Hay noches en las que me despierto pensando que la profesión que más satisfacciones me ha dado durante tres décadas podría estar viviendo sus últimos años. La publicidad ha sido un trabajo apasionante y, durante mucho tiempo, muy rentable. Pero hoy, la cultura de la cancelación, los cambios en los hábitos de consumo y, más recientemente, la inteligencia artificial, la han puesto frente a un meteorito.
Hace un año escribí en este mismo espacio sobre ese sentimiento, en un artículo titulado Un dinosaurio ante el meteorito de la IA. Afortunadamente, vi venir el impacto y decidí reinventarme profesionalmente.
Cuando vi la portada de The Economist con el título The Jobs Apocalypse, ilustrada con ejecutivos cayendo hacia un agujero negro —una escena que parecía sacada de la introducción de Mad Men—, y la advertencia: “Hope for the best, plan for the worst”, mi insomnio volvió.
No estamos hablando de un medio sensacionalista. The Economist lleva casi dos siglos distinguiéndose, precisamente, por lo contrario.
¿Esta vez sí se acabará el trabajo? No sería la primera vez que la humanidad lo cree.
A principios del siglo XIX, los luditas destruían telares convencidos de que las máquinas les estaban robando el futuro. Décadas después, la mecanización expulsó a millones de personas del campo. Luego llegaron la electricidad, la producción en serie, las computadoras e Internet. Cada revolución tecnológica despertó el mismo temor: ahora sí las máquinas nos van a reemplazar.
Desaparecieron oficios. Muchos. Hubo desempleo, incertidumbre y generaciones obligadas a reaprender.
Pero también nacieron industrias enteras, profesiones inimaginables y una prosperidad que ninguna de aquellas generaciones alcanzó a visualizar mientras vivía la transición.
La historia económica muestra que la tecnología nunca ha sido suficiente para generar bienestar. Ha sido la sociedad que supo reorganizarse alrededor de esas innovaciones: creó empresas, transformó universidades, impulsó infraestructura, adaptó leyes y desarrolló nuevas habilidades.
Cada revolución tecnológica ha tenido, en el fondo, el mismo efecto: producir más con menos trabajo humano. Eso significa que la humanidad ha ido comprando tiempo. Tiempo que antes dedicábamos a sembrar, fabricar o calcular y que después pudimos dedicar a crear riqueza, conocimiento y bienestar.
No es casualidad que hoy menos del 2% de los estadounidenses trabaje en la agricultura, cuando hace un siglo era cerca del 40%. El resto no quedó desempleado; construyó la economía moderna.
La IA podría representar el siguiente gran salto en esa historia. Más que preguntarnos si tendremos menos trabajo, deberíamos preguntarnos qué haremos con el tiempo y el talento que logremos liberar.
Las personas cambian el mundo. Las revoluciones tecnológicas solo les ofrecen nuevas herramientas para hacerlo.
Sería un error, sin embargo, refugiarnos en la historia como si fuera una garantía.
La IA introduce un elemento inédito. Por primera vez, la tecnología no compite solamente con nuestra fuerza física o con tareas repetitivas. También comienza a disputar una parte importante del trabajo cognitivo. Escribe, programa, diseña, analiza información, diagnostica y toma decisiones con una velocidad de ciencia ficción.
Ahí es donde la analogía histórica empieza a quedarse corta.
No sabemos si la historia volverá a repetirse exactamente igual. Nadie puede afirmarlo con honestidad. Pero tampoco existe evidencia seria para concluir que estamos frente al fin del trabajo humano.
La cuestión no es si desaparecerán los empleos. Muchos lo harán. La pregunta es si seremos capaces de preparar a las personas para los empleos que todavía no existen.
Y ahí es donde empiezan mis preocupaciones.
Mientras la IA avanza a velocidad exponencial, buena parte de los gobiernos siguen más ocupados en discutir cómo regularla que en preparar a sus ciudadanos para convivir con ella. Nuestro sistema educativo continúa formando jóvenes para un mercado laboral que ya empezó a desaparecer. Seguimos premiando la memoria cuando el verdadero valor económico estará, cada vez más, en el pensamiento crítico, la creatividad, el criterio y la capacidad de aprender de manera permanente.
El sector empresarial parece haber entendido antes la magnitud del cambio, aunque todavía abundan quienes consideran que se trata de una moda tecnológica más.
La IA no decidirá quién prosperará en los próximos veinte años. Lo hará nuestra capacidad para aprender más rápido, reinventarnos con mayor frecuencia y construir instituciones que preparen ciudadanos para el siguiente empleo, no para el anterior.
Quizá The Economist tenga razón al pedirnos que esperemos lo mejor, pero nos preparemos para lo peor.
Siempre que entendamos que prepararse no significa esconderse.
Significa comprender que las revoluciones tecnológicas nunca han acabado con el trabajo. Han acabado con la tranquilidad de quienes creyeron que su trabajo jamás tendría que cambiar.
Un abrazo.











