La acumulación material es el mayor ideal social, por ello, nuestra sociedad es consumista, pero también por esa razón es que miles de personas están dispuestas a hacer lo que sea por dinero; no pensemos únicamente en cuestiones que infringen la ley, pues incluso aquello que es legal resulta perjudicial para la mayoría de la población. Pensemos, por ejemplo, en las largas jornadas laborales que millones de personas soportan para garantizar su supervivencia material, pero también para conseguir aquella mercancía convertida en ideal y que nos han convencido de que se trata de algo necesario. Si económicamente estamos limitados, o incluso mal, a veces es por nuestra incapacidad de moderar nuestros deseos, y no tanto porque no ganemos lo suficiente.
Cierto, la riqueza en parte es resultado de desear con sabiduría, pero en términos reales qué porcentaje de la población está en posibilidades de ello, considerando que la mayoría ha tenido acceso a un sistema educativo deficiente, independientemente de si es público o privado. El grueso de la población vive en desventaja y bajo los abusos de unos cuántos que son quienes administran el poder y, con ello, los recursos. En este sentido, la pobreza y la escasez no son únicamente resultado de no saber desear con sabiduría, es decir, de no tener control sobre uno las propias pasiones, tampoco es la pobreza producto del conformismo, ni de la falta de voluntad; la pobreza es el resultado de una administración ventajosa de la riqueza por parte de una minoría que vive a expensas del esfuerzo de la mayoría.
A diferencia de los tiempos pasados en los que el bienestar personal era equivalente al esfuerzo y a la preparación que uno mismo invertía en su persona, los nuestros son los de la desigualdad. Obtener un título universitario, ya sea de licenciatura o de posgrado, no garantiza la obtención de un empleo bien remunerado, incluso, en infinidad de casos, los profesionistas terminan desempeñándose en áreas completamente ajenas a las que eligieron como camino. Pero el problema de la desigualdad va más allá de no poder dedicarse a lo que uno mismo eligió supuestamente por vocación, pues involucra la penosa situación de la precariedad salarial; el dinero de hoy, no sólo tiene un valor menor al de ayer, sino que la paga que uno recibe por hacer un trabajo es también inferior. Es decir: trabajamos más, ganamos poco y el dinero vale menos.
A pesar de lo que digan algunos espíritus que alcanzaron el desapego, el dinero sí es importante, no tanto porque tengamos de participar en las dinámicas consumistas contemporáneas, sino porque es gracias al dinero que podemos garantizar la adquisición de los bienes más elementales para vivir con dignidad: vestido, alimento y techo, aunque sea rentado. Basta mirar a nuestro alrededor para percibir que todo lo que fue creado por intervención humana tiene detrás un coste económico: los muros, las calles, la electricidad, la ropa, los alimentos, la tecnología, en fin, todo lo humano. Debido a que todo cuesta y a que en gran medida no sabemos limitar nuestros deseos, es que a veces tenemos la disposición de hacer casi lo que sea por dinero, o al menos soportar empleos que, independientemente de la paga, nos conducen a la infelicidad.
Trabajar bajo presión, controlar el estrés, tolerar jefes mediocres, laborar en condiciones miserables y esperar una paga desigual es, lamentablemente, nuestra normalidad. Nos decimos a nosotros mismos que el esfuerzo valdrá la pena y soñamos con el día en el que llegará el tan anhelado aumento, la promoción o el ascenso, pero esto no es más que una esperanza que nosotros hemos creado para soportar las jornadas desgastantes y a las personas que, por alguna razón, tienen cierto poder sobre nosotros. Suponer que todo se arreglaría cambiando de trabajo es ingenuo e idealista, porque la realidad es que todo el sistema económico participa de la misma desigualdad. Cierto es que algunos empleos son peores que otros, sin embargo, el asunto no es acostumbrarse a lo menos malo, sino a vivir con dignidad en medio del caos. La escritora Laura Stack analiza de la siguiente manera las desigualdades laborales en su libro Qué hacer cuando hay mucho por hacer:
«Cada vez más aumenta el hecho de que tengamos que trabajar más duro y por más tiempo, pero con menos recursos. Hemos pasado a trabajar por muchas horas para poder conservar nuestro empleo y eso nos está matando. Estamos tan próximos a llegar al punto máximo de lo que podemos hacer que ya casi somos transparentes. Esta negativa a aumentar el sueldo del trabajador promedio, a pesar de obligarlo a trabajar más, es preocupante. Durante las últimas décadas, hemos estado dispuestos a recibir aumentos de salario insípidos mientras la productividad va a su máximo nivel. Muchos trabajadores piensan que la disposición a hacer lo necesario, a expensas de todo lo demás, soluciona cualquier malestar en el sitio de trabajo, pero parece que nunca entienden que no es necesario acabar con uno mismo para producir grandes resultados. ¿En verdad vale la pena arriesgar la salud por un ascenso? A la práctica de trabajar hasta morir, los japoneses la llaman karoshi. Es necesario reconocer nuestros límites, eliminar lo innecesario, y organizar nuestra actitud para poder ver con claridad lo que estamos en capacidad de lograr razonablemente durante el tiempo que tenemos disponible y sin explotarnos. Siempre hay suficiente tiempo para hacer todo lo que realmente importa.»
Nos hemos acostumbrado a sentirnos enfermos, a vivir cansados, a quedarnos dormidos tan pronto como nos sentamos unos minutos a descansar, pero, ¿vale la pena tal sufrimiento? El hecho de que trabajemos mucho y nos desgastemos no garantiza que alcanzaremos las tan anheladas paz y estabilidad. Socialmente aceptamos la errónea idea de que el “éxito” es sinónimo de “sufrimiento” y por ello es que pasamos cada uno de nuestros días martirizándonos y soñando con que “valdrá la pena”, cuando lo único cierto es que esta rutina nos está matando.









