Nuestros pensamientos no son nuestros, antes bien, son ideas que nos han sido sembradas desde la infancia por la familia, la religión y la sociedad en todas sus formas. Creemos saber, pero en realidad no sabemos nada o, en todo caso, sabemos muy poco. Madurar en edad, en pensamiento y en espíritu es necesario para llegar a ser, para saber, sin embargo, el acto de madurar tiene una condición ineludible: desaprender lo que hemos aprendido, o, en otras palabras, desaprender las ideas que nos fueron inculcadas. Desaprender no es olvidar, sino poner en una balanza lo que somos y sabemos a fin de empezar a preguntarnos quiénes somos y por qué somos como somos. Desaprender no es olvidar, pues, si así fuera, madurar no sería una opción. Estos pensamientos que ahora tenemos y que no son verdaderamente nuestros, nos los transmitieron nuestros padres en primera instancia, seguramente no lo hicieron motivados por la maldad, antes bien, fue por la costumbre y por las ideas que también ellos heredaron de generaciones pasadas, pero, a fin de cuentas, nos iniciaron en el mismo camino que termina en un callejón sin salida. Nuestros pensamientos no son nuestros, por lo que aprender a pensar por cuenta propia es necesario para quien anhele constituirse en la dimensión de la dignidad humana.
Mucho de lo que sabemos, o mejor dicho, de lo que creemos saber, es en gran medida por rumores, porque alguien más nos lo dijo, porque lo leímos en algún texto o porque lo vimos en algún lugar, sin embargo, saber a través de terceros no puede considerarse en sí un saber, pues para saber, para tener pensamientos propios, es necesario experimentar, actuar en el mundo, enfrentarnos a nuestros semejantes, pero, principalmente a nosotros mismos; en este sentido, asumir una posición crítica con respecto a lo que vivimos es una exigencia primordial, pues, aunque todos pensamos, no pensamos realmente, o al menos no de forma metódica ni analítica. Cierto es que el cerebro nunca deja de pensar, pero este pensamiento, casi instintivo, no es fiable para la vida diaria. Aprender a pensar implica aprender a cuestionar las ideas que nos han sido inculcadas, principalmente aquellas con las que más nos sentimos identificados, de ahí que todo conocimiento de uno mismo implique la destrucción de uno mismo. Para llegar a ser hay que empezar dejando de ser.
Cuando alguien nos dice que sabe algo hay que dudar de sus palabras. Dudar no es un acto ingrato, sino el paso previo de saber, pero para dudar también hay un orden y es que no todas las dudas que tengamos serán en sí mismas provechosas. La duda, cuando no es filosófica, resulta estéril. La duda filosófica es aquella que nos hace tocar con el dedo la esclavitud en que hemos vivido, despertando en nuestro corazón el sentimiento de nuestra propia dignidad e impulsándonos al estudio de la verdad. Esta esclavitud es la que resulta de los pensamientos que nos han inculcado y es de la que debemos liberarnos a partir del cuestionamiento de lo que diariamente escuchamos en los medios de comunicación, en espacios públicos y en nuestros hogares, así como del cuestionamiento de los supuestos poseedores de la verdad, bien mayor del que mucho se ha hablado a lo largo de la historia y con el que, incluso, algunos han comercializado y asesinado, pero lo cierto es que si bien la verdad es una aspiración genuina, difícilmente estaremos frente a alguien que la haya experimentado plenamente.
Para el caso de la verdad, resulta útil un relato escrito por el místico medieval Hakim Sanai, quien en su poema “El jardín amurallado de la verdad” nos regala la historia de un elefante que llega a una ciudad de ciegos; el relato dice así: «En una de ciegos se presentó un rey con un elefante. Los más sabios se amontonaron alrededor del paquidermo a fin de descubrir su forma. Los sabios volvieron junto a sus conciudadanos y describieron al animal. Todos estaban ansiosos, buscando equivocadamente la verdad de boca de aquellos que se hallaban errados. El hombre que había tocado la oreja dijo: —Es una cosa grande, rugosa, ancha y gruesa como un tapete. El que palpó la trompa dijo: —Yo conozco los hechos reales, es como un tubo recto y hueco, horrible y destructivo. El que tocó sus patas dijo: —Es poderoso y firme como un pilar. Cada uno palpó una sola parte de las muchas. Cada uno lo percibió erróneamente. Ninguno conoció la totalidad. El conocimiento no es compañero de los ciegos.»
Antes de decir algo al respecto, conozcamos lo que del elefante dice el maestro japonés Eihei Dōgen, quien, como Hakim Sanai, es también del siglo XII: «Os lo ruego, honorables discípulos del zen, desde hace mucho tiempo estáis acostumbrados a tantear al elefante en la oscuridad; no temáis ahora al verdadero dragón. Consagrad vuestras energías a la Vía que apunta directamente a lo absoluto.» El poeta francés, Louis Cattiaux, del siglo XX, resumiría la idea del elefante así: «Son necesarios mucho tiempo y esfuerzos para aprender que no sabemos nada, que no podemos nada, que no somos nada por nosotros mismos, pero que lo sabemos todo, que lo podemos todo y que lo somos todo en Dios.»
Cattiaux, cuando menciona a Dios, lo hace fuera de cualquier dogma y tomando el concepto como un sinónimo de la verdad, la cual damos por hecho que existe en nuestros pensamientos sólo porque nosotros mismos los creemos y porque éstos han sido repetidos por la boca de otros que están seguros de conocer al animal, aún cuando únicamente han palpado en las sombras una parte de su cuerpo. Puesto que damos por hecho que nuestros pensamientos son realmente nuestros, carecemos de herramientas para distinguir lo verdadero de lo falso. Ya lo dijo Sanai: «el conocimiento no es compañero de los ciegos» y Dōgen lo refuerza mencionando que: «estamos acostumbrados a tantear al elefante en la oscuridad». Nuestros pensamientos no son nuestros y el elefante, disfrazado de dragón y en tinieblas, nos hace creer que es la verdad, Dios y el absoluto. Nosotros no lo vemos, pero él sabe que se pasea en la ciudad de los ciegos.
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