Dr. Herminio S. de la Barquera y A.
Lo saben, y lo saben bien, mis cuatro fieles y amables lectores, dado que son personas siempre al día y conocedoras de la historia: el 4 de julio pasado los Estados Unidos cumplieron 250 años de vida independiente. Cuna del federalismo, del presidencialismo, de la división de poderes en la práctica y de la democracia como forma de vida, es justo en estos días de festejos cuando debemos preguntarnos qué tan viva o qué tan sana está precisamente la democracia estadounidense, que para muchos países y caudillos ha sido, en estos dos siglos y medio de vida, ejemplo y modelo a seguir. Esta pregunta suena muy pertinente, sobre todo teniendo en cuenta que el país se encuentra en una profunda crisis, que hace parecer al sistema político estadounidense como desgarrado y disfuncional, de la mano de un personaje destructor, ignorante, narcisista y peleonero, pero con muchísimos seguidores: Donald Trump.
¿Qué pensarían los llamados “Padres Fundadores” si vieran en lo que se ha convertido su criatura 250 años después del alumbramiento? De ese conjunto de 13 colonias que primero formaron una confederación y después una federación surgió un país poderosísimo, la única potencia global de la historia, según hemos visto en anteriores colaboraciones. De esa federación de 13 estados autónomos (que no soberanos) surgió una que tiene 50. De alguna manera, el nuevo Estado ha transitado por un camino con altas y bajas, con momentos de auge y de crisis, con vivencias edificantes y vergonzantes, ha dado al mundo estadistas geniales y miserables, ha enriquecido a la Humanidad con científicos geniales y ha sido un polo de atracción para gente de todo el mundo, proyectando -sea cierto o no, o con ciertos matices- una imagen de asimilación y de prosperidad para todos.
Por supuesto que, como todos los demás países, la historia de los EE. UU. está llena de mitos, empezando con el de su fundación. Muchos siguen creyendo que la guerra de independencia surgió por el deseo de todos de emanciparse de la corona inglesa. En realidad, si vemos los acontecimientos y sus motivaciones de cerca, los “Padres Fundadores” eran lo que se puede llamar “English Country Gentelmen”, es decir, personas de la clase alta rural y con profundos nexos culturales con Inglaterra. Su propósito al principio no era emanciparse de Londres; realmente no tenían razón para ello. Estaban orgullosos de esa pertenencia, más que si hubiesen pertenecido a Francia o al Imperio Prusiano. Esto, debido a que en Inglaterra la monarquía no era tan absoluta, ya que era, de alguna manera, parlamentaria.
Lo irónico del caso es que las medidas contra las que se levantan estos caballeros no las impuso el gobierno inglés, sino el parlamento. Después de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), que fue una especie de “Primera Guerra Mundial”, según Winston Churchill, y en la que Inglaterra derrotó, aunque con grandes pérdidas, a Francia, era necesario reponerse de los gastos. Como los parlamentarios ingleses percibieron que las 13 colonias habían resultado de alguna forma beneficiadas con el resultado de la guerra, aprobaron la aplicación de algunos impuestos al té, al plomo y a la porcelana. Estos eran productos que precisamente la clase alta en las colonias consumía, no las personas más humildes en los bosques, pueblos y campos. Así que la revuelta era en un principio por más representación en el parlamento: no a la imposición sin representación.
Esto no es nada excepcional: en la Nueva España estalló una revuelta, en 1810, que tampoco aspiraba en un principio a la independencia del reino, sino que estaba dirigida contra el gobierno ilegítimo de José Bonaparte, a quien las tropas francesas habían impuesto en el trono español. De ahí el grito de Miguel Hidalgo en Dolores: “¡Viva Fernando VII!”, que, por supuesto, ningún Presidente de la República repite en esa curiosa ceremonia de “El Grito”, cada 15 de septiembre. En ambos casos, la guerra empezó con una causa y terminó con otras.
Un aspecto que muchas veces se pasa por alto es la importancia del federalismo como forma de Estado, y que se aplicó por vez primera, en su formato moderno, en los Estados Unidos. Tengo para mí que el federalismo ayudó a que ni en ese país ni en México el Estado naciente se desmoronara, como sí ocurrió en los virreinatos españoles en Sudamérica: la Nueva España fue el único virreinato que no se atomizó al alcanzar la independencia (las pérdidas territoriales llegaron después), mientras que la Nueva Granada, Río de la Plata y el Perú sí se desintegraron. Las 13 colonias de América del norte, al federalizarse, lograron, según mi pobre parecer y entender, unirse respetando sus condiciones contextuales particulares: de allí el lema: “E pluribus unum” (“De muchos, uno”), que, por cierto, tiene trece letras. Este lema fue escogido por el primer comité del sello de dicho país en 1776.
