No sé si ya les había contado, pero si no ahí les va la versión abreviada. Por una serie de razones que, en su momento, me parecieron justificadas y hasta inteligentes, abandoné la preparatoria y encaminé mi vida trabajando “de lo que sea”, antes sí se podía, mientras que construía de forma paralela una carrera taurina. “Mientras construía” es un eufemismo, la verdad es que los toros se dieron gusto trapeando el piso con el escuálido cuerpecito de su servidor.
Pero, en ese momento, mi juventud y masoquismo me tenían convencido de que ese era mi camino e iba bien encarrerado en él, pero, ya saben: el “hombre propone, Dios dispone y viene el Toro y lo descompone”, así que después de varios años entré en razón y, por el bien de la fiesta brava y mis huesitos, dejé los trastos de torear, emprendí y hoy heme aquí.
El caso es que, aunque abandoné la escuela, siempre he respetado a las personas con la inteligencia y la disciplina para concluir su proceso educativo formal. Admiro a las instituciones que lo hacen posible y a los maestros que encauzan estos esfuerzos. La educación, a todos los niveles, es uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta una sociedad libre y con oportunidades para todos. Y si alguien piensa que no es para tanto, sólo necesita echarle un ojo a las primeras acciones de los Gobiernos autoritarios cuando llegan al poder; ponen a las universidades, públicas y privadas, así como organizaciones ciudadanas, al centro de sus ataques para reducir su influencia y controlarlas.
Desafortunadamente, en México tenemos varios casos en los que Gobiernos de todas las corrientes políticas ven a las universidades como adversarios de sus intenciones autoritarias, por lo que las infiltran, las atacan, las desprestigian o las toman de forma hostil. Pero hoy estamos tomando como ejemplo lo que pasa al otro lado del río Bravo.
Es claro que, al momento de repartir insultos, culpas y mentiras, el presidente de Estados Unidos es un campeón, nadie se pone al quite, prácticamente todos bajan la cabeza y aceptan dócilmente el comportamiento violento e infantil del líder de la primera potencia mundial, como si no hubiera otra alternativa y la resignación fuera la única forma de responder.
Por esa razón, lo que pasó hace unos días con la Universidad de Harvard en Estados Unidos es una lección muy poderosa para todos. Donald Trump ha hecho de esta universidad el epicentro de su ofensiva contra instituciones de educación superior, pretextando una presunta falta de acción frente al antisemitismo en sus campus. En este contexto, y después de semanas de amenazas e insultos por parte del presidente, la Casa Blanca anunció el congelamiento de millones de dólares en fondos federales, como parte de un paquete de sanciones que afectan a diversas universidades estadounidenses, presionándolas para que implementen cambios en sus políticas internas, como la eliminación de programas de diversidad sexual y de género y una vigilancia sobre la orientación ideológica de los estudiantes extranjeros.
El conflicto no se limita a Harvard. A Columbia, por ejemplo, le fueron suspendidos 400 millones de dólares en subvenciones federales, por lo que accedió a los requerimientos del Gobierno, incluyendo la incorporación de 36 agentes especiales con facultad para realizar detenciones dentro del campus y se especula con la posibilidad de que se la obligue a firmar un decreto de consentimiento, que implicaría un control directo sobre su política interna respecto al antisemitismo.
Independientemente de si estás de acuerdo o no con las políticas internas de las universidades, de si apoyas a Harvard o no, por principio y como sociedad deberíamos oponernos a este golpe demoledor a la independencia universitaria, a la libertad de expresión en los campus y rechazar la virulenta reacción intervencionista por parte del Gobierno. Pero no, la mayoría de instituciones optaron por la vieja confiable, bajar la cabeza y esperar a que la tormenta pase para recoger el tiradero.
Excepto Harvard, que rechazó tales medidas y reiteró que no renunciará a su independencia ni a los derechos que le otorga la Primera Enmienda de la Constitución. De forma categórica, el presidente de Harvard, Alan Garber, denunció la intromisión en la autonomía académica de las instituciones privadas. En un comunicado dirigido a la comunidad universitaria, Garber sostuvo que “ningún Gobierno debería dictar qué puede enseñar una universidad privada ni a quién debe admitir o contratar o qué áreas de estudio o investigación pueden seguir”, advirtió que las exigencias del Gobierno “invaden libertades universitarias reconocidas desde hace mucho tiempo por la Corte Suprema”.
John Harvard debe estar muy orgulloso viendo a la institución, que sus 779 libras y 400 libros de su colección ayudaron a nacer, convertida en un símbolo de resistencia y valor ante el hombre más poderoso e impredecible del mundo.
