Cuando sentimos que “tocamos fondo” es porque los problemas nos rebasan, como también lo hacen el exceso de responsabilidades y la abundancia de otras deudas económicas, sociales y morales que nos llevan a una condición de parálisis ante la saturación. Sentimos que tocamos fondo cuando son tantos los factores que debemos atender que no sabemos por dónde empezar. Pero no es que el exceso haya estado desde siempre atormentándonos, antes bien, somos nosotros mismos los que hemos generado tal situación al no tener control en nuestras vidas. La parálisis ante la saturación, no es más que la expresión del desorden que hemos ido acumulando a partir de pequeñas, pero importantes, malas decisiones. Tocamos fondo y lo único que esperamos es hallar la manera de recuperar la simpleza de los días pasados.
Nuestra tendencia al desorden no es fortuita, su origen está en el culto que socialmente le rendimos a lo excesivo, a lo sobreabundante. Manipulados, como de costumbre, por los medios de comunicación, caemos en el error de suponer que nuestra libertad consiste en elegir las cadenas con las que habremos de perecer –si todos habremos de perecer, al menos elijamos nuestro patíbulo–, pero no es así. La libertad nada tiene que ver con el exceso, mucho menos con el desorden, sino con la mesura. Nadie que se diga ser libre estará al mismo tiempo tocando fondo debido a la saturación de deudas de cualquier naturaleza.
Menos es más, dicta la sentencia popular, y eso es lo que sentimos cuando tocamos fondo. Cuando caemos en desesperación, sabemos que librarnos de ciertas aflicciones es lo que nos permitirá volver a respirar aire fresco. Como un barco sobrecargado, corremos el riesgo de hundirnos aunque sepamos flotar, pues al ser la incertidumbre un vasto océano, son equivalentes los riesgos que éste implica para nuestra existencia.
Nada de más, pero tampoco nada de menos, en ello consiste la vida equilibrada, una experiencia difícil de conocer para la mayoría de las personas, pues lo que se nos ha enseñado es a tener mucho o, al menos, a desear más, aunque nunca tengamos aquello por lo que nos desvivimos. Casas más grandes, autos más rápidos, tecnologías más inteligentes, más, más y más, pero únicamente hacia lo exterior, pues como individuos cada vez somos menos, menos inteligentes, menos capaces, menos independientes, menos libres, aunque de repente no nos lo parezca. Basta con mirar detenidamente a nuestro alrededor para más o menos entender cómo vivimos, qué hemos logrado y si obtuvimos lo que tanto imaginamos. El desequilibrio forma parte de nosotros, pues nuestras ideas, emociones, deseos y salud no marchan al unísono.
Ante tal desconcierto, la vida simple es lo único que podría mantenernos a flote, y si no nos da la libertad, al menos nos permitiría vivir con menos cadenas. La vida simple es generalmente mal vista, pues relacionamos lo simple con lo pobre, con lo mediocre, con lo conformista. Sin embargo, lo simple es lo que ha renunciado a lo accesorio para desarrollarse con lo elemental. Lo simple no debe entenderse como sinónimo de lo aburrido, ni de lo desapasionado, podemos ser personas simples y con una alta estima de la vida. La vida simple es la vida consciente, la vida simple es aquella en la que los pensamientos, las emociones, los deseos y la salud lejos de corromperse, se unifican, contribuyendo al mejoramiento personal.
Lo simple es lo mismo que lo sencillo, esencialmente así es. Atendiendo a su origen, ambas palabras proceden de la raíz “sem”, que significa “uno” o “unidad”. En este sentido, lo simple y lo sencillo son todo aquello que se aleja de lo superficial y de lo complejo para establecerse en lo comprensible, en lo transparente, en lo nítido. Lo simple y lo sencillo se alejan de la oscuridad, sobre todo de aquella que encontramos cuando tocamos fondo por habernos entregado a prácticas excesivas y complicadas. Hay quienes sienten desconfianza de los simple y de lo sencillo, y prefieren refugiarse en la comodidad que otorga el disfraz de lo complejo, sin darse cuenta que lo único que consiguen es alejarse de la unidad para refugiarse en lo que está dividido, desconectado y desordenado; por ello es que se toca fondo. El economista Jack Trout explica la importancia de evitar lo complicado en su obra El poder de lo simple:
«Comúnmente, ser considerado “simple” o “sencillo” no es una ventaja. Que le consideren un «simplón» o un “simplista” es aún mucho peor. Es como ser ingenuo, o incluso, tonto o necio. Hay una sensación de que hace falta cubrir todas las opciones porque alguien podría ponernos en evidencia en cualquier momento. No se puede omitir nada, pues podría ser fatal. En otras palabras, si sólo se dispone de una idea y esa idea falla, no se tiene ninguna red de seguridad. Esa saturación de opiniones se aleja de lo simple. Nuestra educación general nos enseña a gestionar cada variable, a explorar cada opción y a analizar cada perspectiva posible. Esto nos conduce a una complejidad enloquecedora. Se confunde «simplicidad» (cualidad de ser simple) con “simpleza” (bobería). En nuestro lenguaje coloquial ser “simplista” tiene una connotación negativa, cuando en realidad significa “que simplifica o tiende a simplificar”. Lamentablemente, cuando se empieza a dar vueltas sobre todas las soluciones posibles a un problema, entramos en el camino al caos. La sencillez requiere que se reduzcan las opciones y que se decida un camino único. La complejidad no debe admirarse, debe evitarse.»
La vida simple es la vida pacífica. La vida simple no es la vida desprendida, tampoco de la indigencia, mucho menos de la apatía. Ser simples no debe entenderse como ser semejantes a los muertos. Podemos ser simples y experimentar la belleza de la existencia, pero para ello debemos de ser capaces de eliminar de nuestras mentes las telarañas y el polvo que nos han llevado a tocar fondo y a creer que tiene más valor entregarse a una complejidad enloquecedora.









