Esos espantosos secretos familiares. Todo lo que puede guardarse en un cajón, todo lo que se quiere omitir, todo aquello vergonzoso, doloroso y lleno de culpa.
La familia es todo un tema, extenso, escabroso, siempre lleno de misterios. Es donde nacemos y donde aprendemos la manera de responder al mundo, siguiendo sin discutir ni cuestionar todas aquellas costumbres y creencias que nos hacen ser parte de este gran sistema.
Con tantas generaciones detrás que nos forman en un principio para la sobrevivencia, y cada familia con una forma diferente, única y tal vez maravillosa para sentirse seguros y con una sensación de pertenencia que cada ser humano necesita en su vida.
Sin embargo, los secretos, aun los más dolorosos, pueden llegar a matar, pueden llegar a lastimar mucho más que el hecho aterrador de ser desvelados.
Invariablemente, todos pertenecemos a una familia, como quiera que esta sea, todos vivimos rodeados de gente de la que aprendemos a vivir, a defendernos, a responder y a crecer, siempre a partir de sus mandatos.
Y no está del todo mal, sin embargo, el deseo mismo del hombre de seguir descubriendo el mundo, de poner en acción sus proyectos, de aprender de otros, de aportar algo nuevo, puede superar los límites de este nido en el que hemos crecido, y no siempre será agradable cambiar el camino de la vida para los demás miembros del sistema y para quien lo decide así.
Se tendrán que romper algunas reglas, habrá riesgo de ser el traidor o el “malo” para poder lograr la congruencia interna.
Seguir con las costumbres de nuestros ancestros nos da seguridad, nos recuerda de dónde venimos y nos brinda sus acumulados y sabios conocimientos. Todo eso nos da forma, estructura y otros tantos regalos que pueden ser muy útiles para nuestro quehacer cotidiano. Pues cada uno de ellos ha aportado algo nuevo a esta red de generaciones que nos unen a algo, la familia.
¿Y qué aportamos nosotros de nuevo a esta interminable espiral, a esta interminable red de apoyo, lo mismo, todo del mismo color?
Porque podemos quedarnos ahí, sin mover un solo dedo, muchas recompensas nos esperan al repetir esas ideas, y ese modo de vivir, con el pretexto de que han venido de aquellos que nos han dado vida, confundiendo claramente el honrarlos con someternos a ellos, y entonces tendremos que pagar el precio de no seguir nuestros sueños, de no aportar nada nuevo a la ecuación, de hacer las cosas de manera convencional, y hacer todo lo que los demás esperan de nosotros. Una postura realmente cómoda.
Y aun cuando esto de una sensación de tranquilidad, de repente algo dentro de aquella persona despierta y exige ser escuchada porque se ahoga, porque quiere un cambio y quiere moverse de lugar.
Y es entonces cuando comienza el problema, surge el síntoma, hay una sensación de intranquilidad, de despersonalización, probablemente una depresión o una ansiedad generalizada que obstaculiza nuestra vida entera.
Por supuesto que se puede obtener ayuda con algún tratamiento farmacológico, pero, si bien puede despejarnos en algún momento, esto no resuelve el problema, esto no calmará esa voz, una voz interna que jamás se equivoca y que constantemente está interrumpiendo para decirnos lo que realmente necesitamos y debemos buscar.
Y es ahí, que cuando nos damos cuenta de qué queremos hacer, entramos en conflicto, la manera de hacerlo no se parece en nada a la que nos enseñaron.
Pero si lo vemos desde otra perspectiva, podremos saber que ese mismo hilo, que ese mismo modo de estar en el mundo, se puede cambiar, puede cambiar su color, su forma, su textura, y si bien esto puede generar conflictos, llanto y muchísimo estrés, siempre será una manera artística, creativa y nueva de desarrollar nuestros proyectos y talentos.
También se pagará un precio, pero a veces debemos preguntarnos, ¿qué precio y qué sufrimiento quieres pagar para lograr tus sueños? ¿Para convertirte en esa persona que quieres llegar a ser?
La libertad de elegir siempre la hemos tenido, nadie limita nuestros pensamientos, nadie entra en este misterioso e interesante mundo de la mente humana, nuestra propia mente.
Podremos sentir angustia anticipada por las probables consecuencias que tengamos que asumir si tan solo movemos un ápice de lo ya estructurado y conocido en nuestra familia, pero será parte de ese precio que se pague, no solo para nosotros, pues sin duda alguna, el cambio de un solo miembro del sistema, obligará invariablemente el movimiento del resto.
Si, da miedo. Es totalmente normal, pero daremos entrada a más ideas y mejores formas de estar, daremos un precioso regalo al resto del sistema, otorgando la oportunidad de modificar todo aquello que sea necesario y vital para que ellos también crezcan.
No se trata de no tener problemas nunca más, el ser humano siempre enfrentará retos, unos más grandes que otros, porque solo así podemos ejercitar todas aquellas habilidades de las que hemos sido dotados, obligándonos a pensar para resolverlos, y abriendo nuestro panorama para crear otras formas de ser, pensar y sentir. Quien sabe, tal vez otro miembro de la familia también quiere un cambio y no se ha atrevido a hacerlo.
Se trata siempre de estar en movimiento, una constante que nos obliga a descubrir, y trabajar en nuestras necesidades y las de quienes nos rodean.
La pregunta será la misma, ¿qué precio es el que quieres pagar?
De colores, de muchos colores será ahora ese hilo que nos una con nuestros ancestros, esa red que nos brinda y nos seguirá brindando seguridad, sentido de pertenencia, valores, habilidades y muchos regalos más, pues es justo esa red la que nos ha empujado y motivado a cambiar nuestro modo de estar en el mundo.
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL, Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.









