El 10 de mayo en México son flores por todos lados, pasteles caseros y redes sociales inundadas de fotos sonrientes.
Sin embargo, existe una realidad que define la vida cotidiana de muchas mujeres en el mundo actual: son profesionales, funcionarias, artistas o académicas que, al mismo tiempo, organizan la logística del hogar, acompañan el desarrollo de los hijos, cuidan a familiares enfermos y mantienen los vínculos afectivos que unen a las familias. No se trata de casos excepcionales, sino de la cotidianidad que merece ser observada con atención.
La participación de las mujeres en la vida pública ha crecido de manera continua durante las últimas décadas. Ocupan escaños legislativos, dirigen empresas, lideran investigaciones científicas y encabezan movimientos culturales. Este proceso ha transformado de forma notable la integración de los espacios de decisión y producción. Sin embargo, los estudios sobre uso del tiempo muestran de manera consistente que esta incorporación al ámbito público no ha venido acompañada de una redistribución del trabajo doméstico y de cuidados. Las mujeres, en promedio, siguen destinando significativamente más horas que los hombres a estas tareas, con independencia de su nivel de formación o su posición laboral.
El resultado es una jornada extendida que transcurre en parte ante los ojos de la sociedad y en parte en la intimidad del hogar. Ambas dimensiones demandan tiempo, energía y capacidad de gestión, aunque solo una de ellas recibe reconocimiento formal. Esta asimetría tiene consecuencias observables: trayectorias profesionales que se interrumpen o ralentizan en determinadas etapas de la vida, menor disponibilidad para actividades de representación o redes profesionales, y acumulación de fatiga que raramente se nombra como un factor relevante en el análisis del liderazgo femenino.
Vale la pena señalar también lo que este intercambio constante entre esferas genera en términos de capacidades. Las mujeres que gestionan simultáneamente responsabilidades públicas y domésticas desarrollan habilidades de organización, negociación y atención a múltiples variables que resultan valiosas en cualquier entorno profesional. Que esas competencias se forjen en condiciones de mayor exigencia que las de sus pares masculinos es, precisamente, uno de los aspectos que el análisis no debería pasar por alto.
Comprender esta realidad en su complejidad y justa dimensión, es útil tanto para el diseño de políticas públicas como para las conversaciones dentro de las organizaciones y las familias. El trabajo de cuidados es una función social de primer orden. Reconocerlo como tal, y analizar cómo se distribuye, es un punto de partida razonable para entender las condiciones reales en que las mujeres participan hoy en la vida pública.
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