Por años, Toy Story fue más que una franquicia de animación para niños. Fue una historia sobre crecer, cambiar y aprender a despedirse a cualquier edad. La primera cinta marcó el rumbo de la animación y las historias que se contaban en los años 90 y 2000. Por todo lo que este proyecto significó para muchos de nosotros a través del tiempo, cuando Toy Story 3 llegó a los cines en 2010, la mayoría pensamos que habíamos presenciado el cierre perfecto: Andy entregando sus juguetes a Bonnie y avanzando hacia una nueva etapa de su vida, una que ya no tenía que ver con quienes crecimos junto a Buzz y Woody.
Sin embargo, llegó el 2019 —y con este— Toy Story 4, queriendo demostrar que todavía había historias por contar, especialmente sobre la búsqueda de identidad y libertad de Woody; algo que aún con ciertas ideas de valor que tuvo, la mayoría no tomamos muy bien. Ahora, con la llegada de Toy Story 5 a los cines, vuelve a surgir la pregunta inevitable: ¿realmente necesitamos otra película?
Esta nueva entrega de la saga explora la lucha de los juguetes clásicos —liderados ahora por la vaquerita Jessie— por mantener la atención de Bonnie frente a una nueva amenaza: una tableta interactiva llamada Lilypad, que monopoliza el tiempo de los infantes (y a quien, por cierto, Belinda da voz de forma magistral). El conflicto principal aquí gira en torno a cómo los juguetes tradicionales intentan seguir siendo relevantes en un entorno digital. La premisa promete mucho y, ciertamente, tiene más razón de existir que su anterior entrega; sin embargo, me atrevo a decir que se siente mucho más genérica que cualquier película previa de la franquicia.
En mi opinión, aunque la animación llega a un gran hiperrealismo y aporta un mensaje muy pertinente sobre el exceso de tiempo frente a las pantallas —no solo de los niños, sino de todos en general—, el discurso de la trama se siente algo atrasado y poco innovador; más como otro intento forzado de revivir una historia que ya había tenido un cierre perfecto. La película logra ofrecer un par de momentos conmovedores y resulta entretenida para el público familiar, sobre todo para los niños pequeños, y ese es quizá su principal diferenciador.
Toy Story era una saga de animación que llegaba al corazón de chicos y grandes, cuyos tres primeros capítulos se veían como una épica inigualable. Incluso su forzada entrega anterior conservaba algunos de los rasgos de lo que un día fue una de las películas de animación más importantes de todos los tiempos. Pero esta nueva aventura —cuyo mensaje tenía todo para marcar una diferencia y conectar con un nuevo público— termina por parecer demasiado infantil, genérica y poco ambiciosa frente a historias como “Hoppers”, estrenada este mismo año, y que aún desde su simplicidad transmite un mensaje importante, y se percibe como un proyecto hecho con corazón.
Pixar enfrenta ahora el reto de justificar esta nueva entrega sin poner en riesgo el legado emocional construido durante casi tres décadas en el que la saga ha conectado con distintas generaciones al retratar conflictos universales —amistad, pertenencia y cambio—, más allá de juguetes que hablan. Es cierto que, a nivel de taquilla, la película tuvo una buena recepción. A pesar de que su estreno coincidió con la efervescencia de la Copa Mundial de la FIFA 2026, recaudó 312 millones de dólares a nivel global durante su primer fin de semana. Solo en México —el mercado internacional con mayor recaudación— generó 26.6 millones de dólares, incluso en medio de la euforia mundialista, aunque también quedó ligeramente por debajo de los resultados obtenidos por su predecesora.
Lo que está en juego con esta película para muchos no es únicamente su éxito comercial, sino el significado de uno de los legados más importantes de la animación de todos los tiempos, más allá del dinero. Toy Story siempre nos enseñó que crecer implica aceptar que algunas etapas terminan. La paradoja ahora es que la propia franquicia debería decidir si realmente tiene algo nuevo que decir o si ha llegado el momento de aplicar su propia lección.
Si Pixar lo consigue, Toy Story 5 podría convertirse no solo en otro éxito financiero, sino también en una valiosa reflexión sobre el paso del tiempo. De lo contrario, quedará como uno de los mayores reflejos de una industria que teme demasiado despedirse de sus éxitos y del dinero que estos le generan. Quizá la verdadera pregunta detrás de esta película sea si se trata de una nueva aventura o de una parada innecesaria más, antes de una despedida que se niega a ocurrir.
Angel Sarmiento
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