A la memoria de don Arturo Hernández Ramos
Más terrible que la muerte de quienes amamos, podría ser la ausencia de quien ha abandonado su humana forma. La muerte es natural y es conocida incluso por los infantes, pero no por ello es aceptada. La muerte para algunos es la cara del infortunio, de una especie de venganza que la vida se cobra en contra de uno mismo, pero no es así, pues la muerte no es más que la consumación de un contrato que fue firmado con el nacimiento. La muerte lastima, hiere la vida de quien pasa sus días fingiendo que ella nunca se presentará, pero, a pesar del sufrimiento que pueda infligir, la muerte difícilmente lastimará como la ausencia y esto es porque a la muerte la conocemos desde que nos hacemos conscientes del término de la vida, pero a la ausencia la miramos por primera vez cuando un día despertamos, después de haber realizado las exequias correspondientes, y esa persona que la costumbre siempre nos regalaba ya no está en su cama, ni en su sillón, ni en sus ropas, sencillamente aquella persona ha desaparecido.
La ausencia es más terrible que la muerte porque vive oculta junto a nosotros, mientras que la muerte nos acompaña haciéndose presente a cada instante, pudiendo decirse incluso que la muerte es nuestra aliada, aunque no lo parezca, mientras que la ausencia es un dolor que aguarda pacientemente y con miras a herirnos. Pero, ¿de dónde viene nuestro miedo a la muerte?, ¿por qué nos causa temor aquello que es tan natural como la lluvia, el movimiento de los astros, la respiración e, incluso, el hambre? Quizás este miedo es a causa de que la muerte nos hace pensar que con su manifestación algo en nosotros, algo que es nuestro, se pierde para siempre, sin embargo, si la muerte es capaz de arrebatarnos algo, es únicamente aquello que nunca nos ha pertenecido. Únicamente aquello que verdaderamente es nuestro, permanece con nosotros hasta el último día; lo demás, es accesorio.
Cuando alguien muere sentimos confusión al inicio, después, dolor, posteriormente negamos lo ocurrido y, finalmente, sentimos que toda esperanza y sentido de vida están perdidos. Ante la muerte de alguien amado es frecuente escuchar: ‘¿Por qué a mí?’, ‘Todavía tenía tanto por hacer’, ‘¿Por qué la muerte no se lleva a los malos?’, ‘Era joven, aún le quedaba tiempo’, etcétera, pero no hay tiempo de más y cada quien vive lo que debe vivir. Expresiones como las anteriores tienen una tendencia a centrarse en el ‘yo’ y a considerar a aquella persona que expiró como un pretexto para alimentar el dolor propio y es por eso que la negación de la muerte se acompaña de frases como: ‘Estoy sufriendo’, ‘¿Por qué me dejaste?’, ‘Nadie comprende mi dolor’, ‘Te necesito’, entre otras, es decir, pareciera que el dolor del vivo es más importante que la experiencia mortuoria, cuando debería de ser lo contrario. La muerte, para quien expira, debería de ser un motivo de celebración, pues quien reside en su lecho mortuorio ya no será objeto de enfermedades, ni de envidias, ni de sufrimientos. En resumen, la muerte es liberación.
El dolor ante la muerte no es exclusivo de los humanos, otros animales también sienten congoja ante la expiración de sus iguales, pero la diferencia es que mientras los animales recuperan su entereza al cabo de unos días, las personas se aferran a un imposible y alargan su sufrimiento indefinidamente, pues el espíritu de la ausencia los ha poseído. Lo anterior es viable explicarlo desde la “Consolación a Marcia”, un texto que el filósofo Séneca escribió cuando el hijo de Marcia murió a los catorce años de edad; leamos:
«Es natural llorar a los propios. ¿Quién lo niega cuando se hace con moderación? La ausencia, y con mayor razón la muerte de los que nos son más queridos, es necesariamente cosa cruel y oprime hasta el ánimo más firme; pero la preocupación nos lleva más lejos de lo que manda la naturaleza. Deberíamos decirnos ‘No me engañarás fortuna, hieres a otro, pero te dirigías a mí’. A cada uno puede suceder lo que puede suceder a todos. Necesario es apresurarse; la muerte viene detrás; pronto desaparecerá todo este entusiasmo. Todos somos presas. ¿Ignoras que vives huyendo? Cuando te quejas de la muerte de alguien, acusas al día de su nacimiento, porque al nacer se te notificó la muerte. ¿Qué es el hombre? Vaso quebrantado, cosa frágil. ¿Podrá extrañarnos la muerte de un hombre cuando todos necesariamente han de morir? ¿Acaso se necesita mucho para destruirlo? Un olor, un sabor, el cansancio, la vigilia, los humores, la comida, todo lo que necesita para vivir, le es mortal. La muerte es la libertad, el término de todas nuestras penas; no traspasarán sus umbrales nuestras desgracias; ella nos devuelve a aquella tranquilidad de que gozábamos antes de nacer. Cuán ignorantes están de sus males los que no celebran la muerte como el mejor invento de la naturaleza. La muerte restablece en todos la igualdad. Contra las injurias de la vida tengo el beneficio de la muerte. Y cuando llegue el tiempo en que todo se destruya para renacer, todo lo que actualmente brilla, se abrasará a la vez.»
Vivimos huyendo, huyendo de los problemas, huyendo de la pobreza, huyendo del sufrimiento, huyendo de la muerte, y aunque seguramente habrá quienes se salven de la pobreza, de los problemas o de ciertos males, nadie habrá que escape a la muerte que es tan natural como el aire que ahora mismo respiramos. La muerte, piensa Séneca, no es el fin, al menos no para la esencia, ¿y cuál es esta esencia?, aquella que en resumidas cuentas podríamos llamar ‘chispa divina’, es decir, aquel fuego de vida que en algún tiempo fue encendido y desde entonces no se ha extinguido. ¿Le tememos a la muerte o más bien a la ausencia, a quedarnos solos? ¿Lloramos porque alguien ha muerto o porque ya no estará para satisfacernos? Pasa que el dolor que la muerte causa es más bien un dolor del ‘yo’, un dolor egoísta, y no por quien ha muerto, lo cual sería inverosímil, pues, la muerte es el punto que marca el final de todo mal y el inicio de la paz para quien expira. Morir es tan natural como respirar, aceptemos el destino que a todos espera y dejemos de vivir huyendo.
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