En 1876, cuando los Estados Unidos celebraron su ducentésimo aniversario, el país se encontraba también en un momento de crisis, bajo la presidencia de Jimmy Carter. La Guerra de Vietnam estaba muy fresca en la memoria colectiva, pero de alguna manera se percibía un sentimiento de pertenencia colectiva más fuerte que el que los expertos señalan hoy en día, 50 años después. No cabe duda de que su majestad Donald I ha aportado algo, pero también es cierto que él no es la causa de la polarización y del caos, sino que ha ahondado estos fenómenos, apoyado en millones de personas que ciegamente le otorgaron su voto y lo siguen respaldando. El hecho de que persiga a sus opositores, que pretenda cambiar las normas y costumbres del derecho electoral, que esté buscando reelegirse, que no acepte fallos desfavorables del Poder Judicial, que ataque a la prensa libre, que ya esté tratando, al parecer, de deslegitimar las elecciones de medio término pretextando una injerencia china en las elecciones que él perdió en 2020 (es más fácil documentar las manipulaciones rusas), que se vuelva con tanta saña contra sus propios aliados (la OTAN, por ejemplo, o Ucrania), son muestras de que no actúa alentado por una convicción democrática, sino que se mueve animado por un fuerte espíritu autoritario, ante la complacencia de sus partidarios más incondicionales.
Sin embargo, es menester insistir en que muchos de estos conflictos no se deben a Trump, sino que se han profundizado. Muchas de estas situaciones problemáticas datan de un par de décadas atrás, por lo menos. Hay una especie de retraso en las reformas que urge emprender en los EE. UU. Las guerras y los cambios -mejor dicho: las rupturas- a nivel mundial han dividido más a la sociedad estadounidense: algunos se han beneficiado enormemente de estos fenómenos, mientras que muchos otros han salido perdiendo o ven las cosas con mucho temor. La globalización ha acentuado, por lo visto, estas diferencias, por lo que se debilita el sentimiento de pertenencia y de seguridad en su propio país y en sus instituciones.
Muchos sociólogos perciben que la sociedad estadounidense ya no es un crisol compuesto por personas de diversos orígenes, sino que se ha vuelto una especie de suma de mosaicos que no alcanzan a integrarse y a fundirse, sino que simplemente conviven unos junto a otros, sin fusionarse en una sociedad plural e integradora. Por supuesto que eso no era así antes, pero sí que lo era en mayor medida que en estos últimos años de populismo rampante y excluyente en la Casa Blanca. Es como si coexistiesen varias sociedades paralelas, ajenas unas a otras, en lugar de más o menos integrarse. Por supuesto que muchos inmigrantes parece que también contribuyen a dicha polarización, como cuando vemos que algunos latinoamericanos acuden a manifestaciones ondeando sus respectivas banderas nacionales. Eso es algo que naturalmente choca a muchos estadounidenses, como seguramente ocurriría en cualquier otro país.
La democracia contemporánea en Estados Unidos padece una profunda polarización, un bloqueo institucional y sistemas electorales obsoletos. Los desequilibrios estructurales en el Senado y en el Colegio Electoral a menudo distorsionan las decisiones mayoritarias. Además, la extrema desconfianza en los procesos democráticos y los ataques a la separación de poderes desde la casa Blanca ponen en peligro la estabilidad política.
Los desafíos clave son, en detalle:
1) Obstáculos estructurales y constitucionales: La Constitución de los Estados Unidos es extremadamente difícil de reformar. Instituciones como la Corte Suprema son objeto de críticas actualmente debido a que los magistrados son nombrados de por vida y a que las decisiones políticas suelen estar motivadas más por la afinidad ideológica que por el consenso bipartidista.
2) Déficit de representación: El Colegio Electoral permite que los candidatos presidenciales ganen a pesar de obtener menos votos a nivel nacional. El Senado coloca a los estados más poblados en una desventaja significativa, ya que a cada estado se le asignan exactamente dos senadores, independientemente de su tamaño demográfico.
3) Polarización política extrema: El panorama partidista está profundamente fragmentado. Las elecciones de mitad de mandato y las mayorías parlamentarias ajustadas dificultan los acuerdos bipartidistas, dando lugar a un bloqueo sistemático, lo que provoca el fracaso de muchas reformas políticas urgentemente necesarias.
4) Manipulación electoral: Mediante la manipulación de las demarcaciones electorales -es decir: rediseñar los distritos electorales para favorecer a los candidatos de algún partido, en una especie de rediseño estratégico de los límites de los distritos electorales-, los partidos -casi siempre el republicano- obtienen ventajas, lo cual distorsiona la voluntad del electorado.
5) Erosión de la confianza: La desconfianza generalizada en los resultados electorales y en las instituciones gubernamentales socava cada vez más la cohesión social y la aceptación de los procesos democráticos. Trump es el mayor ganador de esta desconfianza, que él mismo contribuye a difundir.

Profesor investigador, Escuela de Relaciones Internacionales









