El Mundial dejó de ser una fiesta popular para convertirse en un fenómeno mediático, político y comercial de escala global. Su evolución la discutíamos la semana pasa pasada, cuando el fútbol mexicano jugó sus partidos más decisivos no en la cancha, sino en las oficinas de los organizadores. Hoy, ante el despliegue monumental y las polémicas del México–Estados Unidos–Canadá 2026, resulta imposible no mirar hacia ese “México 86”, el evento que lo inició todo como lo conocemos.
El recuerdo del torneo de hace 40 años no surge únicamente como ejercicio de nostalgia. Ha servido para contrastar cómo una fiesta que se vivía a escala humana y con el corazón en la mano, se transformó uno de los mayores engranajes de la industria del entretenimiento. Aquella justa del 86 quedó grabada en el alma de muchos por su mística artesanal, el calor de las tribunas y la sensación de un torneo que —aunque lleno de clausulas que por primera vez lo convertían en un negocio completo— aún se sentía que le pertenecía al pueblo.
Cuarenta años después, el torneo regresa a Norteamérica, pero las reglas del juego —y las de la sociedad que lo consume— han cambiado para siempre. Entre polémicas sociales y políticas tanto nacionales como internacionales: marchas, tensión entre naciones, debates migratorios y las cuestionadas decisiones del presidente de los Estados Unidos Donald Trump, el Mundial se ha convertido en mucho más que futbol. Como ocurre con gran parte del deporte moderno, importa tanto lo que sucede alrededor del balón como lo que ocurre dentro de la cancha. El torneo impacta más que nunca, por la política, por la música, por la moda; para bien y para mal, pero cada vez menos por sus partidos.
La ceremonia de inauguración en el Estadio Azteca —hace una semana— intentó invocar el espíritu de la fiesta mundialista con Shakira enfundada en un vibrante vestido amarillo y blanco de OFF WHITE, en busca de revalidar su título como la reina de los himnos mundialistas al ritmo de “Dai Dai”. Los tempraneros dobletes de Erling Haaland o Kylian Mbappé, y por supuesto el ya histórico primer hat-trick mundialista hecho por Lionel Messi, parecen reunir todos los ingredientes para un arranque histórico.
Sin embargo, en la era del algoritmo, la sospecha cotiza más alto que la emoción y las redes se vuelcan en debatir teorías conspirativas sobre si la colombiana había usado una doble en el escenario; en las cuestionadas decisiones arbitrales hacia las estrellas de los encuentros, que nos dejan pensando que tanto el espectáculo se vuelve una novela guionizada. Si en el 86 la polémica era un gol con la mano que se convertía en folclore, en el 2026 lo es la desconfianza digital, el filtro que todo lo cuestiona y la necesidad casi neurótica de buscar el truco detrás del telón.
Quizá la saturación digital explique parte de este fenómeno. México 86, Francia 98 o Sudáfrica 2010 permanecen en la memoria como experiencias compartidas y cercanas. Hoy el Mundial es un ecosistema gigantesco pero más individual: 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones. La identidad local y la calidez de un pueblo se diluyen entre aeropuertos, husos horarios y una producción diseñada para alimentar pantallas personales con creadores de contenido como asistentes que saben mucho menos del encuentro que yo de álgebra, pero aun así venden la idea de un producto perfecto e incuestionable.
Los pocos días que llevamos de torneo han bastado para confirmar este vibrante claroscuro. Por un lado y a pesar de las limitantes, la respuesta de la gente en las calles es innegable; las aficiones debutantes como Cabo Verde inyectan frescura y un colorido espectacular que sostiene el barco. Pero tras bambalinas, las grietas del negocio son evidentes. El debate del sportswashing y los duros contrastes sociales en las fronteras conviven a diario con el fervor de los estadios llenos; el pueblo sin acceso a la mayoría de partidos con boletos a precios exorbitantes, casi como si no nos quisieran en nuestra propia fiesta. Los tropiezos logísticos rompen el espíritu competitivo, como las denuncias de la selección de Irán, cuyos jugadores terminaron atrapados en trámites burocráticos antes de su debut. Todo es reflejo crudo de que la geopolítica hoy pesa tanto como la estrategia en la pizarra.
El Mundial de 2026 ha vuelto a redefinir el fútbol. Nos recuerda que este deporte se mide tanto o más por su impacto político y comercial que por lo que ocurre en la cancha. Extrañamos la escala humana y el romanticismo de 1986, pero también comprobamos que hay algo que sigue resistiendo cualquier transformación: la capacidad de miles de personas para olvidar, aunque sea por un instante, todo lo demás cuando la pelota cruza la línea de gol. Quizá ahí sobreviva la esencia de un juego que hace cuarenta años cambió para siempre y cuyo precio —¿será que apenas comenzamos a pagar?—. En un mes estaremos haciendo las cuentas.
Angel Sarmiento
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FOTO: @adidasfootball










