Esta semana se cumplen dos años de inicio del “recogimiento” generalizado a consecuencia de la pandemia Covid 19 a mediados de marzo del 2020. Si bien hubo numerosas maneras de llamarlo y tratar de racionalizarlo, fue una reacción del sector educativo antes que el de salud, usando un molde de herencia colonial en vez que modernos planes de contención y rastreo como los que se ensayaban en Asía. Ante la impericia del gobierno federal fueron las instituciones de educación superior las que adelantaron y prolongaron las vacaciones de semana santa, confiando en ganar tiempo hasta que hubiese claridad respecto al manejo que se daría a la fase ya de contagio comunitario. Tomando como antecedente el brote primaveral de influenza (mal llamada porcina) A/H1N1 en 2009, se confiaba sería cosa de semanas, No fue así y es hasta esta semana que ya es generalizado el regreso a las aulas. Una vez más, no siguiendo una coordinación federal o estatal sino el criterio de cada institución, en que indudablemente pesa el ejemplo de aquellas con mayor matrícula.
Es mucho lo que se ha escrito respecto a la pandemia y su manejo en las distintas escalas de observación y de acuerdo con la calidad de los datos. Inicialmente la atención estaba del lado del conteo de casos y muertes, posteriormente se enfocó sobre las razones que producían efectos diferenciados en las sociedades. Qué correspondía al estado de salud de las poblaciones y qué al sistema institucional de atención sirvieron para encontrar responsables en medio de la tragedia. Es muy notorio el cambio del primer año de incredulidad al terror por las olas que trajeron los solsticios y los remansos relativos de los equinoccios. A esa incredulidad inicial siguió el sentimiento de vulnerabilidad extrema y desamparo de parte de todos los componentes del sistema de salud. No fue hasta que comenzó a hacerse realidad la vacunación masiva y corroborarse su utilidad al reducir las posibilidades de enfermedad grave y muerte que comenzó a imaginarse—sensatamente—una posible nueva normalidad. Es de cara a ella que podemos comenzar a cuestionarnos qué quedará de las medidas adoptadas como efecto político antes quesanitario en la vida cotidiana. Mínimamente hemos de atender media docena de ellas:
Vacunas. Si bien en otras partes del mundo hay un debate multidimensional acerca de su pertinencia, en México como en buena parte del subcontinente es abrumador el interés por contar con ellas. Los desacuerdos son, acaso, sobre qué vacuna en particular. Tanto a nivel de bloques geopolíticos (las de la OTAN, China, Rusia y otras) como dentro de ellos por lo que se puede saber de cada una, pero la población demandará su disponibilidad. No sabremos la regularidad de los refuerzos aún, pero es predecible se cuente con varias vacunas de acuerdo con cómo es que el mismo sector salud estructura sus compras y la capacidad de varios grupos sociales para vacunarse en los Estados Unidos. Idealmente debe dejar de ser un monopolio federal y participen en su importación y oferta otros sectores y agentes.
Cubre-bocas (mascarillas). Quizás el más contenciosos de los elementos que trajeron tanto la influenza en 2009 y la pandemia actual, es el uso de las mascarillas cubre bocas. Es muchísima la información que hay alrededor de ellas como su apropiación diferenciada. A modo de ser efectivas la mayoría de la población debe saber usarlas bien y hacerlo de manera consistente. Nunca se ha logrado tal y quedará como un elemento de etiqueta antes que herramienta sanitaria. Una parte de la población mostrará su valor cívico usándolas lo más correctamente que pueda en público, mientras que otras expresarán a través de ellas diversos grados de desafío al negarse a portarlas, usarlas de maneras peregrinas y hasta burlonamente. Con todo, es otro elemento a normalizar imperfectamente.
Manejo de la (sana) distancia. Si bien es muy difícil mantener los lineamientos de las separaciones físicas mínimas dispuestos en la campaña de sana distancia, no lo será el pretexto de recurrir a ella como parte del manejo de la segregación social. Todos los hábitos gregarios pre-pandemia pueden ser revisados contra la interpretación que se quiera hacer de ella y tendremos que estar atentos a no institucionalizar viejos prejuicios en nuevos pretextos. Ha sido notorio el uso selectivo de la distancia estos años, rompiéndola en festejos y celebraciones, imponiéndola al oponer resistencia a las demandas del regreso a clases desde hace más de seis meses.
Teletrabajo y uso de tecnologías de la información y comunicación. Al igual que con la distancia social, la imperfecta adopción de plataformas y aplicaciones para el teletrabajo y sociabilidad tendrá efectos duraderos. Es dable pensar que los presupuestos para congresos, conferencias y reuniones serán sacrificados en beneficio de inversiones tecnológicas. Si bien algunas de ellas serán sensatas, en general se aprecia una posibilidad de extender los mecanismos de control y supervisión antes que la mejora de los procesos de trabajo. En particular, el sector más golpeado después del de salud fue el educativo. Los esquemas de comunicación a distancia han sido siempre una salida ahorrativa antes que de mejora. De la misma manera que es ridículo tomar cursos de natación en línea, lo es en muchas más áreas del conocimiento. No debe permitirse el modelo “híbrido” en la educación si no es que hemos aceptado la esterilidad de la misma.
Garitas desinfectantes y termómetros. Por algunos meses más mantendremos la aduana en comercios e instituciones de tres elementos poco útiles pero que demandan “rituales de reconocimiento ideológico”. Estos son el pasar por encima de maltrechos tapetes “sanitizantes” (sic), la toma de temperatura y el administrar gotas de gel desinfectante (diluido) para las manos. Si bien sabemos el virus es aéreo y se esparce por gotículas, estas garitas tienen el efecto de comunicar que aceptamos ciertas reglas de sociabilidad y podemos comunicarnos entre todos. Si bien pueden parecer ya ociosas y huecas, no son simples gestos vacíos sino saludos a una autoridad separada del gobierno federal. Ahí donde se unen Estado y sociedad civil, esta el nexo social al que desearemos pertenecer y ser reconocidos.
Desinformación y batallas mediáticas. Quizás el efecto más duradero de la pandemia será el paso del sano escepticismo al cinismo con que se adoptan las versiones más extravagantes de “realidades alternativas”. Si bien en el caso mexicano esto coincidió con la pérdida de autoridad de las fuentes tradicionales, es un proceso global. Antes que encontrar responsables individuales es menester entender el proceso que se ha llamado alternamente como paparruchadas, bulos, pos-verdad, borregos y fake news. Viviremos cotidianamente dentro de sus efectos y no es posible tampoco encontrar soluciones individuales a ellos. Corroborar información, ponderar criterios de verdad y probabilidades no es algo que se pueda hacer diariamente sobre la multiplicidad de temas ni avalanchas desinformativas. Para ello hemos de contar con las instituciones públicas y privadas, de los gobiernos, Estado y sociedad civil, en aras de poder establecer un horizonte civilizatorio común. Esta y todas las columnas han de abonar a ello.









