Como Kulturkampf se conoce genéricamente a las luchas, batallas o pugnas culturales desde que se organizó la ofensiva del Estado Prusiano contra la autoridad de la Iglesia Católica en la vida pública. Si bien puede subsumirse como otro capítulo en el largo proceso de secularización europeo, sus diferencias con el caso napoleónico son tales que han permitido su especificidad se mantenga al debatir las que se dan actualmente en el Atlántico Norte. La principal reforma en el último cuarto del siglo XIX prusiano tenía que ver no sólo con romper el monopolio sobre la educación en manos de la iglesia sino su reforma curricular y, sobre todo, la formación de ciudadanos. De este referente, dado su fortísimo antagonismo es que se asimila casi cualquier asunto de clivaje para explicar la “polarización” político cultural por la que solemos lamentarnos.
Si bien los términos aglutinados cultura (Kultur) y lucha (Kampf) describen específicamente cómo se percibió en su momento la confrontación, no es tan obvio qué es lo que quieren decir en otros tiempos y lugares. Como batallas o pugnas culturales se puede discutir desde aquellos elementos a los que endilgamos o reconocemos en ellos valores y sentimientos primordiales, como a las más peregrinas contingencias. En el primer caso, están elementos tan aparentemente divisivos como la legislación para la interrupción del embarazo, en que el simple uso del término “aborto” enciende alarmas ensordecedoras, garantizando no habrá ni debate ni negociación. En el segundo, accidentes reales o montados como el que la venta de tortillas tostadas embarradas con salsa y frijoles reciban el nombre de “tlayudas”. Si en el primero puede argumentarse institucionalmente la oposición entre iglesia y gobiernos civiles en la separación y confusión del Estado, así como la bandera que polariza a sectores de la sociedad con sus variantes socio demográficas y estereotipos, en el segundo es un claro distractor al que nos volcamos gozosos para la exhibición de prejuicios de todo tipo sin campos igualmente predecibles.
Mi interés no es ahondar en ninguna de las pugnas culturales actualmente en proceso, sí hacer notar cómo en su lenta pero inexorable internalización ha ido evacuándose de significado al término mismo y sobre todo su relevancia para la construcción de ciudadanía en el estado moderno, así como la mera definición de lo público. De ninguna manera alego por su desaparición, pues no es posible pensar en comunidades políticas alrededor de ideas tan contenciosas como “el bien común” que siempre suponen conocimiento sobre lo que ello es. Y en “occidente” sean cuales sean sus problemáticas definiciones están siempre ya bajo el manto de Roma. Si es válido usar el término alemán lo es porque es muy claro en él la confrontación contra la autoridad eclesial romana, mismo que en Francia observaría un perverso encubrimiento (claramente delatado en el affair Dreyfus a finales del XIX). Para el caso mexicano, no es posible imaginar al estado colonial sin el aplastante peso de la Iglesia de la Contrarreforma. De hecho, ambos son una y la misma cosa. Igualmente, no es sino hasta las guerras de Intervención, Reforma e Imperio que se puede hablar propiamente de “independencia” del Estado respecto a una iglesia.
La relevancia de discutirla y evocarla tampoco estriba en la imposibilidad de un falaz término medio o abstención. Acaso en que la manera dominante en que se presenta ya no es entre autoridad eclesial y gubernamental. Se ha dado un desplazamiento en que los antagonistas simultáneamente han evacuado de significado y trascendencia casi todo lo que se presenta a debate y duelo, como que las demandas suelen ser inmediatas. Asimismo, los actores en pugna suelen estar más identificados con intereses mercantiles, así sean partidos políticos, peleando a través de los medios tradicionales y emergentes. Las demandas que se ponen a circular en equivalencias vanas o reales pueden persuadirnos en distintos grados de seriedad o hilarantemente. No es raro se recurra al escándalo y alarmismo, echando mano de personajes conocidos y de forma tremendista. Y es en el “casi” dónde radica su relevancia. No son ya las metas de largo plazo como el cambio en modelos de educación para formar ciudadanos responsables y capaces de decidir por sí mismos, así como tener un modo honesto de vivir. Tampoco atañe a las consecuencias materiales de esa reforma. La cultura busca reducirse a una dimensión simbólica de valores divorciados de realidades en dónde los individuos pueden elegir como consumidores en un gran mercado global con franquicias locales. Casi logran su cometido. Y es ese “casi” el que nos revela que luchas culturales siguen definiendo lo político dentro de lo público y quién demanda decidir sobre el conjunto.









