El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Equinoccio de azúcar

Miguel Ángel Martínez Barradas

Todo está bien, todo es perfecto, mas nuestro orgullo, nuestro afán por hacer al mundo a nuestra imagen y semejanza, nos impide verlo. La vida, la Creación en sí misma, es una vasta cadena cuyos eslabones dependen uno del otro para ser, para cumplir con su misión. Ninguno por encima de nadie, los eslabones tan sólo están, existen, y son imprescindibles. ¿Hay dolor en nuestras vidas? ¿Se nos ha presentado el sufrimiento? ¿El enojo nos contamina? Asumamos nuestro lugar y el dolor se irá. Abandonemos la idea de destacar, y el sufrimiento no será ni siquiera un recuerdo. Amemos lo que nos ha sido dado, y la furia se irá como el aire que ahora exhalamos. Todo está bien, todo es perfecto. El mundo es como debe de ser.

Repetición. ¿Repetición? No hay nada nuevo bajo el sol. ¿No hay nada nuevo bajo el sol? Cierto. ¿Cierto? El cosmos no es caos porque funciona cíclicamente, y en donde hay un ciclo existe un orden. Ha llegado el otoño. Quien tiene ojos se percató de ello, y no sólo porque hoy la piel se nos ha comenzado contraer con el frío, sino porque el equinoccio ha ocurrido. Por última vez en este año el día y la noche tuvieron la misma duración y ahora todo avanza hacia la negrura de la noche. Los días se acortan y las noches se prolongan hacia una oscuridad tan profunda como el desconocimiento que tenemos de nosotros mismos, hacia una oscuridad en la que la semilla de la esperanza una vez más es sembrada con la promesa de germinar hasta el siguiente equinoccio, el de primavera. ¿Qué haremos mientras tanto en esta larga noche?

Todo está bien, todo es perfecto, la muerte es ilusioria. Los filósofos griegos lo dijeron de muchas maneras, pero en esta frialdad otoñal la filosofía no hará sino calarnos los huesos más de lo que ya tiritan ahora, por eso es mejor acercarnos al ardor de la poesía, a una cuya esencia es la filosofía, pero su máscara es más humana, esta poesía reveladora es la de Alexander Pope, quien en el siglo XVIII escribió su insuperable “Ensayo sobre el hombre” y que consiste en una serie de cuatro epístolas en la que se nos explican, como lo dice uno de sus traductores al español, nuestros deberes para con «el universo, consigo mismo, con la sociedad de que es parte, y con la felicidad á que está destinado». Pero no nos confundamos, las epístolas lo son sólo de nombre, pues en realidad el texto de Pope es un largo y entusiasta poema en el que se explica que las coincidencias son ilusiorias y que todos formamos parte de una maquinaria perfecta.

Escuchemos los primeros versos de la epístola uno: «Despierta, amigo; y generoso deja las necias esperanzas y los caprichos de la ambición. El soplo de la vida apenas nos permite observar que somos polvo que se extingue después. –¡Qué laberinto! –exclamas, mas no pienses que carece de plan. Recorrámoslo, pues. Seguir tu clara voz, Naturaleza, es nuestro fin: pues en ti se enardece lo Sagrado.» Maravillosos versos son los de Pope, quien desde la primera palabra nos muestra el sentido revelador de su poema: «¡Despierta!». ¿En qué momento nos quedamos dormidos?, en el mismo en que necios izamos la bandera del orgullo. Lo sagrado, dice Pope, tiene por cuerpo a la naturaleza y por alma a Dios.

Lo que este poeta nos propone es que si somos piezas de un engranaje perfecto es porque, invisible, hay suspendida una escala natural, una cadena del ser que en su punto más alto, y que es infinito, está la Inteligencia Suprema, y en el más bajo, también infinito y no por eso de menor valía, pues también en ello hay voluntad divina, están las pequeñas partículas que nos conforman. Los versos que nos hablan de la cadena cantan así: «El principio de la cadena es Dios: siguen ángeles, hombres, bestias, aves, peces, insectos. ¡Qué intervalo del infinito a ti, de ti a la nada! Si al lugar de los seres superiores tú aspiraras, al tuyo aspirarían los seres inferiores, y un vacío habría en la Creación, donde si quitas una grada, la escala se destruye; y roto un eslabón de la cadena, la cadena también toda se rompe».

El otoño ha llegado y fue el equinoccio la manera en que se nos presentó. ¿Este inmenso sol que por segunda vez en el año nos regaló un día tan duradero como la noche qué lugar ocupa en la infinita cadena del ser? ¿Será que nosotros estamos cerca de los eslabones superiores o por nuestro orgullo pertenecemos a los inferiores? La soberbia seguramente nos dirá que estamos a la mitad, pero lo cierto, y lo refuerza Pope, es que al universo y a la Creación misma nos es imposible comprenderla, por lo que sólo nos queda admirarla en su perfección para ser felices; como las flores que cada mañana se abren a la luz, como el agua de los ríos que sin resistencia ni prisa avanza hacia su extinción en el mar, así habremos también nosotros de marchar hasta que nuestro corazón, cansado, se detenga. Continúa el poema: «Es la naturaleza con sus obras un arte para ti desconocido; lo que llamas fortuna es el efecto de un gran designio, cuyo fin ignoras».

El poema es extenso, y el tiempo se nos agota, leamos su final: «a pesar del orgullo, y en despecho de la razón ilusa, cuanto existe, todo está bien aquí, todo es perfecto». Difícil será para un corazón orgulloso aceptar las palabras de Pope, pero no son sólo sus palabras, también es la infinita cadena del ser que una vez más nos da una lección: ahora mismo por la ventana abierta de una cocina, una confundida abeja se acerca hacia unos granos de azúcar regados en la mesa, ella no es consciente de la Cadena, pero la siente, la sigue con su instinto y se posa sobre los diminutos granos de azúcar que, como si fueran astros, se asemejan a nuestro sol que recientemente dio paso al otoño con el equinoccio. Nuestra abeja, también tiene en su cola luz y sombra, lame fatigada los pequeños granos en cuya superficie, diminutos, nosotros estamos, viendo a una abeja todavía más microscópica que la que está en la mesa, pues todo, hacia lo macro y lo micro, no es más que un reflejo de la Naturaleza dictando sus designios y nosotros, como abejas, alimentándonos de un sol de dulce, y contemplando un equinoccio de azúcar. Todo es perfecto, todo está bien.


www.elmundoiluminado.com

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