El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Del Banquete a la Cena

Miguel Ángel Martínez Barradas

Ya sea para celebrar los grandes triunfos sobre la cotidianidad a la que nos enfrentamos incesantemente –como el nacimiento de un bebé, la obtención de un grado escolar, la unión marital de dos amantes, y aún cualquier otra empresa que haya requerido de un esfuerzo casi sobrehumano–, o para apaciguar las profundas tristezas que inevitablemente nos aquejan –como el fallecimiento de algún ser querido, la pérdida de un empleo, o la ruptura de dos almas que se juraron eternidad en el altar–, los seres humanos nos reunimos con quienes estimamos en torno a una mesa con alimentos y bebidas cuya abundancia dependerá de las posibilidades del anfitrión. La comida es parte de nuestra cultura y más allá de ser simples alimentos son símbolos cargados de creencias místicas y de valores morales. La mesa servida es un símbolo de la cultura que podríamos resumir en una palabra: amistad. ¿Y es que acaso hay algo mejor que reunirnos con nuestros más allegados para buscar afecto y consolación por el inexorable paso del tiempo? Aniversarios natales y luctuosos requieren de una mesa dispuesta para cobrar un sentido trascendente, pues nada hay más triste que una mesa, no modesta, sino vacía.

Los alimentos se disfrutan mucho más entre amigos y amantes. Su sabores seducen y se gozan más con un trago de buen alcohol que arde desde los labios y quema hasta el estómago; la comida es un placer que empieza por la vista, sigue por el olfato y continúa por el gusto hasta un estómago que hace espíritu de esta materia. Banquetes como estos todos hemos tenido, pero sin lugar a dudas hay uno en especial que debe de ser recordado por los comensales que lo asistieron, se trata del famosísimo “Banquete” descrito por el filósofo Platón en uno de sus diálogos, y al que llegó como invitado uno de los hombre más sabios de Occidente: Sócrates.

El banquete descrito por Platón está datado alrededor del año cuatrocientos antes de Cristo y ambientado en la casa del poeta Agatón, quien entre sus muchos invitados tiene el honor de contar con el ya mencionado Sócrates. El banquete es rico en alimentos y en vino, y entre los muchos temas en que los ebrios amigos discurren –pues no es novedad que cuando se está ebrio se habla mucho y de todo– es el del amor el que más desencuentros genera, pues mientras que unos ven al amor como un simple deleite del instinto, otros lo miran como el único sentimiento de llevarnos hacia la dimensión más sagrada de la vida. Como es predecible, la opinión de Sócrates es la que más expectativas genera entre los invitados a la reunión, pues el filósofo, a pesar de describirse a sí mismo como un hombre ignorante, es el más lúcido de todos, y no sólo por las ideas con que está nutrido, sino porque es capaz de beber mucho sin embriagarse.

La idea del amor platónico surge en este banquete. Para nosotros el amor platónico es aquel que tenemos hacia alguien inalcanzable y que sólo admiramos lejanamente, sin embargo, el amor platónico no es esto, sino algo más complejo; el amor platónico es aquel amor que se tiene primero por una persona y que gracias al desarrollo espiritual terminará en un amor por la Creación entera. En las descripciones profundas de este tipo de amor, que es el más alto entre los humanos, ocurre el banquete platónico. Su final llega cuando todos, a excepción de Sócrates, han sido vencidos por el vino, y el lector, nosotros, quedamos con la sensación de haber bebido de la misma copa del filósofo.

Un poco menos de quinientos años después, en un cenáculo de Jerusalén, Jesús se reunió con sus discípulos para llevar a cabo un banquete similar, aunque más modesto, al de Agatón. Reunido con sus discípulos y luego de disfrutar del pan y del vino, Jesús dejó a sus discípulos tres lecciones: la eucaristía, la traición y el amor mutuo. ¿En qué se asemejan nuestros banquetes al de Platón y al de Jesús? ¿Acaso nosotros no nos reunimos para celebrar a la vida (Sócrates) y a la muerte (Jesús) rodeados de alimentos? Dejó asentado Sócrates que el amor es el único medio para admirar al universo entero y Jesús perpetuó la sapiencia del filósofo cuando nos legó su sentencia: «Amaos los unos a los otros».

Para el filósofo y para el dios encarnado el camino es el mismo: el amor, y la manifestación de éste la encontramos en los más grandes convites de Occidente: el Banquete de Platón y la Última Cena de Cristo. Amar es comer y beber con quienes tenemos en alta estima, y en esto tanto Platón como Jesús imitan al Eclesiastés, escrito supuestamente por Salomón en el año mil antes de nuestra era y del que vale la pena citar lo siguiente: «No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma vea el bien de su trabajo. He aquí pues el bien que yo he visto: Que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado. Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón: porque tus obras ya son agradables á Dios.»

Las sentencias más conocidas del Eclesiastés son: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», y «No hay nada nuevo bajo el sol», sin embargo, las anteriores referencias nos muestran que para Salomón, a pesar de la aparente insignificancia de la vida humana, lo único valioso es compartir la mesa con quienes amamos, con quienes nos acompañan en nuestro día a día, y es que no puede ser de otra manera, pues la palabra “compañero” nos viene del latín y significa «compartir el mismo pan», ¿y en dónde se comparte este pan?, en el comedor, palabra que poéticamente se llegó a explicar como «comer con el otro».

Comer y beber es algo más que alimentarse, es revivir los mitos del amor pagano y cristiano que hoy nos forman como individuos. En todo banquete se esconde un sacrificio que hacemos por el otro a quien amamos, pero en la misma mesa, también, reside un secreto cuchillo de quien, por unas monedas, habrá de traicionarnos. En la copa ha sido vertido el misterio.

www.elmundoiluminado.com
miguelmartinezbarradas@gmail.com

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