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El último hombre que queda de pie… acaba siendo el campeón

Por Pepe Hanan
21 junio, 2026
En Análisis
El último hombre que queda de pie… acaba siendo el campeón

Le voy a confesar algo, amigo lector. Durante muchos años pensé que los Mundiales los ganaban los mejores equipos. Después pensé que los ganaban los mejores jugadores. Más tarde llegué a creer que todo dependía de los sistemas tácticos. Y como suele suceder en la vida, el tiempo terminó enseñándome otra cosa. Porque mientras más Mundiales veo, más me convenzo de una realidad que parece sencilla, pero que cambia absolutamente todo.

Los entrenadores juegan para ganar. Los seleccionadores juegan para sobrevivir. Mire usted qué diferencia. Parece la misma profesión. No lo es. El jugador tiene tiempo, entrena todos los días, corrige, ensaya, repite, perfecciona. El seleccionador trabaja con tiempo prestado. Llega, observa, decide y vive con las consecuencias. Por eso siempre me han fascinado los seleccionadores, porque administran algo mucho más complejo que un sistema de juego. Administran destinos. Y cuando uno revisa la historia de los Mundiales encuentra hombres muy distintos entre sí. Bilardo, Parreira, Del Bosque, Scaloni y, ahora, Javier Aguirre. Todos diferentes. Todos exitosos. Todos curtidos en el sufrimiento. Pero al final, todos sobrevivientes.

Porque, amigo lector, los Mundiales no pertenecen al más brillante, pertenecen al último hombre que queda de pie. Carlos Bilardo lo entendió antes que muchos.

Cuando Argentina llegó a Italia 90 ya no era aquella máquina competitiva que había conquistado México cuatro años antes. Maradona jugaba lesionado. Burruchaga estaba disminuido físicamente. Ruggeri arrastraba molestias. Caniggia era prácticamente el único hombre capaz de romper una defensa rival con velocidad. Y detrás de todos ellos aparecía Sergio Goycochea, el encargado de custodiar el último bastión argentino: la portería, la última línea de resistencia. El hombre que terminó simbolizando a aquella selección. Porque cuando Argentina ya no podía imponerse desde el talento, debía resistir desde el carácter. Y cuando ya no podía ganar los partidos, necesitaba encontrar la manera de no perderlos. Ahí apareció Goycochea. Primero contra Yugoslavia, después contra Italia. Siempre cuando parecía que la historia estaba por terminar. Y, sin embargo, Argentina seguía apareciendo en el siguiente partido. Como esos viejos boxeadores que ya no ganan por nocaut, pero que siempre encuentran la manera de escuchar la campana final permaneciendo de pie.

Cuatro años después, Carlos Alberto Parreira enfrentó otro desafío. Brasil llevaba 24 años sin levantar la Copa del Mundo. Todo un país exigía espectáculo. Jogo Bonito, goleadas, magia, fantasía. Parreira eligió otra ruta. Y dejando de lado lo que la afición quería disfrutar, se concentró en lo que la afición quería obtener. La Copa del Mundo. Se enfocó en orden, disciplina, paciencia, equilibrio. Lo criticaron durante todo el torneo, pero siguió adelante. Porque entendió algo que muchos todavía no entienden. Los equipos brillantes ganan partidos. Los equipos disciplinados sobreviven torneos y alcanzan campeonatos. Y quizá la mejor prueba llegó el día de la final. 120 minutos de tensión. 120 minutos de espera. 120 minutos sin cometer el error fatal. Hasta que llegó la tanda de penales. Y entonces apareció aquello que todo sobreviviente espera. El error del rival.

Desgraciadamente, para Roberto Baggio, la historia le tenía reservado ese papel. El mejor futbolista italiano de su generación terminó enviando el balón por encima del travesaño. Y en ese instante Brasil encontró la gloria que llevaba 24 años buscando. Porque muchas veces los Mundiales no los decide una genialidad. Los decide un error. Y la samba volvió a escucharse por todo el planeta. El primer tetracampeón del mundo había nacido. Una verdadera locura.

Vicente del Bosque encontró un camino diferente. España dominaba desde la posesión, defendía con el balón, administraba los ritmos, controlaba los espacios, reducía riesgos. Pero incluso aquella selección extraordinaria terminó necesitando a un sobreviviente. Porque la final también llegó al límite, al desgaste, al sufrimiento, al tiempo extra. Y fue entonces cuando apareció Andrés Iniesta. No el Iniesta brillante que dominaba partidos, no el Iniesta fresco de otros años, sino el Iniesta agotado, exprimido, jugando con las últimas reservas que le quedaban, sacando fuerzas desde el interior para iniciar aquella acción que terminaría cambiando la historia.

Un esfuerzo más. Un recorrido más. Un instante más. Lo suficiente para que España encontrara el jaque mate que llevaba décadas persiguiendo. Porque incluso los equipos más brillantes necesitan sobrevivir antes de alcanzar la eternidad.

