Algo nos pasó este verano. Y no solo en los estadios.
El Mundial nos recordó algo que ya sabíamos, pero que a veces olvidamos: cuando México decide, México puede. Cuando nos proponemos algo de verdad, con organización, esfuerzo y el corazón puesto en un objetivo común, hacemos cosas que duelen —de las buenas. Cosas que sorprenden al mundo. Cosas que incluso nos sorprenden a nosotros mismos.
Y la pregunta que queda dando vueltas es: ¿por qué ese espíritu parece durar solo lo que dura un torneo?
El “y sí sí” no debería tener fecha de caducidad. No debería apagarse cuando se apagan los reflectores del estadio. Porque lo que vimos en estos partidos —la capacidad de organizarnos, de creer y de empujar juntos hacia un mismo objetivo— no es una habilidad futbolística. Es una capacidad mexicana. Y está disponible los 365 días del año.
Podemos hacer cosas chingonas. No como una aspiración, sino como un hecho. Lo hemos demostrado muchas veces: en la ciencia, en el arte, en la gastronomía que conquistó al mundo, en los migrantes que construyeron historias extraordinarias lejos de casa, en las comunidades que se organizaron cuando las respuestas no llegaron.
México tiene un talento para la grandeza que nadie puede quitarle. El reto es que, a veces, somos nosotros mismos quienes dejamos de creerlo.
Ahí está el problema. No en nuestra capacidad. En nuestra convicción.
La generación del “y sí sí” es la que decide no esperar permiso para hacer algo grande. Es la que no se conforma con admirar lo que otros construyen. Es la que toma la energía de un gol, de un logro colectivo, de un momento en el que todo un país grita al mismo tiempo, y la convierte en combustible para algo que dure más que noventa minutos.
Tenemos una deuda con este país. Con el México que nos formó, que nos dio idioma, historia e identidad. Pero, sobre todo, con el México que viene: con los hijos, los sobrinos y las nuevas generaciones que ya observan y aprenden de lo que hacemos hoy.
¿Qué país vamos a dejarles? ¿Uno que se emocionó durante el Mundial y después siguió igual? ¿O uno que convirtió ese impulso en una fuerza para exigir más, construir más y ser más?
El “y sí sí” tiene que durar para la educación, la salud y la seguridad. Para el agua limpia y las calles que no se inundan. Para las oportunidades que todavía no llegan a donde deben llegar. Para las madres que crían solas y merecen un sistema que las acompañe. Para los jóvenes que tienen talento de sobra y oportunidades de menos.
Para todo aquello que sabemos que podemos resolver cuando decidimos que sí se puede y que sí lo vamos a hacer.
Desde esta representación, esa es la apuesta: no solo acompañar lo que ya se construye, sino impulsar lo que todavía falta. Porque legislar también es una forma de decir “y sí sí”: creer que las leyes pueden cambiar vidas, que las políticas públicas pueden abrir puertas y que el trabajo en tribuna tiene un impacto real en la calle.
México no necesita que le recuerden que puede. Ya lo sabe. Lo que necesita es que quienes tenemos una responsabilidad pública estemos a la altura de esa capacidad.
Y sí sí podemos.
Y sí sí vamos.











