Miguel Ángel Martínez Barradas, El mundo iluminado,
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Una frase popular que versa sobre la importancia de la prudencia dice de la siguiente manera: «Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla», la frase se le atribuye al psicoanalista Sigmund Freud, aunque también se han propuesto a otros intelectuales como autores de este aforismo que, independientemente de la mente en que se haya gestado, es viable de considerar, pues la prudencia difícilmente nos conducirá por algún camino escabroso.
Realizarnos como individuos prudentes, diligentes, moderados y discretos debería de ser un ideal común, colectivo, generalizado, esto nos evitaría atravesar por las indeseables experiencias que ahora mismo enfrentamos, pero lo cierto es que en este mundo parece más interesante para la mayoría ser todo lo contrario: despilfarradores, holgazanes, habladores e indiscretos, pues esto permite ser el centro de atención, lo cual luce bien en una sociedad cuyo pasatiempo principal es la egolatría, el culto al yo, el exhibicionismo, de ahí que la mayoría de quienes integran a la sociedad sean esclavos, tanto de sus palabras como de los demás. Casi nadie, y esto será así hasta el final de los tiempos, comprende el tesoro del silencio.
Sobre la prudencia se ha escrito mucho, pensemos por ejemplo en los tres filtros de Sócrates que se desprenden de la siguiente historia: Cierto día, en la antigua Grecia, Sócrates fue interrumpido por un discípulo suyo que lucía agitado. –Maestro –dijo el discípulo–, tengo que hacerle saber un rumor sobre su persona que he oído. Sócrates lo interrumpió diciendo: –De acuerdo, pero antes pasemos tal rumor por tres filtros. –¿Estás convencido de que este rumor es verdadero? –No del todo, maestro. –¿Esto que me quieres contar es bueno? –De ninguna manera, maestro. –¿Es necesario que tú me hagas llegar ese rumor? –No es necesario, maestro. –Entonces, si lo que me quieres decir no es verdadero, ni bueno, ni necesario, no lo digas.
La historia sobre los tres filtros de Sócrates tiene la misma función que el aforismo de Freud, conducirnos al sendero de la prudencia. Sócrates lo hace a través del triple examen (verdad, bondad y necesidad), mientras que Freud nos invita al regocijo del silencio. Sin embargo, e irónicamente, en los anteriores ejemplos hay algo de imprudencia, pues parece que ni el aforismo es de Freud, ni los tres filtros son de Sócrates. Empezando por Freud, ya en los antiguos proverbios árabes encontramos una idea parecida: «Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas», y otro proverbio añade: ««Del árbol del silencio pende el fruto de la seguridad». En ambos ejemplos lo que subyace es la necesidad de aprender a callar. Hay un ejemplo más, en “Proverbios 17,28” leemos: «El que cierra sus labios es entendido».
Pasando a los tres filtros de Sócrates, es frecuente que éstos sean admitidos sin cuestionarlos debido a que llevan el nombre de Sócrates de por medio, filósofo que es tomado como una figura de autoridad debido a las múltiples enseñanzas que nos legó, entre ellas, el aprender a dudar de cuanto percibimos, sin embargo, justamente lo que uno no hace ante los tres filtros es detenerse a dudar de su veracidad. Sócrates no escribió nada y lo que sabemos de él es por las obras de Platón y de Jenofonte. Sócrates creía que la realidad que percibimos no es más que un espejismo y que la verdadera realidad se halla en una dimensión superior. Lo de arriba es la verdad y lo de abajo es una sombra de la verdad, y puesto que la verdad es la causa de todo lo creado es en sí misma bella y necesaria. Es decir, para Sócrates, verdad, belleza y necesidad son indivisibles, por lo que concebir que éstas pueden existir separadas es antisocrático.
Ni en los “Diálogos” de Platón ni de Jenofonte hay ni una sola referencia a los tres filtros de Sócrates y tal parece que este triple examen que apela a la prudencia no sólo es posterior, sino que, además, viene de un contexto cristiano. En la “Revista de la nueva iglesia para niños”, del año de 1872, se incluye una historia llamada ‘Los tres tamices’, la cual es muy parecida a la de Sócrates con su discípulo, con la diferencia de que aquí los personajes son una madre y su hija, la cual ha escuchado un rumor, mismo que su madre le impide decir, salvo que apruebe los tres tamices que son la verdad, la bondad y la necesidad. Leamos su final: «Si no es verdadero, bueno ni necesario, hija mía, ora para que tu lengua sea gobernada, y para que no te entregues a hablar mal, y te esfuerces cada vez más en imitar la mansedumbre de tu Señor y Salvador Jesucristo.»
Una historia semejante la encontramos en una obra intitulada “Los límites de Su camino”, de la misionera cristiana Amy Carmichael. En este libro, escrito a manera de diario, encontramos un relato del 8 de agosto de 1955 llamado ‘Los tres tamices’, los cuales nos llaman a la prudencia a través de la verdad, la amabilidad y la necesidad; leamos: «Todos los que hemos tratado de recordar estos tres tamices y los hemos usado, sabemos lo útiles que son. Nos arrepentimos cuando alguna vez los olvidamos, y estamos muy agradecidos cuando los recordamos a tiempo para evitar que digamos algo falso, desagradable o innecesario. Quizás estos tres tamices ayuden a evitar que se pronuncien algunas palabras que entristecerían al Espíritu de amor y herirían a alguien a quien nuestro Señor ama. Preguntémonos siempre, ¿es cierto?, ¿es amable?, ¿es necesario?»
De lo anterior podemos colegir que, irónicamente, quienes han abrazado los tres filtros de Sócrates, cayeron en el error de la imprudencia, pues apelando a que el nombre de Sócrates estaba de por medio, dieron por hecho que el triple examen era obra del filósofo griego y, por ende, verdadero. Tampoco fue Amy Carmichael su inventora, pues parece que ya dentro de la doctrina cristiana la fórmula de los tres tamices era habitual, sin embargo, e independientemente de la mente que concibió el triple examen, es innegable que la antesala de la tranquilidad de ánimo se encuentra en la prudencia, es decir, en la virtud de saber gobernar la lengua.









