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Ser felices no es sencillo, pues requiere un acto descomunal de conocimiento de uno mismo. La felicidad, como el amor, como la gratitud y como toda gran empresa humana surge de una toma de consciencia, de una crisis profunda del ser, de un aprendizaje forjado en las experiencias más desgarradoras que la vida puede ofrecernos. Sin dolor, no hay aprendizaje y tampoco crecimiento, por ello es que, aunque parezca irónico, solamente es feliz, quien antes ha sufrido.
La felicidad es el fruto que ofrece la semilla del dolor, sin embargo, en nuestra sociedad pareciera que sufrir está prohibido. En los medios de comunicación y en las instituciones se habla mucho de la importancia de la salud mental, pero pareciera que únicamente se trata de palabras al viento, de discursos vacíos. La salud, tanto en su forma física como en la mental, es fundamental. La salud es el mayor bien del que cualquier persona puede gozar, pues sin ella es poco lo que puede lograrse, sin embargo, nuestras dinámicas cotidianas ponen en un predicamento a la salud al colocarla no en segundo término, sino más allá, pues a lo que más importancia le damos es al placer, a la satisfacción personal, comprometiendo con ello a la salud.
El placer no es la felicidad, pero son semejantes, tanto que es difícil distinguirlos, incluso por las mentes más experimentadas. La diferencia principal entre el placer y la felicidad es que la primera se la debemos a las cosas y a las personas, a lo exterior, y carece de dirección; mientras que la segunda depende más de la experiencia, de la madurez, de las aspiraciones, del mundo interior, la vez que otorga sentido a la existencia. En este sentido, somos sujetos más placenteros, que felices, y por lo mismo, más desgraciados, en tanto que el placer es efímero y por ello es que lo perseguimos con tanta insistencia.
Sociedades individualistas como la nuestra, enfocadas en la acumulación de la riqueza, de los títulos y de las vivencias superficiales están muy interesadas en hablar en demasía sobre la importancia de la felicidad, a pesar de que sus actos e instituciones fomentan lo contrario. Estamos obligados a “ser felices” y por ello es que lo contrario, la tristeza, se condena. Ser personas tristes no está permitido, incluso, es entendido como una desatención de nuestra parte, como una falta de consideración hacia las “atenciones” que el sistema socioeconómico nos brinda; pero la tristeza es necesaria, pues de lo contrario ¿cómo reconoceremos a la felicidad cuando la tengamos frente a nosotros? Solamente atravesando la penumbra, podemos vislumbrar la luz, y viceversa, pues también es posible perder lo que hemos conquistado, lo cual no es grave, sino natural, pues no hay cima que se conquiste sin que después nos haga resbalar. En estos casos lo importante no es volver a subir, sino levantarse y encontrar la felicidad en donde sea que hayamos quedado, pues todo lugar es siempre el recinto del presente, del aquí y el ahora.
Lo que hoy nos hace felices no es necesariamente lo que hace unos años buscábamos como verdad, y tampoco será lo que en el futuro anhelemos. De alguna manera siempre habrá un hilo conductor entre lo que fuimos, lo que somos y seremos, pero sin escapar de los cambios. Así es también la idea de la felicidad, cambiante; la felicidad también envejece, madura, añora horizontes y se desencanta. A medida que pasa el tiempo y conseguimos aquello que tanto movió nuestro deseo, lo disfrutamos y nos desencantamos, entendemos que la felicidad está en otra parte. No renegamos de lo vivido, eso sería un error, pues anularíamos toda posibilidad de aprender de la experiencia, pero sí redirigimos nuestros esfuerzos hacia otras latitudes. Por ello es que la felicidad es un aprendizaje que solamente llega con el paso del tiempo y con la disposición para abrirse hacia la experiencia de la consciencia, hacia la posibilidad de despegar de la superficie todas aquellas capas accesorias que esconden lo esencial de la existencia. Sobre la felicidad nos habla el médico Eduardo Calixto en su obra El lado B de las emociones:
«El proceso de sentirse feliz está en relación con la experiencia del ahora, el vivir en el presente. La felicidad para el cerebro es fugaz, sin embargo, lo que sí puede permanecer es la expectativa para ser felices. Valoramos la felicidad respecto a nuestra edad y experiencia, por eso el detonante de nuestra felicidad cambia. El cerebro quiere sentirse bien todo el tiempo, pero no necesariamente el placer otorga significado a la vida. Ser felices no es un producto del azar, depende de la calidad de nuestros aprendizajes y de la congruencia con la que construimos nuestra felicidad. Nuestra sociedad competitiva y materialista nos hace creer que la felicidad está en el dinero, dejando en segundo plano los componentes más importantes de la vida: la familia, los amigos, la salud, la autoestima y la gratitud. Se les ha atribuido a cosas materiales propiedades que dan un confort fugaz, sin darnos cuenta que una mayor salud mental es más importante para construir la felicidad. No podemos ser felices siempre, pero sí podemos apreciar mejor lo que nos ha llevado a los momentos cumbres de nuestra vida. La felicidad se encuentra en los detalles pequeños de la vida y puede aflorar en medio del dolor. Merecemos ser felices, no debemos tener miedo a ello. Merecemos alegrarnos aun cuando con ello se generen envidias.»
La calidad de nuestros aprendizajes es determinante en el proceso de obtención de la felicidad. No hay duda de que aprendemos de todo y de todos, pero principalmente de lo que nos lastima, de lo que nos derriba, de lo que nos entrega a la imborrable mancha del error y del arrepentimiento. Ser felices conlleva en gran medida una profunda comprensión de aquella sentencia de Mateo que reza «haz a los demás lo que quieres que ellos hagan contigo». Permitirnos ser felices es tan importante como permitirnos no serlo, al menos durante un periodo corto de tiempo. Si lo de abajo habrá de ser semejante a lo de arriba, es porque haremos que lo de adentro se proyecte en lo de afuera, para que la felicidad sea aún en medio del dolor.









