Carolina Gómez Macfarland
“Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. VIKTOR FRANKL.
En estos tiempos difíciles, donde el dolor se respira y con justa razón, parece también, que la victimez se apodera de nuestras vidas. La conmiseración y la poca capacidad de ver las posibilidades de aprender o sobresalir ante situaciones difíciles, y sobre todo, la queja, echan raíces y se quedan.
Sin embargo, el ser humano es mucho más que eso, posee herramientas que pueden ayudarle en el proceso de asimilación y recuperación ante eventos complicados. Pero el problema está, en que no siempre sabe qué hacer con ellas.
Y esta capacidad de reestructurar nuestros recursos psicológicos en función de las nuevas circunstancias, eventos traumáticos y de nuestras necesidades, es a lo que se le llama RESILIENCIA.
Su definición se amplía en todas las áreas donde la vida existe, en la ecología, por ejemplo, vemos esta capacidad de las comunidades y ecosistemas de absorber perturbaciones sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad, pudiendo regresar a su estado original una vez que la tormenta ha terminado.
El ser humano no puede vivir su sueño de estar feliz por siempre y para siempre. Y esto le genera dolor, pues hay acontecimientos dolorosos, como la muerte de alguien cercano, una enfermedad, la pérdida del empleo, la separación de pareja, entre otras experiencias, que producen un estado de incomodidad, malestar y sufrimiento y que no está en sus manos controlar. Sin embargo, sí hay posibilidades de que se recupere y aprenda.
Actualmente vivimos una cultura de placer, donde pareciera que el dolor es algo que se deba eliminar, como si fuera una maldición. Un pellizquito de realidad parece una tormenta en la vida de muchas personas. El significado del sufrimiento es inflexible, no debe existir, porque la vida está hecha para disfrutarse.
Y si está hecha para disfrutar, entonces qué pasa. Lo cierto es que no sabemos cómo hacerlo, pues también se disfruta aprendiendo y observando cómo todo toma su sentido y un lugar, y entonces podemos obtener satisfacción, sea una experiencia placentera o no.
El problema hoy en día, es que la paciencia y la tolerancia se desdibujan en nuestro vocabulario, por lo tanto, lo hacen en nuestro actuar cotidiano. Deseando con frecuencia que todo se resuelva de inmediato y de la manera en que nosotros queremos, y no se diga para nuestra descendencia, tras la creencia absurda de que nuestros hijos deben tener lo que nosotros no tuvimos y que todo debe ser felicidad para ellos. Pero esto puede ser peligroso, tanto porque no sabemos con claridad lo que realmente nos hizo falta, como porque tampoco sabemos si son las necesidades de nuestros hijos, con una historia diferente a la nuestra.
Vivimos muchas experiencias las 24 horas del día por todos los días de nuestras vidas, y sería imposible que obtuviéramos sensaciones relajadas y placenteras todo el tiempo.
Y entonces ¿qué podemos hacer?
En primer lugar, minimizar la creencia de que el hombre debe forzosamente estar alegre en cada momento. Que está prohibido sufrir y que, si es así, entonces está fuera del resto de la manada, o que todo lo que hace, está mal.
Es preciso entender que, para madurar, para crecer y convertirnos en aquella persona que tanto anhelamos, es necesario librar batallas, modificar creencias, modificar acciones, aprender nuevas formas de responder ante la vida, y todo esto, duele.
Mas no se trata de sufrir solo por sufrir, no se trata de justificar cada drama, se trata de tener claro que se sufre mientras se recorre el camino trazado para cumplir con nuestra misión, que se encuentra un sentido en el dolor y que, gracias a él, podemos estar más atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, para revisar y corregir lo que se necesita cambiar.
Por eso, ser resiliente, no solo implica ser capaz de sobreponerse a las adversidades que nos toca vivir, sino ir un paso más allá, y utilizar estas circunstancias para crecer y desarrollar nuestro potencial.
No es una cuestión genética. Las personas resilientes no nacen, se hacen. Aprenden, trabajan y se esfuerzan, aceptan la realidad tal y como es, tienen la creencia de que la vida tiene sentido y una inalterable capacidad para mejorar, y sobre todo, mucha fe en si mismos.
Y aunque todo esto lleva su tiempo, con toda seguridad, todos podemos ser resilientes, pues el ser humano está perfectamente diseñado para manejar situaciones dolorosas, equipado con todas las herramientas necesarias para lograrlo. Solo necesitamos identificarlas y aprender a usarlas como debe ser. Que tal, ¿se animan?
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL, Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.
¡MUCHAS FELICIDADES!!!