Y mientras observo este Mundial, amigo lector, no puedo evitar pensar en Javier Aguirre. No en el entrenador, en el seleccionador. El discípulo de Rinus Michels, de Nacho Trelles, de Bora Milutinović, de Mejía Barón. El hombre que cambió los botines por el banquillo para recorrer este camino de lágrimas, presiones, decisiones y responsabilidades. Porque este no es el Aguirre de 2002, tampoco el de 2010. Aquellos todavía se estaban construyendo. Este ya no. Este Aguirre ya enterró a todos sus muertos. Y créame, amigo lector, no fueron pocos. Treinta años de carrera dejan cicatrices. Algunas públicas, otras privadas, algunas que se olvidan con el tiempo y otras que siguen apareciendo cuando nadie las llama.

Porque los seleccionadores no son perseguidos por los goles que reciben. Son perseguidos por las decisiones que toman. Y pocas cosas envejecen más lentamente que una decisión tomada en una Copa del Mundo. Quizá por eso este Aguirre luce diferente. Porque hay derrotas que enseñan, Pero también hay derrotas que transforman. Y las más dolorosas suelen convertirse en las maestras más severas. Por eso hoy luce diferente. Más tranquilo, más paciente, más pragmático. ¿Por qué no decirlo? Más sabio. Porque la sabiduría proviene de la aplicación de la inteligencia y el buen juicio a lo largo de la experiencia. Y treinta años como entrenador, más catorce como futbolista profesional, alguna enseñanza debió haberle dejado.

Porque mientras muchos siguen viendo partidos, él parece estar viendo consecuencias. Más de mil partidos dirigidos. España. Japón. Egipto. Emiratos Árabes. Tres Mundiales con México. Finales perdidas. Descensos evitados. Uno que fue imposible evitar. Champions League. Proyectos rescatados. Errores cometidos. Sospechas de las que terminó exonerado. Críticas soportadas. Y una conclusión que parece gobernar cada una de sus decisiones. No cometer ni un solo error más. El tiempo de los errores ya caducó. Porque este México no intenta enamorar. No intenta aplastar. No intenta convencer. Intenta permanecer. Dos partidos. Dos victorias. Tres goles a favor. Cero en contra. Cero lesionados. Una sola tarjeta amarilla. Una base titular que empieza a consolidarse. Cambios que se repiten. Jerarquías claras. Nada parece producto de la improvisación. Porque Aguirre ya no busca. Aguirre ya encontró. Y ahí es donde está el detalle. Porque quizá la reflexión más importante de todas no tiene que ver con Bilardo. Ni con Parreira. Ni con Del Bosque. Tiene que ver con nosotros. Con México. Desde 1986 hemos perseguido la gloria. Y, no nos engañemos, no la hemos alcanzado, ni siquiera nos hemos acercado realmente.

Lo que hemos acumulado son experiencias, recuerdos, frustraciones y eliminaciones. Algunas dolorosas, otras inevitables y, a juicio de la afición, casi todas inmerecidas. Pero también casi todas parecidas.

Hemos querido jugar como argentinos, como serbios, como españoles, como colombianos y hasta como suecos. Y cuando hemos intentado jugar como mexicanos, muchas veces hemos tratado de copiar modelos ajenos. Buscando respuestas en otros lugares. Persiguiendo estilos que no nos pertenecen.

Hoy escuchamos que México debe gustar, que debe tener posesión, que debe parecerse al Barcelona de Guardiola, que debe jugar como las grandes potencias. Y quizá algún día tenga los futbolistas para hacerlo. Pero no sé usted qué piense, amigo lector. Yo no veo hoy a Maradona, no veo a Romario, no veo a Iniesta, no veo a Messi. Lo que veo son 26 futbolistas y a veces los Mundiales no los ganan las estrellas. Los ganan los equipos. 26 hombres que, si son bien dirigidos, bien encauzados y trabajan juntos, pueden construir algo mucho más poderoso que cualquier individualidad. Pueden resistir, pueden competir, pueden sobrevivir. Y quizá, solo quizá, puedan alcanzar esa gloria que durante 40 años se nos ha escapado de las manos. Porque la gloria alcanzable está ahí. Se llama semifinal. Y para llegar a ella tal vez México no necesita parecerse a nadie. Tal vez necesita hacer algo mucho más simple. Reducir errores, resistir, esperar y, cuando el rival se equivoque, golpear.

Porque los Mundiales no siempre los gana el más brillante. Muchas veces los gana el último hombre que queda de pie. Y Javier Aguirre sigue de pie. Por ahora. Esperando que el destino finalmente lo alcance. Porque los Mundiales son pacientes. Siempre terminan revelando la verdad. Y la verdad suele pertenecer al último hombre que queda de pie.

He de confesarle que un servidor, de muy joven, pensaba que la Selección debía avasallar y encantar. Conforme fui entendiendo mejor el juego, cambié el avasallar por encantar y ganar. Hoy, en plena madurez, sé que el secreto no está en jugar mejor. Está en sobrevivir más tiempo. Y quizá ahí radique la diferencia. El Javier Aguirre de 2002 y 2010 tomaba decisiones como entrenador. El Javier Aguirre de 2026 ya lo veo tomando decisiones como un seleccionador.

Mientras tanto… veremos y diremos.

Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.

Hasta la próxima.

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