Miguel Ángel Martínez Barradas / El mundo iluminado
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¿Qué es lo que como individuos conforma nuestra personalidad? ¿Por qué cada uno de nosotros es distinto del otro, si, en esencia, somos organismos de la misma especie? ¿Cuál es la razón por la que la existencia ha sido enriquecida con emociones y sentimientos cuando, en términos prácticos, éstos no son indispensables? Semejantes en lo físico, diferentes en lo intangible y esto no es sólo aplicable a la especie humana, pues también los animales y las plantas son distintos entre sí, es decir, no hay dos perros iguales, como tampoco dos águilas, dos peces, dos insectos ni tampoco dos plantas idénticas en sus propiedades físicas como tampoco en aquello intangible e invisible que los hace “ser”. Pero el problema del “ser” es mucho más complejo, pues es aplicable incluso a lo que dista mucho de poseer vida, pues el “ser” también está en las cosas y es por eso que los seres humanos podemos desarrollar un apego muy particular con las cosas, aún cuando haya millones en apariencia semejante; por ejemplo, pensemos en un objeto cualquiera que poseamos y que nos haya sido regalado por alguien que estimamos, sin importar que hayan millones de objetos como el nuestro, el hecho de que nos haya sido obsequiado ya lo ubica en una categoría del “ser” diferente y así nuestra relación de apego con respecto al objeto cambia. En resumen, todo es igual hasta que un elemento de identidad le da al objeto, a la planta, al animal o a la persona un rasgo único e intransferible.
El problema del ser es tratado por el filósofo Plutarco (siglo I de nuestra era) en su texto dedicado al mito de Teseo. Plutarco aborda la cuestión del “ser” brevemente, sin embargo, la complejidad del tema es tal que nos permite una larga e irresoluble reflexión en torno a ésta. Veamos, en ‘Vidas paralelas’, Libro I, Capítulo XXIII, nos dice: «La nave de treinta remos en que navegó Teseo la conservaron los atenienses hasta edades muy avanzadas, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva para mantenerla en buen estado; de manera que esto motivó a los filósofos a preguntarse si la nave de Teseo continuaba siendo la misma o si, por el contrario, el hecho de haber cambiado todas o algunas de sus partes era motivo suficiente para considerarla diferente.»
El anterior pasaje es hoy conocido en filosofía como la “paradoja de Teseo” y tiene relación con lo que nos preguntábamos al inicio de estas ideas: Qué es lo que le da a las cosas y a los organismos su capacidad de “ser”, es decir, de adquirir una identidad propia. Apliquemos la paradoja no ya en nuestros objetos, en nuestras mascotas o en nuestros conocidos, sino en nosotros mismos: ¿si dejamos de vestir la ropa que nos gusta, seguiremos siendo los mismos?, ¿si un día nos quedamos mudos, o ciegos, o sordos, seguiremos siendo los mismos?, ¿o, en un caso extremo, si perdemos nuestros dedos, manos, pies o alguna de nuestras extremidades y son reemplazadas éstas con prótesis seguiremos siendo los mismos? Si la respuesta a las anteriores preguntas es un “sí” rotundo vale la pena que nos preguntemos: ¿Qué es lo que nos hace ser?
Antes que Plutarco, el filósofo naturalista Heráclito ya había obtenido fama por su icónica sentencia que dice que «nadie se baña dos veces en el mismo río», la cual está también emparentada con la idea del “ser”, y es que cuando Heráclito habla del río lo que quiere decirnos es que por el hecho de que éste se encuentra en movimiento el agua nunca es la misma (como tampoco el tiempo o instante en el que nos sumergimos); sí, es cierto que el torrente en apariencia siempre es el mismo, pues no varía su espacio, su lugar, ni su forma, pero, en términos estrictos, el agua que pasa frente a nuestros ojos es siempre distinta por lo que aunque podríamos introducirnos en un torrente que a primera vista nunca cambia, lo cierto es que el río en el cual podríamos sumergirnos sería siempre nuevo. El problema es complejo porque si admitimos que el río nunca es el mismo por el hecho de su continuo movimiento, podríamos, en el último de los casos, decir que el río nunca “es”. Por último, si decimos que el río, a pesar de su movimiento y de su constante cambiar de las gotas que lo componen, es siempre el mismo, volvamos a preguntarnos: ¿qué es lo que hace al “ser?
Plutarco plantea la paradoja de Teseo, pero nunca nos da su respuesta, tan sólo deja la moneda en el aire para que otros curiosos se aventuren a responderla. ¿Si los maderos del barco se cambian, el barco sigue siendo el mismo? ¿Y nosotros, si perdemos nuestros miembros y los sustituimos con prótesis, seguimos siendo los mismos? Los avances médicos nos han permitido saber que las células que nos conforman son sustituidas por completo (excepto las oculares y neuronales) en un plazo aproximado de diez años. Del total de nuestras células, algunas son reemplazadas en un par de días, otras viven apenas una semana, algunas más duran meses, pero al final todas nuestras células mueren y son reemplazadas, entonces, ¿si nuestro cuerpo, en términos generales, es renovado celularmente cada diez años, seguimos siendo los mismos? ¿Es que acaso no somos nuestro cuerpo? ¿En dónde se alberga aquello que nos hace “ser”, en la consciencia? ¿Si somos algo más que un cuerpo, qué somos?
Pensemos ahora en nuestra edad biológica y calculemos el número de décadas que hemos vivido, el resultado será igual al número de veces que nuestro cuerpo se ha regenerado por completo. La carne crece, se ensancha, muere y es asimilada por nuestro mismo organismo y, a pesar de ello, seguimos siendo los mismos. El río no es río sólo por el agua y nosotros “somos” por algo más que cuerpo. ¿Somos un alma aprisionada? ¿Una consciencia fugaz y accidental? ¿En dónde radica el “ser” de las cosas y de los organismos? Uno a uno los maderos de la nave de Teseo son reemplazados, pero el barco permanece; una a una las gotas del río de Heráclito avanzan en el torrente hasta desaparecer; una a una nuestras células mueren y son sustituidas por otras y nosotros nos preguntarnos: ¿quiénes somos?









