El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Pavorreales y condenados

Miguel Ángel Martínez Barradas

Mujeres que aman a sus hijos. Mujeres que dan la vida por ellos. Mujeres que los subliman. Mujeres que no desean tenerlos. Mujeres que sin buscarlo los engendran. Mujeres que los desprecian. Mujeres que los odian. Mujeres que los matan. La maternidad, como fenómeno natural, es real, pero como gratificación vital es artificial. El instinto materno existe en cuanto a proyecto social, mas no como una condición innata de la mujer que pare al mundo a un infante. Por eso hay hijos amados y malqueridos. Madres satisfechas y mujeres avergonzadas. Desde la virginal María que por anunciación del arcángel Gabriel recibe la noticia de su progenie; hasta los suicidios de las amantes y madres Bovary y Karenina, la literatura nos da testimonio de madres que vieron en sus hijos el resplandor de los sagrado o la hondura de las tinieblas.

Del primer grupo de madres, es decir, de aquellas que llevan en su vientre la oportunidad de redención (no sólo personal, sino, universal) Giovanni Boccaccio, en su “Trattatello in laude di Dante”, habla así de Bella y de un sueño en la que ella conoció a su hijo: «Le parecía a la gentil mujer en su sueño estar bajo un altísimo laurel, en un verde prado, junto a una clarísima fuente, y allí mismo se veía pariendo un hijo, el cual en brevísimo tiempo, nutriéndose sólo de las bayas que del árbol caían y de las ondas de la clara fuente, le parecía que se convertía en un pastor, y se ingeniaba cuanto podía en conseguir frondas del árbol que le había alimentado; y, cuando así se esforzaba, le parecía verle caer, y al levantarse, no ya como hombre, sino convertido en pavo real le veía. De la cual cosa tan admirada se sintió, que dejó de soñar; no pasó mucho tiempo sin que le llegase el término de su parto, y parió un hijo, al cual, por común consentimiento con el padre de éste. Llamaron con el nombre de Dante».

Dante, el autor de la “Divina Comedia”, fue en el sueño de su madre primero niño, luego pastor y, después de caer y de levantarse, pavo real. ¿No es, acaso, ésta la condición misma del nacido de María, quien en su inevitable camino hacia la cruz fue niño, pastor y encarnación del Verbo que primero cayó y después subió al cielo? Bella y Dante. María y Jesús. Binomio de lo bello y de lo verdadero. El Pavo real, con sus mil ojos, es la omnipresencia de lo Sagrado y por eso Bella fue una madre feliz.

Al segundo grupo de madres, que es el más abundante tanto en la literatura como en el mundo de lo tangible, ya sea porque son asesinas materiales o simbólicas, pertenece Medea, la esposa de Jasón, y que furiosa con la infidelidad que él consumó decide culminar con la vida de sus hijos. En la tragedia escrita por Eurípides, ella habla así: «Amigas, decidido tengo el matar al punto a mis hijos y luego marcharme de esta tierra sin demoras que puedan ponerles en las manos asesinas de aquellos que me odian. Es forzoso que sin remedio mueran; y, puesto que es preciso, yo seré quien les mate, la que vida les di. ¡Ea, corazón, ármate! ¿Por qué vacilo ahora ante este hecho terrible, mas también necesario? ¡Vamos, mano infeliz mía, toma la espada, tómala, a la barrera ve tras la cual está la vida dolorosa! No te ablandes ni pienses que les amabas mucho, que les pariste; al menos en este breve día de ellos olvídate; luego podrás llorar; que, aunque les sacrifiques, les querías; en fin, soy una desdichada.» Ante la amenaza del infanticidio, los dos pequeños niños sólo pueden exclamar: «—¡Ay de mí! ¿Qué haré yo? ¿Cómo escapo a mi madre? —No sé; hermano querido; pues perdidos estamos.»

Madres piadosas, pocas; madres viciosas, muchas. Polos de la maternidad entre los que se multiplican, irracionalmente, otros tantos viciosos y muy pocos, casi ninguno, piadosos. Madre, símbolo de la duplicación, de los espejos encontrados en los que el sueño y el crimen se juntan en un reflejo de forma desigual. ¿Qué vieron los condenados hijos de Medea en las pupilas de su madre cuando ésta, furiosa y armada, se acercó a sus inocentes corazones? ¿Qué vieron los mil ojos del pavorreal dantesco en las cristalinas ondas de la fuente onírica tornasoleada por el bello plumaje? Vislumbraron su origen, a la madre arquetípica que los revistió de carne, que les insufló un alma y los arrojó al sufrimiento mundano.

www.elmundoiluminado.com
miguelmartinezbarradas@gmail.com

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