Desde la puerta de una casa en obra negra nos reciben dos niños que apenas rondan los ocho años, curiosos y temerosos ante el lente que los capta, se refugian con su hermana, con quien se sientan en la única cama que hay en el cuarto, sobre la que hay varios juguetes viejos; Ana María Francisco Vega, es el nombre de la chica. Ana les pide que salgan un momento a jugar al patio o a ver a las gallinas; los niños, como es propio de su edad, se apartan y se quedan en la puerta, desde donde observan cómo su hermana va a ser famosa, mientras sueltan pequeñas risas.
Ana apenas cumplió la mayoría de edad y estaría por entrar a la universidad, sin embargo, desde hace tiempo que dejó de estudiar, pues la situación económica de su familia no lo permite. “Ahora sólo me dedico a la casa, cuidar a mis hermanos”, dice mientras ve cómo se ríen desde la puerta. En su familia en total son cuatro, pero entre dos familias rentan la casa que habitan, “ha sido muy difícil, porque en total somos ocho en la casa; a veces alguna de las dos familias no tiene para pagar su parte de la renta”.

Mientras ve la vieja máquina de coser que se encuentra en el centro de la habitación, nos cuenta que durante esta época de cuarentena la situación económica de su familia se complicó demasiado, pues desde hace más de un mes a su papá lo “descansaron” de su trabajo, poco después de que a su mamá le pasara lo mismo. Lograron subsistir gracias a que su mamá aprendió costura desde joven, “le pedían dobladillos, que arreglara y una camisa y venía la gente”, y también porque su papá, quien es electricista, “de vez en cuando le marcaban que fuera a instalar algo, aunque sea un contacto, si no, no salíamos la cuarentena”.
Este primero de junio el país regresó a la llamada “nueva normalidad” por decreto del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. Miles de personas regresaron a sus trabajos, aun cuando múltiples estudios demuestran que la curva de contagios por el COVID-19 no se ha aplanado. Y aunque en Puebla está previsto el regreso hasta el 15 de junio, el papá de Ana ya regresó a trabajar desde este primero.
“No va a trabajar todos los días como antes, nada más de lunes a viernes, porque sábado y domingo ya no sale trabajo; como no le hablaban de su trabajo ya hasta estaba pensando en irse a otro lado, pero ya hoy es el segundo día que trabaja y ya se quedó aquí”, dice Ana.
La familia está un poco más tranquila ahora que el padre regresó a trabajar, sin embargo, la joven mantiene la preocupación de que sus padres salgan “porque no sabemos dónde queda la enfermedad, aunque tampoco podemos estar sin salir”. Sin embargo, sabe que el futuro es incierto para ella: “si antes buscábamos trabajo, ahorita menos vamos a encontrar, casi no hay”.
Y es que los estragos en la actividad económica por la pandemia del coronavirus y las medidas de confinamiento ocasionaron la pérdida de 12.5 millones de trabajos en México durante abril, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi); no obstante, los jóvenes son uno de los sectores más afectados, pues recientemente la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advirtió que la crisis económica del coronavirus golpeará “con especial dureza” a los jóvenes en todo el mundo, porque son quienes tienen menos condiciones laborales dignas y una vez que pase la pandemia del coronavirus en México, la tasa de informalidad aumentará y los jóvenes será el sector de la población más afectado.
Ante la situación difícil por la que atraviesa su familia y la que pronto pasará ella, Ana pidió al gobierno que “nos donen algo, no sabemos si la pandemia va a durar mucho, si nos va a pasar algo; que si nos mandaran despensas, porque muchos de la colonia –San José Pedregal, al sur de la capital-, no tenemos suficientes recursos económicos, muchas veces hay que ir a pedir fiado a las tiendas”.
Esta familia se sumó desde hace varios meses a la lucha que encabeza el Movimiento Antorchista para exigir que el gobierno implemente un plan nacional de apoyo alimentario para los sectores que durante la contingencia por el COVID-19 han quedado más desprotegidos, sin embargo, esta lucha no ha tenido eco en los oídos de los mandatarios y el hambre, las deudas y la incertidumbre por el futuro siguen creciendo.









