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Desigual e invisible: Los cuidados en el tiempo del coronavirus

Por María Arteaga
8 marzo, 2022
En Análisis
Crecen violencias y caen salarios para mujeres durante la pandemia: Ibero Puebla

A lo largo de la pandemia de COVID-19, las personas han enfrentado diversas problemáticas y se han visto constantemente obligadas a tomar decisiones difíciles todos los días. Además de las pérdidas financieras, situaciones de riesgo por contagios, pérdidas de seres queridos, estrés por situaciones de encierro y demás; para el caso de las mujeres, la crisis generada por la pandemia ha significado un retroceso de más de una década en los avances logrados en materia de participación laboral[1], lo que en suma ha hecho estragos en la autonomía de este colectivo.

A estas alturas es claro el impacto devastador y generalizado de la pandemia en los medios de subsistencia de las mujeres, quienes son las que más han visto afectada su participación en la fuerza laboral remunerada en México, representando el 84 por ciento de quienes salieron de la fuerza laboral entre marzo y abril del 2020[2]. Esto no es de asombrarse si tomamos en cuenta que los sectores laborales más afectados por la crisis son aquellos más feminizados, en especial los servicios. Por su parte, las mujeres con menos recursos, situadas en su mayoría en el empleo informal, con poca o ninguna protección social y laboral, son quienes se han visto afectadas de manera desproporcionada[3].

Podríamos seguir dando giros sobre la serie de cifras que continúan confirmando que muchas de las desigualdades por diferencias de género se han exacerbado a raíz de la pandemia. Pero esta vez, y con motivo del 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, me gustaría ahondar un poco más en la lucha continúa entre el hogar, los cuidados y el trabajo remunerado así como ahondar un poco en una serie de factores para una comprensión más profunda del alcance del trabajo de cuidados de las mujeres.

Entendemos por eltrabajo de cuidados, a simples términos, cómo el trabajo de cuidar a los demás, de asistir a otras personas para satisfacer sus necesidades. También se le conoce como trabajo reproductivo, porque se trata de un trabajo –puede ser pagado o no– que engloba una serie de tareas, servicios y asistencia asociadas con la reproducción de la vida. Los cuidados  –el trabajo reproductivo– son necesarios para el mantenimiento de las estructuras sociales y familiares de las que depende el trabajo productivo. A pesar de su importancia para el bienestar de las personas, el trabajo reproductivo suele quedar fuera de las agendas políticas debido a percepciones erróneas de cómo ajustarlo a las medidas estándar del mercado de trabajo.

Por mucho tiempo, diversas perspectivas han tratado de justificar la distinta participación de hombres y mujeres en los trabajos productivos y reproductivos: desde los enfoques naturalistas que suponen que la división sexual del trabajo es natural o dada debido a la fisiología y el papel de la mujer en la reproducción, hasta las perspectivas de la eficiencia, dónde se argumenta que dicha división del trabajo entre hombres y mujeres está basada en decisiones “racionales” acerca de quién trabaja y quién se encarga de las tareas del hogar[4]. Sin embargo, todas estas ópticas tienden a cometer el error de reforzar la pretendida naturalidad de la división entre géneros, lo que continúa perpetuando las relaciones de poder y desigualdad entre mujeres y hombres.

La asignación de los trabajos de cuidados a las mujeres no es resultado de la inherente “naturaleza” de las mujeres ni de la buena voluntad por parte de las mismas, sino de una larga historia de relaciones de poder y jerarquías de género dentro de la división del trabajo. Nuestra socialización dentro de roles de género han influido fuertemente en la forma en cómo distribuimos las actividades en nuestra sociedad, lo que ha ayudado a continuar fomentando ​​las estructuras que sustentan la división de trabajos por género de generación en generación. Por supuesto que las sociedades han cambiado, y aunque las mujeres han ampliado su participación en el espacio público, debido a los roles de género, las mujeres continúan asociadas como indiscutibles e insustituibles criadoras y cuidadoras del hogar, asumiendo así casi siempre las tareas de crianza y cuidados[5].  

Pese a los últimos cambios en la formación de los hogares y tipos de familias,  incluso hoy en día, en muchos hogares dónde hay mujeres y niñas, son estas las encargadas de llevar a cabo las tareas domésticas, de crianza y cuidado. Sólo por poner un número, de acuerdo a un informe de INMUJERES titulado COVID-19 y su impacto en números desde la perspectiva de género[6],  ​​alrededor del 79.2 por ciento del porcentaje total de mujeres en México ocupan su tiempo en trabajo reproductivo.

