Cada temporada de lluvias, Puebla repite el mismo ritual: calles convertidas en ríos, comercios anegados, automóviles varados y autoridades explicando que cayó demasiada agua en demasiado poco tiempo.
La explicación meteorológica puede ser cierta, pero ya resulta insuficiente. Cuando una ciudad se inunda de manera recurrente, el problema no está solamente en las nubes, sino debajo del pavimento.
Raúl Martínez Oliver, presidente del Colegio de Arquitectos del Valle de Puebla, puso sobre la mesa una realidad incómoda: el drenaje del Centro Histórico fue rebasado y necesita una modernización integral.
El CAVAPAC prepara un estudio técnico para proponer la separación de las redes pluviales y sanitarias, además de un plan maestro para renovar una infraestructura que ya no responde a las condiciones actuales.
El diagnóstico comienza a generar consenso. El mantenimiento es indispensable, pero no puede exigírsele a una red antigua que funcione como si hubiera sido diseñada para la ciudad actual, más extensa, pavimentada y densamente construida.
Cabe mencionar que en numerosas calles de Puebla ni siquiera existen colectores pluviales. Durante años, vecinos, comercios y desarrolladores conectaron las bajadas de lluvia al drenaje sanitario, diseñado exclusivamente para recibir aguas residuales domiciliarias.
En condiciones normales, esas conexiones pueden pasar inadvertidas. Pero ante una precipitación atípica, como la registrada el pasado 28 de junio, miles de descargas pluviales ingresan simultáneamente a tuberías que nunca fueron calculadas para recibir semejante volumen.
El resultado es previsible: la red sanitaria se satura, el agua busca salida por coladeras y registros, y las vialidades terminan funcionando como cauces improvisados. No siempre se trata de falta de limpieza; en muchos puntos, simplemente falta capacidad.
Separar las redes sanitarias y pluviales suena sencillo en el discurso, pero representa una cirugía urbana de enorme complejidad. Implicaría abrir calles, proteger inmuebles patrimoniales, reordenar instalaciones subterráneas y construir colectores donde actualmente no existen.
Aquí conviene evitar la tentación política de encontrar un solo culpable. Agua de Puebla tiene responsabilidades sobre la red sanitaria; el Ayuntamiento administra calles, residuos e infraestructura pluvial; SOAPAP regula; el Estado coordina grandes proyectos y la Federación interviene mediante Conagua.
El agua no reconoce competencias administrativas, pero la burocracia sí. Y mientras cada autoridad explica qué tubería le corresponde, el ciudadano únicamente observa cómo el agua entra a su casa o negocio.
El Gobierno del Estado ya integró un grupo técnico con especialistas, universidades, autoridades hidráulicas y representantes de la construcción para buscar soluciones a las inundaciones vinculadas con el río Alseseca. Ese esfuerzo debería ampliarse al Centro Histórico y a las colonias sin drenaje pluvial.
Puebla necesita un mapa completo de colectores, capacidades, antigüedad, conexiones irregulares, hundimientos, descargas y puntos de saturación. Sin diagnóstico integral, cualquier obra será apenas otro parche costoso sobre una red agotada.
Pero aquí aparece la pregunta que nadie puede evadir: ¿de dónde saldrá el dinero?
Una renovación profunda del drenaje no cabe en un presupuesto anual ni puede financiarse únicamente con los ingresos ordinarios del Ayuntamiento, del organismo operador o de la concesionaria. Se necesitarían cientos o quizá miles de millones de pesos, dependiendo del alcance.
El proyecto requeriría una bolsa multianual integrada con recursos municipales, estatales y federales, además de fondos metropolitanos, programas de adaptación climática y, eventualmente, financiamiento de largo plazo sujeto a controles estrictos.
También podría plantearse que los nuevos desarrollos inmobiliarios aporten recursos proporcionales a la presión que generan sobre la infraestructura. No sería razonable cargar todo el costo a los usuarios actuales mientras la ciudad continúa creciendo sin ampliar sus colectores.
Otra posibilidad sería establecer un programa por etapas: intervenir primero los puntos de mayor riesgo, construir colectores pluviales estratégicos y aprovechar cada obra de pavimentación para sustituir o separar redes. Abrir una calle dos veces por falta de coordinación sería un lujo absurdo.
El riesgo es que el estudio del Colegio de Arquitectos termine convertido en otro documento técnicamente impecable y políticamente archivado. Puebla posee una larga tradición de elaborar diagnósticos cuando el agua está dentro de las casas y olvidarlos cuando regresa el sol.
La verdadera discusión ya no es si debe modernizarse el drenaje. La pregunta es quién encabezará el proyecto, cuánto costará, quién aportará los recursos y cómo se evitará que cada institución utilice sus competencias para deslindarse.
Las lluvias recientes dejaron una advertencia bastante clara: el drenaje todavía funciona, pero ya no responde con suficiencia ante eventos extremos. Negarlo sería irresponsable; prometer una solución inmediata, demagógico.
Lo sensato es construir desde ahora un plan maestro técnicamente sólido, financieramente realista y políticamente transexenal. Porque seguir desazolvando sin modernizar es como sacar agua de una embarcación perforada: ayuda durante unos minutos, pero no evita el naufragio.









