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El mundo iluminado

Por Redacción
19 noviembre, 2020
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El mundo iluminado

Miguel Ángel Martínez Barradas

¿Podríamos afirmar que somos libres? Nuestras necesidades básicas de alimentación, vestido y refugio están, en su mayoría, satisfechas. Medianamente, podríamos decir lo mismo de aquellas de orden social como la educación, la salud e, incluso, el esparcimiento. Cada vez estamos más cerca de decir que nada de lo indispensable nos falta, ¿pero tener lo necesario es un acto de libertad? La pregunta es pertinente si consideramos que nuestra posibilidad de elegir depende por entero de lo que el estado nos ofrece, es decir, los alimentos que compramos, la ropa que vestimos, el empleo en el que nos desempeñamos y aún el entretenimiento al que nos entregamos para relajarnos fueron antes elegidos por el estado como opciones viables para nosotros, por lo que todo aquello que esté fuera del limitado abanico de opciones no está permitido. ¿Podríamos afirmar, entonces, que somos libres cuando, sutilmente, se nos está obligando a elegir, cuando se nos está diciendo cómo vestir, qué comer, o cómo divertirnos?

La reflexión sobre la libertad, pero desde la pérdida de la misma es tratada en un cuento de Chéjov aparentemente insignificante, hasta que comenzamos a cavar en sus ideas. “La apuesta” es su título y la trama inicia a partir de la siguiente pregunta: ¿es la pena de muerte mejor o peor que la cadena perpetua? La interrogante surge en una fiesta convocada por un exitoso banquero y a la que concurren sabios, científicos y artistas de todo tipo. Entre las primeras afirmaciones relevantes están: «La ejecución mata de golpe, mientras la reclusión perpetua lo hace poco a poco. ¿Qué verdugo es más humano, el que acaba con ustedes en unos minutos o el que les va arrancando la vida en el transcurso de varios años? […] –Uno y otro supuesto son igualmente inmorales, puesto que persiguen un único y mismo fin: privar de la vida. El Estado no es Dios. No tiene derecho a quitar lo que, en caso de quererlo, no podría restituir». El debate continuó de manera acalorada hasta que un joven abogado dijo: «Cualquier forma de vida es mejor que la muerte». El banquero, inconforme con la aseveración del abogado, le apostó dos millones a que no podría soportar cinco años de confinamiento, pero el abogado no sólo aceptó la apuesta, sino que le dijo que soportaría, incluso, quince años.

La inesperada –¿y ridícula?– apuesta le ofrecería como espacio de reclusión al abogado un pabellón erigido en el inmenso jardín del banquero. En esa celda el abogado estaría privado de todo contacto humano, sin embargo, se le permitiría la lectura, la escritura, la música y, de vez en vez, vino y tabaco. En el primer año de reclusión, el abogado, sufrió los embates de la soledad y el tedio, entregándose, mayormente, a tocar viejo piano y a leer novelas frívolas. El segundo año abandonó la música. El quinto año volvió al piano, se entregó al vino y a hablar largamente consigo mismo, abandonó la lectura y abrazó al sueño. Del sexto al décimo año, leyó tanto que aprendió idiomas, y en una carta al banquero le dijo: «Los genios de todos los siglos y países hablan en distintas lenguas, pero en todos ellos arde la misma llama. ¡Ah, si supiera usted la celestial felicidad que embarga ahora mi alma al poder comprenderlos!». A partir del décimo año, el abogado leyó únicamente los evangelios y volúmenes de teología de toda religión. Los últimos dos años del confinamiento, sus lecturas se generalizaron a todos los temas posibles.

La madrugada anterior al cumplimiento de los quince años de reclusión, el abogado no era el mismo que cuando entró a la celda por primera vez, pero tampoco el banquero, quien con insomnio se repetía: «Mañana a las doce recobrará la libertad. Según el acuerdo, tendré que pagarle dos millones. Si lo hago, todo estará perdido: me quedaré completamente arruinado…». Chéjov da un giro a su relato e introduce en el banquero la idea de asesinar al abogado. A las tres de la madrugada, el banquero se introdujo en la celda, el abogado dormía y su semblante era el de un esqueleto con pellejos. Sobre su mesa había una nota que decía así: «Mañana a las doce recobraré la libertad, pero antes de abandonar esta habitación considero indispensable decirle algunas palabras. Con la conciencia tranquila y ante Dios, que me está viendo, declaro que desprecio la libertad, la vida, la salud y todo lo que en vuestros libros se denomina «bienes de este mundo […] Durante quince años he estudiado la vida terrenal […] Los libros me concedieron la sabiduría […] Y desprecio sus libros, desprecio todos los bienes del mundo y la sabiduría. Todo es insignificante, perecedero, ilusorio y engañoso como un espejismo […] Ustedes han perdido la razón y no siguen el buen camino. Toman la mentira por verdad y la fealdad por belleza […] Para demostrarles el desprecio que siento por su vida, renuncio a los dos millones con los que antaño soñé como si fueran el paraíso y que ahora desdeño; saldré de aquí cinco horas antes del plazo establecido, rompiendo de ese modo nuestro convenio…»

Chéjov concluye el relato con la huída del abogado, y el banquero ganando la apuesta y conservando su dinero. ¿Pero es que realmente ganó el banquero? ¿Fue el confinamiento más pernicioso que la sentencia de muerte? ¿Cuál de los dos hombres era libre y cuál era un prisionero? El espacio no determina el estado de libertad, es el ánimo de espíritu con que se mira al mundo. Es posible notar cómo la vida del abogado, en los quince años de prisión, iba espiritualmente en ascenso, mientras que la del banquero, que poseía bienes y movimiento, marchaba hacia su decadencia. El abogado, en su paradójico encierro, se transformó en un hombre libre, mientras que el banquero tan sólo agudizó el vicio que desde un principio lo constituía: el de la avaricia y, por ende, el de la ignorancia.

¿Podríamos afirmar que somos libres? La vida del abogado fue un vaivén entre el vicio y la virtud hasta que alcanzó el punto medio. ¿Cómo vivimos nosotros nuestro encierro? ¿A cuál de los dos personajes nos asemejamos más? ¿Se ha vuelto nuestro encierro un pretexto para no ejercer nuestra libertad? La moneda está en el aire, es una apuesta de vida o muerte.

www.elmundoiluminado.com
Etiquetas: El mundo iluminadoMiguel Ángel Martínez BarradasUna apuesta de vida o muerte
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