El Heraldo de Puebla

Tú, Yo y el Rayo

No te vayas profesor, aquí te amamos

Jesús Ramos

En Acatlán de Pérez habría de ocurrir un suceso inesperado, uno que alteraría la vida del profesor José Luis, su rutina diaria, sus actividades docentes. Un episodio que habría de maldecir por el resto de su vida y que lo alejaría definitivamente de las aulas.

En los primeros días de noviembre, el fotógrafo Toribio Terrones, del Diario de Córdoba, logró captar a Tomasín Victorero durante el asalto al ingenio azucarero de La Margarita en el pueblo del mismo nombre; fue suerte o cosa del demonio, pero el profesional de la lente estuvo en el lugar preciso y en el momento justo en que ocurrió el robo.

Un sujeto bajo de estatura, con una carabina al hombro y dos pistolas clavadas a la cintura, al frente de dos docenas de pistoleros fue señalado a ocho columnas como el bandido más famoso del momento. Era el maestro José Luis, sin lentes, arqueando la ceja y en plan de mafioso.

El fotógrafo tuvo la suerte de ser contratado por los padres de una novia rica, de la región, para captar las fotografías de la boda civil y religiosa con el propósito de que la joven apareciera en la sección cordobesa de sociales. Mas se dio la casualidad que por llegar temprano decidió empujar las manecillas del reloj con una caminata que le gastara tiempo; en eso estaba, cuando escuchó una secuencia de disparos en el interior del ingenio azucarero; se armó de valor para no huir, con la temblorina agitándole los brazos sacó el equipo de la maleta, preparó su cámara y a los pocos segundos apareció por el portón principal una pandilla de ladrones con varios sacos de dinero en las manos, al frente iba José Luis.

El trabajador de la prensa captó la imagen, sin que los asaltantes repararan en su presencia; en un inicio pensó que se trataba de unos rateros de poca monta, pero minutos después supo el tamaño del ladrón. La sonrisa le iluminó el rostro como si hubiera obtenido el premio mayor de la lotería.

A toda prisa fue en busca de los pormenores del asalto y le sorprendió que las víctimas, en lugar de estar enfadadas, se encontraran felices por la visita que les había hecho la leyenda viviente que quitaba a los ricos para dar a los pobres.

El Diario de Córdoba debió editar varios días consecutivos la misma noticia, a ocho columnas, porque la gente en su afán de poseer un ejemplar con la fotografía del afamado Tomasín Victorero agotó los periódicos.

La imagen en la que apareció José Luis armado con la carabina y las pistolas prendidas a la cintura, fue el gran negociazo, pues a pesar de que en esas ediciones el costo del ejemplar aumentó en quinientos por ciento, de todas maneras, fue vendido como pan caliente.

Desde los primeros días de noviembre la fotografía del maleante comenzó a colgarse en las paredes de las casas como los artistas famosos del momento o santos de devoción, no faltó quién le pusiera veladoras en los pedimentos de milagros y de protección de personas en situación de riesgo.

En los patios de los hogares y en los parques públicos comenzó a verse a los niños jugar a ser los Tomasines Victoreros, con carabinas de madera al hombro y horquetas de rama por pistolas, enfrentando a tiros a los soldados del gobierno. De esa manera las autoridades gubernamentales conocieron a la presa y fueron tras ella con cientos de efectivos militares y policías encubiertos de civil, colocaron carteles con la fotografía del bandolero y ofrecieron jugosas recompensas por toda la comarca sin que nadie se atreviera a dar pistas de su ubicación.

Como era de esperarse, igual que en la región, cientos de periódicos fueron adquiridos por personas de Acatlán de Pérez para constatar que, en efecto, el maestro de la escuela Miguel Hidalgo era el mismo sujeto de la foto. La sorpresa fue mayúscula pues todos se enteraron de su verdadera identidad. Sin embargo, el cura y el alcalde fueron los que más se admiraron.

El cura Manuel dobló campanas para llamar a los feligreses a la iglesia en un horario inusual. Con el pueblo reunido en el celestial recinto aconsejó no abrir la boca más de la cuenta cuando fueran a interrogarlos los militares y las gentes del gobierno. Hacía días que el inexpresivo capitán Guadalupe Cruz recorría la apartada serranía en busca del maleante acompañado de su destacamento y por ese motivo se enteró del asunto mucho después.

Para cuando regresó a Acatlán de Pérez a querer apresar al profesor José Luis era demasiado tarde. Ya se había ido. De sus pertenencias se encargó el pueblo. Las ocultaron varios metros bajo tierra en un sitio imposible de localizar. La rabieta que hizo el capitán Guadalupe Cruz, por tenerlo frente a su nariz y no saberlo, fue tan intensa que aumentó siete grados de calor al de por sí bochornoso Acatlán de Pérez. Se sintió estúpido, burlado, no era para menos. Con malos modos, arbitrario y prepotente, interrogó a medio pueblo queriendo conseguir pistas que lo llevaran al maestro, pero lo único que obtuvo fue la misma respuesta repetida en voces femeninas y masculinas:

–No sabíamos quién era.

Y de ahí no los sacó. La presencia militar se triplicó y el maestro fue buscado hasta debajo de las rocas como víbora ponzoñosa, no hubo un palmo de terreno, ni rincón, ni centímetro donde los ojos milicianos no olfatearan la posibilidad de rastro. Todo fue removido, tierra, aire, agua y cielo, y del maestro ni sus pasos, ni una huella.

Antes de que el enjambre de militares, a las órdenes del capitán Guadalupe Cruz abandonara definitivamente Acatlán de Pérez, José Luis regresó disfrazado de anciana a jugar la última partida de dominó en compañía de sus amigos el cura, el alcalde y el jefe de ferrocarril.

Lo hizo para despedirse, para decirles el sitio donde podían localizarlo y para agradecer el tiempo que lo cobijaron. Con el tendero hizo lo mismo, por las facilidades de la cabañita donde se hospedó y las despensas que le obsequió mientras dio clases. Esa noche durmió en la casa del alcalde; al día siguiente, antes de que se fuera en la primera corrida del tren, llegó un grupo de padres de familia y de alumnos a expresarle su gratitud. Le entregaron algunos obsequios y recuerdos.

Las noticias que de él tendrían de ahí en adelante llegarían a Acatlán de Pérez a través de los periódicos, porque descubierta su identidad comenzó a dar entrevistas ocultas y condicionadas a reporteros locales para desmentir los inventos de guerrilla y derrocamiento de la presidencia del país que el gobierno había ideado para desprestigiar su causa en favor de los pobres. Así fue como se supo lo falso y verdadero de su historia.

Continuó asaltando ya no sólo a los bancos y a los ingenios azucareros sino a los ricos de la región con giros empresariales diversos para repartir el botín con los descamisados. Las autoridades gubernamentales creyeron que José Luis, alias Tomasín Victorero, se ocultaría, andaría a salto de mata, pero no fue así, además de las entrevistas que concedía a contados reporteros, se volvió común que la gente lo viera en restaurantes de Córdoba, Veracruz y Tierra Blanca, en salones de baile, fiestas de pueblo y tomando café las tardes de verano en El Gran Café Parroquia del puerto jarocho. Un día, se lo tragó la tierra, no se supo más de él.

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