Un gesto valiente que no saldrá barato, se habla de 2 mil 200 millones de dólares en fondos federales que le serían congelados y el retiro de su estatus fiscal, todo por su negativa a bajar la cabeza, a doblegarse. Un gesto que, en un mundo donde bajar la cabeza con tal de sobrevivir se ha vuelto la práctica estándar en instituciones, organismos de la sociedad civil y personas, es profundamente esperanzador. Ya que, aunque todos sabemos que la Universidad de Harvard no va a doblegar a Donald Trump, se atreve a vivir su verdad con dignidad y respeto por sus principios y valores, al costo que sea necesario.
Aquí es donde viene la cátedra para todos como sociedad. Hollywood nos ha enseñado que los grandes cambios inician cuando un héroe fuerte, digno y fiel a sus principios se pone en pie ante alguna injusticia y con un poderoso mensaje destraba la puerta que lleva a un futuro distinto y esto hace que otros también se incorporen y entre todos la abran e inicien el recorrido, pues bien, en la vida real esto casi nunca es así.
Los grandes, los fuertes, los poderosos, son los primeros en acobardarse, en bajar la cabeza y asegurar su sobrevivencia, se pandean ante la simple amenaza de perder su lugar y dejar de salir en las fotos. Al más puro estilo de Groucho Marx espetan ante el aprendiz de tirano: “estos son mis principios, y si no te gustan aquí tengo otros”. Por lo que la realidad no suele encontrar a sus héroes entre los poderosos, más bien los encuentra entre la tropa, algún despistado idealista de medio pelo que encuentra valor en sus principios, su historia personal y en las causas, es el que suele ponerse en pie y tocar el clarín para llamar a la resistencia. Pero el resultado casi nunca es como en las películas, pocos se suman, su personalidad, la apatía y el temor de la sociedad generalmente llevan al fracaso a la mayoría de los ejercicios de resistencia. Por eso es fundamental ver en esta resistencia a uno de los “grandes”, de los fuertes, de los que “sí tienen mucho que perder” y que suelen tener mejor convocatoria.
Por eso es tan significativo lo que hizo Harvard. Es quizás la más grande y la que más tenía que perder y no sólo resistió, trazó una hoja de ruta para Yale, para la UNAM, para la BUAP, para las organizaciones de la sociedad civil, los organismos empresariales, los sindicatos y para las personas que las comandan. Jhon Stuart Mill tenía muy claro que el progreso de la sociedad pasa por la libertad de disentir, así que cuando silenciamos una voz crítica todos perdemos la oportunidad de pensar distinto y de crecer, ya ni hablar del costo cuando nosotros mismos nos callamos por cobardía o simple comodidad.
Para todos los que aún creen que los principios, las valores y la verdad son importantes, hay que defenderlos, aunque duela, aunque nos cuesten fondos federales, apoyos, auditorías o dejar de salir en la foto de las inauguraciones. Recordemos que cuando la historia llamó a Harvard, ella tomó el teléfono y estuvo a la altura que su papel exigía para la defensa de las libertades y la democracia.
Cuando creamos que las extorsiones, las auditorías, las amenazas o la simple marginación social y política podrían hacernos retroceder, traicionar nuestros principios, suavizar nuestra crítica o desviar la mirada ante una injusticia, recordemos que, aunque hoy se ven inmensos, no es su dimensión real y para ejemplo lo que dijo Rodrigo Balvanera:
“En 100 años, Donald Trump apenas será un pie de página en el libro de la historia, pero Harvard seguirá aquí y el valor de su decisión se enseñará en las aulas que hoy intentaron silenciar”.
No es un tema de ideología ni trata de si defendemos una forma de pensar o defendemos otra, o si validamos a un grupo empresarial o su ética para hacer negocios, eso lo resolvemos después ustedes y yo con un whisky. Estamos hablando de que en este mundo urgen más Harvards, urgen instituciones y personas con principios y valores claros, y que, además, sean capaces de ponerse en pie y defenderlos, además de sus libertades, su independencia y el estado de derecho, al costo que sea.
Con el valor para entender que a estas a batallas debemos ir sí o sí, que nos tocan a nosotros, que quizás no las podemos ganar hoy, pero sentaremos las bases, iniciaremos los avances, y no olvidemos que todo lo que dejemos de hacer hoy será un trabajo que heredaremos a nuestros hijos.
Y, quién sabe, en una de esas, con que una universidad que no acepte doblegarse, un organismo de la sociedad civil que entienda su responsabilidad histórica y señale con firmeza y respeto los excesos autoritarios, otros podrían sentirse inspirados a romper el candado autocrático. No sé, tal vez he visto muchas películas de Hollywood, pero no dejo de pensar que quizás con uno que se atreva, otros encuentren el camino.
¡Un abrazo!
Rubén Furlong Martínez
Los leo en X: @RubenFurlongM
miop










