Durante meses, la Copa Mundial de Futbol de 2026 estuvo acompañada por pronósticos poco alentadores. Se habló de una competencia sobredimensionada, de distancias inmanejables, saturación aeroportuaria, problemas migratorios, temperaturas extremas, amenazas terroristas, tensiones políticas y capacidades de seguridad insuficientes. México, como suele ocurrir, fue observado bajo una lupa particularmente severa.
Sin embargo, una vez apagadas las luces de los estadios y entregado el trofeo, el resultado general es difícil de negar: contra muchos de esos pronósticos, el Mundial fue un éxito.
No fue una edición sencilla. Por primera vez participaron 48 selecciones en 104 partidos distribuidos entre México, Estados Unidos y Canadá, a lo largo de cuatro zonas horarias y con millones de personas desplazándose entre ciudades, aeropuertos, fronteras y sedes deportivas. A pesar de esa complejidad, el torneo mantuvo continuidad operativa, estadios llenos y una convocatoria global sin precedentes. Después de los octavos de final, ya se contabilizaban más de 6.2 millones de asistentes y una ocupación cercana al 99.7 por ciento de la capacidad disponible.
Las audiencias confirmaron, además, que el futbol conserva una capacidad de penetración cultural difícilmente comparable con cualquier otro fenómeno contemporáneo. Durante las primeras fases se rompieron récords de transmisión y consumo digital en diferentes mercados, mientras millones de personas participaron en festivales, espacios públicos y plataformas sociales. El Mundial no solamente convocó aficionados: sincronizó temporalmente al planeta. Para México, el balance resulta especialmente significativo.
Nuestro país llegó a la competencia precedido por cuestionamientos sobre violencia, delincuencia organizada, movilidad, infraestructura y coordinación entre autoridades federales, estatales y municipales. La amenaza no era imaginaria. Los grandes eventos deportivos son objetivos potenciales para organizaciones terroristas, actores criminales, grupos de protesta, operaciones de desinformación y ataques cibernéticos. También representan enormes desafíos para el manejo de multitudes, la protección civil y la continuidad de servicios esenciales.
Pero, en términos estratégicos, la arquitectura de seguridad funcionó. La coordinación entre fuerzas federales, autoridades locales, servicios de emergencia, protección civil, operadores de transporte y responsables privados permitió que los encuentros celebrados en territorio mexicano se desarrollaran sin incidentes capaces de comprometer la continuidad del torneo. Tan sólo en la Ciudad de México, más de un millón de personas salieron a espacios públicos durante el último partido disputado en la sede capitalina. En el cierre del Fan Festival del Zócalo se reportaron 110 mil asistentes y una participación acumulada superior a dos millones de personas durante 32 jornadas, con saldo operativo favorable.
Esto no significa que todo haya sido perfecto ni que deban ignorarse las fallas registradas en la gestión de algunas concentraciones humanas. Un megaevento de esta magnitud siempre deja lecciones. La seguridad no debe evaluarse exclusivamente por la ausencia de una catástrofe, sino por la capacidad de anticipación, prevención, respuesta, recuperación y aprendizaje institucional.
El verdadero legado deberá encontrarse precisamente ahí: en conservar las capacidades desarrolladas, institucionalizar los protocolos, profesionalizar a quienes participaron y evitar que la coordinación desaparezca al concluir el torneo.
Pero el Mundial también produjo un resultado menos visible y quizá más importante: la diplomacia deportiva. La imagen de la clausura será recordada no solamente por el triunfo de España sobre Argentina, sino por el palco en el que coincidieron Donald Trump, Claudia Sheinbaum, Mark Carney, el rey Felipe VI y otras autoridades internacionales, con Gianni Infantino como anfitrión. Los líderes de los tres países organizadores compartieron espacio en un momento marcado por diferencias comerciales, migratorias, políticas y de seguridad.
Durante más de 90 minutos —y hasta el tiempo adicional disputado en la final— prevalecieron la cordialidad, el diálogo y la armonía propia del deporte. No hubo una mesa formal de negociación, un comunicado conjunto ni una cumbre diplomática tradicional. Tampoco fue necesario acordar previamente una agenda. El futbol consiguió reunirlos, colocarlos frente a un objetivo compartido y recordarles que, más allá de las diferencias, México, Estados Unidos y Canadá forman parte de un mismo espacio estratégico.
La diplomacia deportiva logró, por unas horas, lo que otros mecanismos institucionales no habían conseguido: construir una pausa en medio de las tensiones. No deben exagerarse sus efectos. Un partido de futbol no elimina disputas comerciales, desacuerdos migratorios ni amenazas a la seguridad regional. Pero sí puede abrir canales, modificar ambientes, facilitar conversaciones informales y reducir momentáneamente la confrontación. En política internacional, las formas, las imágenes y los gestos también producen consecuencias.
El Mundial terminó con una fotografía poderosa: tres gobiernos norteamericanos, la monarquía española y la dirigencia del futbol mundial reunidos mientras millones de personas observaban el mismo acontecimiento.
México debe comprender la dimensión de lo alcanzado. No sólo organizó partidos. Proyectó cultura, capacidad logística, hospitalidad y coordinación institucional. Frente a quienes apostaban por el fracaso, demostró que puede administrar un evento de escala global cuando existe un objetivo definido y una estructura de cooperación.
El balón dejó de rodar, pero la lección permanece: cuando el deporte genera confianza, la seguridad protege el espacio y la política acepta compartirlo, la diplomacia encuentra caminos que ningún protocolo había previsto.
@evrossainz










