no está en Washington. Está en casa.
Porque la verdadera amenaza para una revisión exitosa del T-MEC no son las declaraciones altisonantes de Trump, sino la erosión de nuestras instituciones, la subordinación de la ley a los intereses políticos y la creciente percepción de que las reglas del juego pueden cambiar según las necesidades del poder.
Eso debilita nuestra posición negociadora mucho más que cualquier arancel.
No estoy en contra del Mundial. Al contrario, me entusiasma que México vuelva a ser anfitrión de la fiesta deportiva más universal del planeta.
Lo que me preocupa es nuestra extraordinaria capacidad para distraernos de los asuntos verdaderamente importantes.
El mundial de futbol de México, Estados Unidos y Canadá se juega en las canchas y termina el 19 de julio con Cristiano Ronaldo alzando la Copa ante los ojos del Mundo -hago changuitos- y será un épico. Pero en unos meses será sólo una anécdota.
Pero el otro torneo, el que México, Canadá y Estados Unidos juegan simultáneamente en oficinas, mesas de negociación y despachos gubernamentales, tendrá consecuencias mucho más duraderas.
Ojalá le pusiéramos la mitad de la atención que se está llevando el primero.
Un abrazo.










