Carolina Goméz Macfarland
Hablar de relación de pareja es complicado, son dos personas en un encuentro, con dos historias diferentes, son dos posturas de vida a veces diametralmente opuestas, intentando hacer una vida juntos.
El amor, la felicidad, la compañía y la ternura, todo eso es lo que uno espera. Una ilusión que alimentamos cada día, intentando cubrir nuestras necesidades más íntimas, más profundas, y hasta desconocidas.
Elegimos a quien creemos que podrá hacernos feliz, y encontrar cada día el camino. Una gran responsabilidad para quien ocupe ese lugar.
Pues olvidamos que el otro tiene su propia historia y sus propias necesidades, sus propios conflictos aún sin resolver y que, probablemente espere lo mismo de nosotros.
En un principio, todo parece estar de maravilla y las heridas, dejan de doler. “Este es el indicado”, “ella me hará un hombre feliz”, “imposible vivir sin su presencia”. Frases que nos decimos y que escuchamos con frecuencia, hasta que, sin darnos cuenta, todo acaba. Algo se rompe y la desilusión llega.
El otro será el malo, el otro será el culpable y tal vez no será quien yo esperaba.
Nada desconocido. Sin embargo, es preciso observar otras cosas importantes. Pues, así como las heridas dejan de doler por un momento, no significa que éstas hayan desaparecido.
Nuestras heridas son eso, nuestras, parte de nuestra historia, parte de aquél difícil papel que nos toca vivir cuando debemos mirarlas, y atenderlas. Un trabajo únicamente nuestro, personal, uno que será el reto del hombre hasta que muera.
En estos tiempos de contingencia y de confinamiento, no hay manera de ignorar lo que tanto nos duele. La cercanía y la frecuencia con la que convivimos ahora con esa otra persona, con nuestra pareja, provoca sin duda alguna, que se toquen estas zonas dolorosas, que nos miremos impotentes ante la imposibilidad de sentirnos protegidos por el otro, de cara a nuestro pasado y a nuestra necesidad de sentir y sanar. Ni qué decir de la distancia y la ausencia, todo lo que hace arder al corazón.
Un trabajo nada fácil para el ser humano, uno que nos provoca esperar con necedad que sea alguien más quien nos cure.
Un ser humano, apenas puede con su persona, apenas puede con su proceso de crecimiento y poco tiene para dar en estos casos. Por más que quisiera hacerlo, no podrá hacer la magia que tanto anhelamos.
En estos momentos de angustia que vivimos, las emociones y heridas están a flor de piel y todo puede suceder. Nos encontramos con nosotros mismos y con una realidad que no nos agrada. Duele y nos enojamos y reventamos y ofendemos y exigimos que todo vuelva ser como antes. Y la realidad nos regresa la respuesta: “Solo tú puedes hacerlo”. “Es tiempo ya”.
Con tanta tristeza nos empecinamos, y la violencia se presenta. Algo que asusta y nos deja indefensos, sin saber para donde seguir.
Lo cierto es que siempre es posible comenzar en cualquier punto, este crecimiento, este proceso de sanación. Solos o con un poco de ayuda, es posible lograrlo. No será sencillo y dolerá hasta en lugares que no sabíamos que existían. Desesperaremos por no lograrlo rápidamente. Pero cada uno tiene su tiempo, su ritmo y su momento. Ese momento justo, cuando todo se alinea para dar el siguiente paso.
No lo sabremos con exactitud, pero sí reconoceremos que hemos cambiado. Nos sorprenderemos de la gran modificación que habrá en nuestro modo de ser y vivir, a veces tanto, que el otro podrá desconocernos y hasta desconfiar. Imposible moverse sin mover al otro, a todos los que nos rodean.
Por eso, es tan importante comenzar ya, por lo menos a entender que existe la posibilidad de sentirnos mucho mejor y que este cambio podría ser, creo yo, una obligación de vida para que el mundo y la humanidad crezcan también.
¿O no es ese nuestro propósito al existir?
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL. Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.










