Por Crishelen Kurezyn Díaz
Durante décadas se creyó que el jefe ideal era esa persona de mente matemática, calculadora, capaz de memorizar balances y tomar decisiones frías desde una oficina con la puerta cerrada. Durante años, el éxito se midió con la misma regla rígida: la nota del examen, el título colgado en la pared o el famoso coeficiente intelectual.
Sin embargo, el mundo cambió y las empresas se volvieron impredecibles; por esta razón, el liderazgo transformacional ha cobrado especial relevancia, según el cual el líder debe ser una persona que inspira que la gente se ponga la camiseta porque entiende el propósito de lo que hace. El líder transformacional no busca controlar a las personas, busca transformar su entorno.
Teniendo esto como punto de partida, un líder debe ser capaz de gestionar las emociones y las relaciones con los demás y, además, gestionar sus propias emociones mediante la inteligencia emocional. En los años 80, psicólogos como Howard Gardner empezaron a cuestionar esa frialdad y demostraron que la mente humana es mucho más que la capacidad de resolver problemas. Más tarde, en los 90, Daniel Goleman popularizó un concepto que transformó la comprensión del liderazgo en las organizaciones: la inteligencia emocional.
Goleman demostró algo muy simple: las personas con mayor éxito laboral no eran necesariamente las más brillantes en el aula, sino las que sabían relacionarse mejor, escuchar con atención, manejar la frustración y leer el ambiente antes de hablar. Es así que un líder con madurez emocional sabe cómo dar una crítica constructiva sin destruir la autoestima de su colaborador, además de identificar cuándo sus colaboradores están al borde del colapso (burnout), ajustar las cargas a tiempo y mantener la calma bajo presión para que su equipo no entre en pánico.
El resultado de esto no es solo generar un «ambiente bonito». Las empresas lideradas por personas emocionalmente inteligentes tienen equipos más productivos, cometen menos fraudes y, sobre todo, sufren mucho menos la fuga de talento. La gente no renuncia a las empresas; en la gran mayoría de los casos, renuncia a los malos jefes. Y un mal jefe es casi siempre un analfabeto emocional.
Además, en un momento en el que las crisis éticas y los escándalos corporativos están a la orden del día, la autorregulación emocional actúa como un escudo. El líder que sabe gestionar el estrés y la codicia no toma atajos peligrosos ni cae en malas prácticas para colgarse una medalla rápida, ya que sabe pensar a largo plazo.
La tecnología avanza a pasos agigantados y la inteligencia artificial ya está resolviendo gran parte del trabajo técnico y analítico, sin embargo, la tecnología no podrá reemplazar la empatía, el tacto, la capacidad de consolar, de entusiasmar y de construir confianza real entre personas. Por ello, las organizaciones tienen que evaluar cómo reaccionan bajo presión, cómo escuchan y cómo tratan a los demás.
El liderazgo transformacional se ejerce desde la cercanía. Los verdaderos líderes del futuro no serán los que impongan su autoridad por ser los más sabios de la mesa, sino aquellos que, comprendiendo las emociones humanas, sean capaces de sacar lo mejor de cada persona que los rodea.
Liderar desde la cercanía significa entonces ejercer una empatía estratégica, tener la madurez para reconocer cuando no se tiene la respuesta a todo, pedir retroalimentación sin sentirse amenazado y construir un entorno de seguridad psicológica. Un líder emocionalmente inteligente entiende que su trabajo no es brillar él mismo, sino encender la luz en los demás, identificando las fortalezas ocultas de su equipo, motivando a cada uno y ofreciendo el acompañamiento necesario para que la gente crezca. Cuando las personas sienten que su líder las ve como seres humanos, el compromiso deja de ser una obligación impuesta y se convierte en una respuesta natural, con repercusiones positivas y un impacto en el bienestar de los colaboradores dentro de las organizaciones, a través de un liderazgo transformacional y una adecuada gestión emocional.

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