Si lo pensamos por el promedio de horas semanales, este mismo informe menciona que las mujeres que realizan cuidados especiales a integrantes del hogar por enfermedad crónica, temporal o discapacidad dedican 26.6 horas. En la misma línea, las mujeres que llevan a cabo cuidados a integrantes del hogar de 0 a 14 años dedican 24.9 horas, mientras que aquellas que llevan a cabo cuidados a integrantes del hogar de 60 y más años dedican  17.7 horas. Lo anterior se resume en que las mujeres en México, incluso previo a la pandemia, destinaban más recursos físicos, emocionales y económicos para el bienestar de la familia y los hogares.

Con el cierre de las escuelas y guarderías, las interrupciones por cuarentenas y las reglas de distanciamiento social; las familias han tenido que buscar una solución para el cuidado de les niñes –junto con su inverso generacional, el cuidado de les ancianes, lo que significa que muchas mujeres nuevamente se han visto obligadas a tomar un papel aún mayor en la esfera doméstica.

Durante décadas, las mujeres mexicanas han enfrentado la disyuntiva de quedarse en casa o participar en el trabajo remunerado. La carga del trabajo doméstico y las disparidades laborales no remuneradas según el género han sido un problema importante mucho antes de la pandemia. Lo que sucede es que este escenario, ha creado circunstancias que se han sumado a la ya existente carga que soportan las mujeres. Por poner un ejemplo más visible, la educación en el hogar, consecuencia de la pandemia, ha sido una responsabilidad que ha recaído en gran medida en las mujeres. Aunque también tenemos otros, tales como la vigilancia de los requisitos de salud e higiene del grupo familiar o la provisión de cuidados de los contagiados por el virus, entre otras cargas más.

Por si fuera poco, además de lo anterior, la pandemia llegó e hizo un agujero más grande en la poca red de seguridad que las mujeres tenían para apoyarse. Con los centros de cuidado infantil y las escuelas cerradas y con las regulaciones de distanciamiento social que limitan los contactos con otros grupos familiares, se ha hecho más difícil que las madres puedan echar mano de otras personas y organizaciones a las que normalmente acudirían en busca de apoyo.  Lo anterior ha creado un ​​escenario intenso dónde las mujeres se ven presionadas a llevar a cabo esfuerzos titánicos por permanecer en la fuerza laboral mientras cuidan y educan a sus hijes en el hogar o en el peor de los casos, muchas no han tenido otra opción que abandonar el mercado laboral y con ello, perder una fuente de ingreso para ellas y sus familias.

La tendencia de las mujeres a abandonar la fuerza laboral para cuidar a sus hijes se ha explicado a menudo como una cuestión de elecciones personales de las mujeres. Sin embargo, no hay que olvidar que “elegir” está determinado no sólo por los valores y predisposiciones individuales, sino también por la realidad actual y los factores objetivos dentro de la vida de cada individuo. ¿Qué clase de elección se puede hacer si socialmente las responsabilidades de crianza y cuidado recaen en un individuo determinado? Más aún, ¿qué clase de elección puede  existir con nulos derechos de maternidad, de escaso acceso a provisión pública de cuidado infantil o de subvenciones para los cuidados?. Ahí donde el cálculo de enviar a los críes a la guardería costaría más de lo que una mujer podría ganar en su trabajo, deja ver que las opciones son muy reducidas sino es que inexistentes.

Por qué seguimos engañándonos usando eufemismos, discursos familistas, citando sentimientos, actitudes, disposiciones religiosas o preferencias en lugar de aceptar abiertamientamente que en la crisis, lo que todos estamos dispuestos a sacrificar es el bienestar de las mujeres. Es evidente que muchos de los cambios sociodemográficos no han ido acompañado de una renegociación de la responsabilidad entre el hombre y la mujer dentro del hogar, y esta crisis ha hecho más palpable nuestra dependencia tradicional de las mujeres para proporcionar los servicios necesarios para asegurar la reproducción en los diferentes estratos de la sociedad. Esta pandemia ha dejado dolorosamente claro cómo las actitudes y comportamientos arraigados en torno a los cuidados son bastante difíciles de cambiar.

Nuestra sociedad ha fallado durante mucho tiempo para garantizar las demandas de las mujeres alrededor del trabajo remunerado y la crianza/cuidados de les hijes. Las normas culturales en cuanto a la división del trabajo por género sólo es una parte de la imagen de las desigualdades en nuestra sociedad, ya que durante mucho tiempo, muchas mujeres se han desarrollado en contextos llenos de discriminaciones estructurales y desigualdad. Para encontrar salidas a la crisis se requiere de soluciones que tomen en cuenta las realidades materiales específicas de las mujeres en toda su variedad, teniendo claro la forma en qué se distribuye el trabajo de cuidados, cómo se valora este mismo trabajo y quién se beneficia de dicha distribución, enfatizando cómo las políticas económicas no son neutrales en cuanto al género.

