La nota más relevante de la semana fue el triunfo del 15 de enero de Donald Trump en el caucus republicano de Iowa con el 51por ciento del voto (estableciendo récord histórico de partido).
Antes que exponer el complejo sistema electoral estadounidense y la relevancia del orden simbólico de las elecciones primarias, el hecho incontrovertible es que Trump arrasará con sus rivales. No importa si es DeSantis o Haley, hoy separados por mínima diferencia en los lugares segundo y tercero (pues los demás han abandonado la contienda), si fracasan los intentos judiciales por mantenerlo fuera de la boleta y no se recurre al crimen, puede decirse va en “caballo de hacienda” hacia la presidencia. Máxime si es la revancha frente a Joe Biden.
En las administraciones de ambos es notorio lo indiferenciable del fondo de la agenda compartida por los partidos, salvo en un aspecto que no debe pasar desapercibido: Trump no inició ninguna guerra ni permitió a los proxies de Estados Unidos actuar por cuenta propia. Biden no sólo alentó la expansión de la OTAN a suelo ucraniano, con la consabida respuesta rusa, también ha dado manga ancha y cobertura a Israel en su campaña a tierra arrasada en la Franja de Gaza en Palestina, amenazando con escalar el conflicto regionalmente. Igualmente, bate tambores de guerra contra China. Ante el paso de “Sleepy” (somnoliento) a “Butcher” (carnicero) Joe, ciertamente deben evaluarse los escenarios con Trump de regreso en la Casa Blanca.
Por principio de cuentas, ya que el New York Times y resto del aparato de prensa propagandística ha aceptado la derrota de Ucrania ante Rusia, debe negociarse una paz contra el territorio. Los protectorados rusos están dados por descontados, menos aún la Península de Crimea y en sí el este. Asimismo, el tratado de Minsk será actualizado y la Ucrania habrá perdido y hecho perder a rusia cientos de miles de jóvenes por “menos que nada”. Dada su relación con Putin y Xi, Trump podrá llevar ambos procesos posponiendo el siguiente encuentro bélico por más de los cuatro años que pueda estar en la presidencia.
De manera contrastante, redoblará el apoyo irrestricto de los Estados Unidos a Israel, pero no necesariamente a Likud o Netanyahu y su coalición extremista. Buscará el ajuste para administrar el conflicto con Hamas y la resistencia Palestina dentro de las fronteras actuales de Israel y los territorios ocupados. No es fácil dado que al haber abierto la embajada estadounidense en Jerusalén alienó a Fatah y a la población de Cisjordania. Es poco probable se avance en ninguna solución de mediano o largo plazo, pero pasará la olla de presión a punto de estallar del rojo vivo a una a fuego lento. Para hacerlo debe generar opciones dentro del sistema de partidos y coaliciones israelís, cosa que es viable si se desea recuperar la capacidad de negociación con las fuerzas regionales. Bajó Trump se asesinó a importantes cuadros iranís en ciencia y desarrollo de capacidades nucleares, así como a líderes de milicias chiitas.
Por ende, es la situación internacional más volátil para su administración y para hacerla manejable debe cargar los costos a Israel. Ahora bien, trocar a Netanyahu por alguien menos beligerante e intransigente, que mantenga un sionismo sistemático antes que vitriólico, es lo mínimo si se demanda el reconocimiento a Israel para defender su existencia más allá del respaldo de la OTAN.
Una consecuencia de la campaña de limpieza étnica en Gaza es revivir a la “tricontinental” con la adhesión de países periféricos de la misma Unión Europea (como Eslovenia). Si bien nadie espera mucho del tribunal de la Corte Internacional de Justicia en la Haya, haber perdido a la opinión pública entre los jóvenes de Norteamérica y Europa Occidental, además del mal llamado “sur global” es una sangría por parar.
Por supuesto que México jugará un papel muy destacado en la campaña estadounidense como piñata predilecta de Trump. Excesivas, de mal gusto y abusivas, las invectivas, jaculatorias y puyas de Trump contra “la amenaza” que representan México y los mexicanos (como metonimia latinoamericana inasimilable), pondrán a parir chayotes a la clase política mexicana. Toda, expresará su rechazo y se rasgará las vestiduras al tiempo que negocie nuevos acuerdos sobre la base del que se “dobló” la actual administración.
Dudosamente se repita la audacia de Vidergaray y Peña Nieto, por bien que les haya servido a ambos para garantizar su impunidad, mientras que el ladrar (OYE, TRUMP) sin morder de quiénes los sustituyeron será renovada chacota y materia de burlas durante las campañas. Al converger la elección presidencial en el mismo año, es dable que ambos candidatos en los Estados Unidos influyan en la de México en aras de acomodos a corto plazo. Migración y seguridad son los principales temas sobre la mesa, pero la agenda es más amplia y compleja.
Ya veremos a ambas coaliciones en México cortejar el favor de Trump, pues bien se sabe que siempre es preferible el enemigo declarado—por predecible—al falso aliado de ocasión. Lo relevante no es dilucidar si a México le ha ido mejor o peor con administraciones republicanas o demócratas, eso está bien asentado en la larga historia de los “vecinos distantes”, “enemigos íntimos”, o “colaboradores forzados” como se ha definido ya a la relación entre gobiernos. Sí lo será ver las contorsiones a que se someta a las candidatas de las coaliciones en un juego de decepción en que sólo pueden perder. Ambas exigirán respeto, se envolverán en el lábaro patriotero, y no harán nada más allá de los desplantes de “parientes pobres del amor”. De hecho, ante la miserable disyuntiva de votar repudio o maximato, Trump es—acaso—lo mejor que les puede pasar.
Foto: Facebook Donald Trump









