El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Trabajar para tener. A veces a costa de otros, pero pobres y ricos trabajan. Hay un sentido en ello, obtener algún bien, necesario o artificial, no importa, pero el sentido está. La palabra trabajo suele relacionarse con el latín ‘tripaliare’ que significa tres palos, pues tres eran los que se necesitaban para armar una estructura en la que se torturaba a los esclavos, a los peones, a la mano de obra. Quizás por ello es que a veces el trabajo lo sentimos como una tortura, como un castigo, como una labor de sufrimiento necesaria para la subsistencia y para la obtención del bien que anhelamos.

El trabajo adquiere sentido cuando le atribuimos un objetivo, pero como nuestras falsas necesidades son muchas, tan pronto como obtenemos el bien preciado inmediatamente colocamos otro en la mira, olvidando así el primero y corriendo hacia el segundo. Trabajar y trabajar y la vida se nos va en eso hasta que, si fuimos favorecidos, si nos esforzamos lo suficiente, llega un momento en el que ya no tenemos que trabajar, ya no es necesario desvestirse en el tripallium, sino sólo esperar cada mes por un dinero que nos hemos ganado y que será seguro y constante hasta nuestra muerte.

Cuántos no ansían merecer una pensión cuando su adultez es madura y un tanto envejecida, pero todavía funcional, sin embargo, cuántos también de los que han sido coronados con la ansiada pensión no se han reducido rápidamente a ser un saco de huesos incapaz de valerse por sí mismo, y es que si bien el trabajo puede llegar a ser un martirio, posee la virtud de otorgarnos un objetivo por el cual despertarnos cada mañana para hacer algo. Todos conocemos a alguien que envejeció, enfermó y murió tan pronto como se entregó a la vida del retiro, pero que mientras trabajaba destellaba por su fuerza, ánimo y entereza.

No es que tener una pensión sea inconveniente, lo que pasa es que muchas veces uno se equivoca en sus objetivos, en sus metas, en su plan de vida y concibe al abandono del trabajo como una finalidad, por lo que una vez conseguida no hay nada más que hacer. En este sentido, lo que verdaderamente nos envenena hasta la muerte es el ocio, el vivir sin metas, sin un curso por el cual encaminar nuestros pasos. Todo en la naturaleza tiene un propósito: el sol escala el cielo para iluminar; la vegetación se abre a la fotosíntesis; los animales enriquecen los ciclos vitales con su nacimiento y descomposición; el que vive para el ocio, sólo espera a la muerte.

Si alguien nos preguntara por nuestro plan de vida ¿qué responderíamos? El trabajo es tan necesario como el ocio, el problema es que al primero lo confundimos con un empleo y al segundo con el vicio. Trabajar no es necesariamente tener un empleo, y ser ocioso no es precisamente perder el tiempo de incontables maneras. Trabajar es tener objetivos y ser ocioso es hallar espacios, como los antiguos griegos, para contemplar al mundo y conocernos. Sobre el ocio, Michel de Montaigne (siglo XVI) nos dice en sus “Ensayos”: «Vemos los terrenos baldíos poblarse de hierbas espontáneas e inútiles, y que para que produzcan provechosamente es preciso cultivarlos y sembrarlos de determinadas semillas para nuestro servicio. Como estos terrenos baldíos y malas hierbas, algunas personas sólo se reproducen adoptando la apariencia de montones informes de carne. Para que resulte una generación provechosa y natural es necesario depositar en ellas otra semilla, así acontece con los espíritus; si no se los ocupa en labor determinada que los sujete y contraiga se lanzan desordenadamente en el vago campo de las fantasías».

Montaigne veía el ocio como una actividad necesaria, pero que tenía que ser medida, pues «el alma se pierde cuando no tiene un fin establecido, pues como suele decirse, estar en todas partes no es encontrarse en ninguna.» Y es que si de por sí el ser humano tiene una inclinación a no vivir en el presente al pensar enfermizamente en el pasado y en el futuro, es en los espacios de ocio en donde este riesgo se acrecienta: «No estamos nunca concentrados en nosotros mismos, siempre permanecemos más allá: el temor, el deseo, la esperanza nos empujan hacia lo venidero y nos alejan de la consideración de los hechos actuales, para llevarnos a reflexionar sobre lo que acontecerá, a veces hasta después de nuestra vida.»

El ocio, bien encaminado, es tan productivo como el trabajo, pero nuestro mal entendimiento de ambos nos lleva a caer en un grave mal: la procrastinación, es decir, en un deseo irracional por dejar todo para la última hora de mañana, y por eso, añade Montaigne: «Buscamos otras condiciones por no comprender el empleo de las nuestras, y salimos fuera de nosotros, por ignorar lo que dentro pasa.» Ahora, así como no debemos de confundir trabajar con tener un empleo (a veces son diferentes), tampoco pensemos que por mucho trabajar se deja de ser ocioso, pues no es así, y es que si nuestro valioso tiempo se nos va en actividades que enriquezcan (en todos los sentidos) más al otro que a uno mismo, eso será también ocio, pues a fin de cuentas el trabajo del que no obtenemos fruto alguno es inútil y ocioso.

Cerremos con otra magistral afirmación de Montaigne: «Es necesario aprender a sufrir lo que no se puede evitar», y esto es el trabajo, aquello que consumirá nuestras fuerzas, pero que también nos dotará de un sentido para nuestras efímeras vidas. Quizás podríamos distinguir el empleo del trabajo pensando que el primero es el más semejante a la tortura del tripallium, mientras que el segundo es el que nos acerca a un ocio del que sabremos obtener sus ansiados frutos. Aprender a sufrir y encontrar la felicidad en ello es tan posible como necesario si lo que queremos es evitar descubrirnos una noche como un saco de huesos incapaz de valerse por sí mismo, como un estorbo que a la vista de los demás no es más que un montón de carne.

www.elmundoiluminado.com

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