Asimismo, es necesario que las soluciones a los problemas de las mujeres dejen de percibirse de manera individual para posicionarlos cómo prioridad pública en beneficio de la sociedad en general.  Por eso insisto, no debemos perder de vista las dimensiones de género en los cuidados. Lo anterior  también implica cuestionarnos las formas en que la clase, la etnia, raza, edad y otras jerarquías de poder, actúan estratégicamente dentro de la repartición desigual del trabajo reproductivo dentro y fuera del hogar. Mientras no reconozcamos las formas específicas en que las mujeres se han visto afectadas por la crisis de la COVID-19 y dentro de esto, que aquellos que toman las decisiones en las esferas gubernamentales y empresariales sigan siendo ciegos al trabajo de cuidado no remunerado que recae sobre las mujeres, no podremos tener políticas públicas y un conjunto de reformas económicas para abordar la desigualdad de género y mucho menos, para evitar que futuras crisis económicas afecten de manera desproporcionada a las mujeres.

Me gustaría cerrar este texto recordando que históricamente, las feministas y diversos colectivos de mujeres han defendido que las funciones de cuidados y crianza por parte de las mujeres se reconozcan como trabajo. Estos movimientos han jugado un papel fundamental en el avance de la justicia social y la igualdad de género en todo el mundo. Sus acciones ponen de manifiesto las injusticias de género e impulsan reformas e innovaciones legales y políticas con el fin de lograr sociedades más igualitarias para todes. Desde iniciar conversaciones sobre problemáticas no habladas, ocupar las calles, presionar a los gobiernos, abogar por nuevas legislaciones, construir redes hasta proporcionar servicios basados en las necesidades; dichos movimientos –en toda su diversidad y contradicción, contribuyen a la renegociación de los roles de género en las sociedades y  a imaginar un enfoque diferente dónde la organización social centre en el cuidado como un derecho y donde el cuidado informe la política y las políticas. 

Referencias:

Bárcena, Alicia y  Cimoli, Mario. Informe Especial COVID-19 No.9: La autonomía económica de las mujeres en la recuperación sostenible y con igualdad, 2021.  Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Disponible en: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/46633/5/S2000740_es.pdf

Becker, Gary Stanley. Tratado sobre la familia. Vol. 1. Madrid: Alianza editorial, 1987.

Orleans Reed, Sarah y  Ogando, Ana Carolina. Debemos escuchar a lxs trabajadorxs: Aliados de WIEGO realizan un estudio sobre el impacto mundial de COVID-19. 23/09/2020. Asociación de Mujeres en Empleo Informal: Globalizando y Organizando (WIEGO. Disponible en: https://www.wiego.org/blog/debemos-escuchar-lxs-trabajadorxs-aliados-de-wiego-realizan-un-estudio-sobre-el-impacto

“COVID-19 y su impacto en números desde la perspectiva de género”. Información disponible en https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/543160/Covid19-cifrasPEG.pdf 

Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), primer trimestre de 2020. Disponible en: https://www.inegi.org.mx/programas/enoe/15ymas/?init=1  


[1] Bárcena, Alicia y  Cimoli, Mario. Informe Especial COVID-19 No.9: La autonomía económica de las mujeres en la recuperación sostenible y con igualdad, 2021.  Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Disponible en: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/46633/5/S2000740_es.pdf 

[2] Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), primer trimestre de 2020. Información disponible en: https://www.inegi.org.mx/programas/enoe/15ymas/?init=1

[3] Sólo por poner un ejemplo, una encuesta realizada en abril de 2020 por la Asociación de Mujeres en Empleo Informal: Globalizando y Organizando (WIEGO), encontró que durante el período pico de confinamiento por COVID-19 en cada ciudad, las mujeres con ingresos de trabajo informal, en promedio, oscilaban alrededor del 20 por ciento de sus niveles anteriores a COVID-19. El mismo análisis reveló que una alta proporción de trabajadoras informales sobrevivían a base de sus pocos ahorros, pidiendo dinero prestado y vendiendo sus pertenencias. Información disponible en:  https://www.wiego.org/blog/debemos-escuchar-lxs-trabajadorxs-aliados-de-wiego-realizan-un-estudio-sobre-el-impacto     

[4] Becker, Gary Stanley. Tratado sobre la familia. Vol. 1. Madrid: Alianza editorial, 1987.

[5] Esta participación desigual en las tareas de cuidados también influye en el hecho de que las mujeres busquen trabajos que les permitan conciliar con el hogar. Esto a menudo significa que participen en trabajos con jornadas más cortas, parciales o temporales. Lo que se refleja en una baja remuneración, con bajas o nulas prestaciones laborales, lo que a su vez impacta negativamente en su trayectoria laboral, afecta la brecha salarial de género de  manera significativa y además causa estragos en su bienestar y autonomía.

[6] INMUJERES titulado “COVID-19 y su impacto en números desde la perspectiva de género”. Información disponible en https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/543160/Covid19-cifrasPEG.pdf

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