Carolina Goméz Macfarland
El ser humano se relaciona por naturaleza, necesita del otro para existir, para satisfacer sus necesidades y poder entonces llevar a cabo sus proyectos.
El contacto físico es un factor vital en su desarrollo, contiene, delimita y nos ubica de nuevo en una realidad que parece desconcertante, con vacío y con desesperanza.
Desde un apretón de manos, un abrazo, una caricia, pueden regresar a quien se sienta perdido, a su centro, a un lugar seguro, donde recuerda que es visto y que puede interactuar con el mundo desde su unicidad.
Un bebé necesita ser cargado, arrullado y acariciado para sentirse seguro, para satisfacer sus necesidades y poder así sobrevivir.
Conforme va creciendo, la situación no es tan diferente. Aun cuando en teoría debemos aprender a auto consolarnos, necesitamos de alguien que esté cerca y nos toque para sentir que vamos por buen camino o no.
En estos momentos de confinamiento, esta necesidad natural del hombre, de ser tocado y visto, parece incrementarse. No tenemos un punto de referencia para saber cómo estamos en realidad. Nos sentimos perdidos y confrontándonos cada minuto con nuestros más profundos miedos. Y si bien, este ejercicio de mirarnos a nosotros mismos, puede ser muy saludable, lo cierto es que la frecuencia con que ahora se presenta, significa más un peligro que una ganancia.
Deseamos poder acercarnos al otro, el otro que nos ayuda a dimensionar mejor lo que nos pasa, dando forma a los sucesos cotidianos y ayudándonos a tener un respiro de aire fresco para nivelar nuestras frustraciones y regresar a casa con nuevas perspectivas y más tranquilidad.
Pero al mismo tiempo, al momento de poder salir y comenzar de nuevo con nuestras nuevas o viejas rutinas de trabajo, sociales o académicas, el temor al contagio, a enfermar y con la posibilidad de morir, nos impide por momentos satisfacer esa imperiosa necesidad de tocar y ser tocados.
La incongruencia se hace presente y la ansiedad vuelve a aparecer. Qué hacer entonces. Cómo saludarnos, si estamos tan acostumbrados a la cercanía. Tan necesitados del contacto con el otro.
La pregunta no es fácil de responder. Sin embargo, es preciso entender que una situación como la que ahora vivimos, es totalmente nueva para todos en este momento de la historia. No es un problema ajeno, es de todos. Donde flotamos ante la incertidumbre de no saber lo que pasará en el futuro próximo, de no saber para dónde movernos ni cómo nos relacionaremos de ahora en adelante.
Todo este proceso no debe ser minimizado, es un asunto serio y que ha cambiado la vida de muchos de nosotros.
Por eso, es preciso contemplar que llevará algún tiempo para reintegrarnos, para reacomodar nuestra historia, para tomar una postura nueva de vida y entonces poder acercarnos como tanto lo deseamos. Con toda la naturalidad y con todo el aprendizaje y creencias reforzadas, de que la vida es primero, y que las caricias son un valioso regalo para seguir fortaleciéndonos y crecer para así, dar lo que hemos venido a darle al mundo.
¿O no es para eso que existimos?
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL. Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.










