Irma Gómez
Envejecer es una etapa natural de la vida, pero pocas veces nos detenemos a pensar que nuestros perros y gatos también están atravesando por cambios físicos, emocionales y conductuales conforme pasan los años.
Algo importante que debemos comprender, es que los animales no envejecen igual que las personas y tampoco existe una edad exacta en la que podamos decir: “a partir de aquí ya es viejito”.
La etapa geriátrica depende de múltiples factores como la especie, talla, genética, nutrición, enfermedades previas y estilo de vida.
Por ejemplo, en los perros, las razas de talla grande suelen envejecer más rápido que los de talla pequeña, mientras que en los gatos existen variaciones individuales que deben evaluarse de manera particular.
Pero ¿Estamos observando un envejecimiento normal o estamos normalizando señales que requieren atención?
Es común escuchar frases normalizadas como: “duerme todo el día porque está viejo”, “es gruñón por la edad” o “ya no juega como antes” estas, pueden hacernos pasar por alto problemas médicos o incluso conductuales.
No debemos olvidar que la vejez no es una enfermedad, pero si es una etapa donde aumenta la posibilidad de desarrollar alteraciones que debemos identificar oportunamente, donde uno de los primeros aspectos a considerar es el dolor, dado que los animales tienen mecanismos de supervivencia que pueden hacer que oculten signos evidentes de malestar.
Un perro o un gato puede continuar comiendo, caminando o interactuando, aunque presente dolor crónico, por eso debemos aprender a reconocer las señales más sutiles como: disminución de actividad, dificultad para levantarse, cambios en la postura, menor interacción, irritabilidad o rechazo al contacto.
En la Etología, ciencia que estudia el comportamiento animal, sabemos que la conducta es una forma de comunicación, pero en la Etología Clínica analizamos cuándo un cambio conductual puede estar relacionado con dolor, enfermedad, estrés o alteraciones propias del envejecimiento, como un animal que antes permitía ciertas manipulaciones y ahora reacciona negativamente, esto significa que no necesariamente “cambió por viejito”; puede estar expresando incomodidad o dolor.
Pero en los gatos, estos cambios suelen ser todavía más discretos, dejan de subir a lugares altos, disminuyen su acicalamiento (se ven sucios o desaliñados), modifican hábitos de eliminación o incluso, empiezan a aislarse socialmente, todas estas pueden ser señales importantes que deben ser consideradas.
También, algunos pacientes geriátricos pueden llegar a desarrollar cambios cognitivos asociados con la edad, como desorientación, alteraciones del sueño o cambios en la interacción social.
Así que ahora lo sabemos, la medicina veterinaria geriátrica busca algo más que prolongar años de vida: busca preservar su calidad de vida.
Envejecer no significa dejar de disfrutar, un perro o gato geriátrico puede seguir explorando, conviviendo y teniendo experiencias positivas; únicamente debemos aprender a adaptar las actividades a sus nuevas capacidades.
Nuestros compañeros estuvieron con nosotros durante partes importantes de nuestra vida, lo mínimo que podemos hacer es regalarles cuidados dignos en su etapa geriátrica.
Porque una vida larga es valiosa, pero una vida con bienestar lo es aún más.







