Édgar Ávila Pérez
El manto tenebroso de la violencia cubrió -hace un par de años- de manera silenciosa a Puebla, una ciudad y un estado que presumía ser un oasis.
La ideologización de comunidades enteras para normalizar el robo de combustible y el organizado hurto de de vehículos significaban los incipientes estertores de la violencia.
Los signos preocupantes en el último trecho de la administración de Rafael Moreno Valle, echaban por tierra aquel cándido mito que en la capital habitaban familiares de los grandes capos y que ello permitía un pacto de no violencia.
Más allá de la discutible estrategia de seguridad, pocos quisieron ver a una sociedad que se fracturaba, que perdía valores fundamentales y que se hundía en un hoyo negro.
El país entero mostraba -como lo hace ahora-, una grave descomposición social. En entidades como Tamaulipas, Michoacán, Guerrero, Veracruz, hombres y mujeres de todas las edades -incluso jóvenes de preparatoria y universitarios-, incursionaban e incursionan en la delincuencia organizada.
Lo mismo como halcones, vendiendo droga, que cuidando a secuestrados o descuartizado sin el mayor asomo de culpa a docenas de personas.
La manzana podrida alcanzaba -como ahora- a autoridades: regidores, alcaldes, gobernadores, secretarios de despacho y diputados, metidos hasta la médula en los tentáculos del narcotráfico. Un molotov perfecto para hundir a una nación en la desesperanza.
En amplias regiones sumidas en el caos la corrupción, presencia de carteles de la droga y violencia por guerras internas y combate oficial a la delincuencia, la normalización de esa violencia ha mostrado lo peor de una sociedad.
La aparición de descuartizados, mujeres y hombres colgados de puentes, asesinato de 5, 10, 20 y hasta 30 ó 40 personas parecen ser parte de la normalidad de una realidad que rebasa cualquier relato de ciencia ficción policíaco.
En los últimos dos años, Puebla enfrentaba hechos de alto impacto: asesinatos y desapariciones masivas, confrontación cada vez más abierta de delincuentes con las fuerzas del orden.
Para quienes hemos tenido la desafortunada -¿o afortunada?- posibilidad de reportar los horrores de la guerra contra el narcotráfico, dimos por sentado que Puebla se dirigía a esa normalización terrorífica.
Los crímenes de los últimos meses habían provocado preocupación mediática, pero fue el asesinato de tres estudiantes universitarios y un chofer de Uber lo que significó un quiebre social.
La muerte de Javier Tirado Márquez, Ximena Quijano Hernández, José Antonio Parada Cerpa y Josué Vital Castillo, despertaron a jóvenes que habían permanecido como simples espectadores.
Se trata de generaciones que aún no han sido envenenadas del todo con la manzana podrida, esa manzana que convirtió a una sociedad en un frankestein abominable.
Y es que no todo es culpa de un gobierno, sino también de una sociedad que se mantiene en la comodidad y se niega a rebelarse, como lo han venido haciendo en la última semana de manera tan digna los estudiantes. Puebla suena a esperanza.

Escritor
Periodista de El Universal
Corresponsal de la agencia EFE-España









