No hubo milagro.
Y no me refiero al quinto partido… de eso ya hablaremos con un whisky. Me refiero a lo que pasó con el T-MEC.
Si has vivido estas semanas sólo pendiente de los goles, te platico: Estados Unidos rechazó extender la vigencia automática del T-MEC por dieciséis años. México y Canadá querían hacerlo; Washington dijo no.
Un golpe muy duro, con consecuencias generacionales.
Habrá quien diga que nunca estuvo realmente sobre la mesa. Tal vez. Pero el resultado es el mismo: durante los próximos diez años viviremos bajo revisiones permanentes, con la continuidad del acuerdo dependiendo, año con año, del humor político de Washington y del cumplimiento de los compromisos adquiridos.
Conseguir que Estados Unidos aceptara no era un reto sencillo. Pero también es cierto que desde Palacio Nacional hicieron muy poco para mejorar las probabilidades.
Durante años enviaron señales, a nuestros principales socios comerciales, de que en México el Estado de derecho era negociable. Debilitaron organismos autónomos, capturaron el Poder Judicial, modificaron reglas sobre la marcha y convirtieron la incertidumbre jurídica en política pública.
La confianza es como el crédito bancario: tarda años en conseguirse y cinco minutos en perderse.
Pues la perdieron.
Aunque eligieron para la negociación a Marcelo Ebrard, su mejor perfil, su desempeño estuvo lejos de ser brillante. Carente de credibilidad institucional y de respaldo político, llegó debilitado por su propio gobierno y ridiculizado en más de una ocasión por la administración Trump. Así, fue enviado a conseguir un objetivo que, en los hechos, jamás pareció formar parte de la estrategia nacional.
Da la impresión de que la estrategia real consistía en resistir, dar vueltas en círculo y esperar que el carácter impredecible de Trump nos hiciera el milagro.
Pues no sucedió.
Durante los próximos diez años, el T-MEC entrará en un proceso de evaluación permanente. Cada revisión será una oportunidad para que Estados Unidos exija cambios, reclame incumplimientos, presione políticamente o condicione inversiones. Esto no significa que el tratado esté condenado a desaparecer; sin embargo, es una señal de que la confianza entre los socios está rota y la incertidumbre será la nueva normalidad.
En lenguaje empresarial significa una sola cosa: dejamos de tener un contrato de largo plazo para empezar a vivir con auditorías permanentes.
Cualquier director general sabe que es muy distinto planear una inversión a veinte años que hacerlo esperando la siguiente revisión del auditor.
Lo verdaderamente preocupante es que, durante décadas, muchas malas decisiones económicas fueron amortiguadas por la existencia de un tratado comercial sólido con Estados Unidos y Canadá. El propio tratado obligaba a conservar un mínimo de institucionalidad, certeza jurídica y disciplina regulatoria. Era una especie de barandal que impedía caer por completo.
Ese barandal sigue ahí… pero ya nadie está dispuesto a recargarse sobre él.
Pero instalarse en el pesimismo también sería un error.
Diez años nos da tiempo suficiente para corregir el rumbo, recuperar instituciones, volvernos competitivos, construir confianza y convertir a México en el socio estratégico que Norteamérica necesita. No sería la primera vez que este país se levanta después de desperdiciar una enorme oportunidad.
Aunque, siendo honestos, tampoco puedo evitar recordar que para organizar un Mundial tuvimos ocho años… y terminamos haciendo buena parte del trabajo en los últimos quince minutos.
¿Podemos hacerlo mejor esta vez? Sí.
México conserva fortalezas que ningún gobierno ha logrado destruir: una ubicación geográfica privilegiada, talento altamente calificado, un ecosistema emprendedor acompañado de empresarios capaces de competir en cualquier mercado, cadenas de suministros consolidadas y una integración social, familiar y, sobre todo, económica con Estados Unidos tan profunda que no puede deshacerse por decreto.
Además, el tablero político internacional está cambiando. En América Latina la izquierda pierde terreno. México se queda solo. Por lo que no sería raro que los políticos que hoy defienden a ultranza un modelo que no inspira confianza y aleja la inversión, mañana pueden abrazar apasionadamente el modelo opuesto.
Está demostrado que en la política mexicana las convicciones ideológicas suelen durar exactamente hasta que cambian los incentivos. No les voy a pedir congruencia. A estas alturas me conformo con que, por conveniencia, hagan lo correcto. La factura política ya llegará; hoy lo urgente es enderezar el rumbo.
Un T-MEC a revisiones anuales no era el escenario que México necesitaba.
Pero tampoco es el final de la historia.
Las empresas que prosperan no son las que nunca se equivocan. Son las que aprenden y corrigen antes que sus competidores.
Con los países ocurre exactamente lo mismo.
Estamos a tiempo.
Un abrazo.









