Nuestra época es la de la sobreinformación. Una cantidad impensable de datos nos rodea. El número de noticias, ideas y conceptos con que nos topamos día tras día es tan abrumador que nos resulta imposible de asimilar, sin embargo, caemos en un error común, suponer que entendemos el exceso de información a la que nos exponemos, y así, vamos por la vida creyendo que somos inteligentes, grandes pensadores, mentes analíticas, incluso sabios, sin embargo, si todo aquello que creemos de nosotros fuera real, no viviríamos en el cotidiano caos que nos distingue.
Hubo un tiempo en el que la educación verdaderamente representó un valor social, una aspiración legítima, pero hoy, no es más que una farsa. Los docentes, en su mayoría, hacen como que enseñan, y sus pupilos, en general, hacen como que aprenden, y unos y otros participan de la misma gran simulación. No faltará quien se ofenda de esta cruda descripción de nuestro actual estado educativo, sin embargo, aunque es directa, no es errada, basta con echar una mirada a la tremenda ignorancia que reviste a la sociedad para notarlo, ignorancia que, entre una de sus tantas manifestaciones, tiene a la violencia como la principal. Pero la culpa no es del todo de los educadores, como tampoco de los educandos, se trata de una cadena social de errores emanados de nuestra incapacidad para establecer límites necesarios y para alejarnos de los deseos desmedidos que tanto nos han empobrecido, tanto en lo económico como en lo espiritual.
Queremos destacar, llamar la atención de los demás, atraer las miradas de desconocidos a los que poco o nada les importamos. De alguna manera la sobreinformación consiste en querer estar en todos lados, saber todo lo que ocurre, tener la capacidad para hacerlo todo, en síntesis, nuestra locura consiste en suponernos omnipresentes, omniscientes y omnipotentes, pero, nuevamente, una mirada a lo más superficial de nuestras vidas bastará para notar la gran cantidad de vicios en los que hemos caído, que hemos generado y que, además, defendemos sin importar nada, pues afirmamos que tenemos “derecho” a ser como somos, aunque no sepamos lo que es el derecho, como tampoco sepamos lo que somos.
Es difícil afirmar hacia dónde avanzamos como sociedad, pero no sería arriesgado afirmar que el destino no será mejor que el camino. Pareciera que a medida que avanzamos, el sendero se hace más escabroso. La ignorancia, la hipocresía y la ambición podrían ser los tres aspectos que mejor definirían a la sociedad actual. En términos de desarrollo de la tecnología, no hay duda de que se han logrado grandes progresos, sin embargo, qué porcentaje de la población tiene acceso a las nuevas tecnologías, principalmente a aquellas que verdaderamente pueden ayudarnos a elevar nuestra calidad de vida; la cifra es mínima. La mayoría no hace sino complacerse en todo aquello que enajena, que perjudica el intelecto y que relativiza aquello que está en relación con el bien general. No se afirma de ninguna manera que la vida debe carecer de pasión, ni tampoco que todo deba reducirse a una reflexión continua sobre el ser, sin embargo, no puede hacerse de lado el hecho de que la inconsciencia es el rasgo distintivo de nuestros tiempos, inconsciencia que aplica para cualquier etapa, desde la niñez y hasta la vejez, y que es resultado de la enajenación causada por la exposición a la sobreinformación.
Todos conocemos grandes preceptos para vivir mejor, ideas místicas o “sagradas” para elevar el espíritu, frases motivacionales para levantarnos cada vez que caemos, sí, conocemos todo ello, incluso no faltará quienes hayan subrayado libros y libros de sabiduría procurando memorizar esas “recetas” para vivir bien, sin embargo, qué tanto aplicamos realmente estos preceptos, ideas y frases para mejorar nuestra calidad de vida, posiblemente no lo hagamos, o quizás lo hayamos intentando durante unos cuantos días para después volver a la rutina ociosa y enajenante de siempre. Leer mucho no hace buenas personas, como tampoco hace sabios el hecho de haber conseguido culminar algún posgrado. En muchas ocasiones, incluso, no faltan las personas que se consideran a sí mismas letradas, pero que en el trato humano son déspotas, lo cual ocurre porque realmente no han entendido nada de lo que han estudiado, de ahí que en lo profundo de su ser no hayan experimentado un cambio radical y real. Vivir no es fácil, pues las tentaciones y posibilidades de caída son numerosas, de esto nos habla el filósofo Massimo Pigliucci en su libro Guía práctica del estoicismo:
«Ni se nos ocurra llamarnos sabios, decir que somos iluminados o algo por el estilo. La presunción es la forma inequívoca de que, de hecho, no lo somos. En lugar de pontificar, actuemos según lo que aprendemos. Para practicar la excelencia en cuanto ser humano, hay que empezar por uno mismo, sin alardes de virtud ante los demás. ¿Hemos decidido mejorar nuestra dieta, no beber alcohol, hacer ejercicio y cultivar la resistencia? Perfecto, hagámoslo, pero sin dar explicaciones y sin decírselo a nadie. La diferencia entre quienes practican el arte de vivir y quienes no lo hacen estriba en que estos últimos buscan consuelo en cosas externas —dinero, bienes, prestigio— a las que luego culpan cuando sufren algún revés, mientras que los primeros buscan en sí mismos tanto el consuelo como la causa del revés que han sufrido. Estamos aprendiendo lo que conviene desear y lo que es preferible evitar o dejar de desear. Quizás hemos leído a los grandes filósofos, pero, ¿vivimos realmente como ellos? ¿Haber leído a los grandes filosóficos nos anima a vivir mejor? Si no es así, nada nos distingue de alguien que puede citar frases memorables, ¡pero que no podría escribir un párrafo para salvarse!»
La ignorancia, la hipocresía y la ambición son los tres enemigos del ser humano, por otro lado, la discreción, la humildad y el silencio son sus respectivas medicinas. Vivimos enajenados y en un error constante a causa de nuestros deseos inmoderados, sin embargo, mientras respiremos es posible aplicar aquellas máximas conocidas en aras de conquistar el arte de vivir.









