La semana que concluye comenzó con la nota del rechazo plebiscitario a la nueva constitución chilena en primeras planas. La mayoría no seguimos con detenimiento el proceso constituyente emanado de las protestas que paralizaron a ese país en 2019. Sabíamos sí, que algunas propuestas eran desmesuradas y se antojaban inoperantes. Mencionaré sólo una pues quién desee familiarizarse con el proceso ha de acudir a fuentes autorizadas. En ese proyecto hecho más por activistas que juristas, partisanos antes que cuerpos colegiados, se proponía un sistema de justicia indígena paralelo al que rige a los civiles. Basado en supuestos de una ley consuetudinaria que homologa a diez diferentes etnias bifurcaba a la ciudadanía bajo principios de autoctonía. Opone así a nativos de colonos forzando los marcos normativos de Sudáfrica y regiones expoliadas por los imperios británico y holandés. De ese calado era la radicalidad de la constitución propuesta. Quizás más importante que el proyecto en sí, debe destacarse el hecho que debía ratificarse no por los órganos de representación política sino la ciudadanía toda en un plebiscito de carácter obligatorio. No es el primer ejercicio de ese corte que separa a la democracia chilena. Aquel mediante el cual se expulsó a Pinochet del poder en 1988 fue una lección continental y esta es otra.
Constituciones similares a la propuesta hay en otros lados. La más cercana a nosotros es la que supuestamente rige a la Ciudad de México. Acoto que supuestamente porque quiénes la redactaron, aprobaron y legitimándose con ella gobiernan saben que es imposible seguir sus preceptos. Esa es la diferencia entre el ejercicio chileno y la normalidad no sólo mexicana sino quizás subcontinental. Damos por sentado que las leyes y constitución son simulaciones y por ende quiénes participan en sus procesos de redacción, debate, y aprobación son farsantes. Sean políticos profesionales, equipos de asesores, colectivos de activistas y demás se saben libres de la obligación de persuadir a la ciudadanía y por ende de cualquier escrutinio. Rendición de cuentas, transparencia, gobernanza, se añaden a la mascarada que no esconde su tufo. De ahí que hagan y deshagan con impudicia. Tan se da por hecho ésta es la norma que tiene validez no sólo en el ámbito de las leyes. También campea en otras instancias hasta generalizarse en lo que los demagogos refieren como el “tejido social”.
Casi sin darnos cuenta, al hablar de los avatares de la constitución chilena en su contenido estamos haciendo referencia al plan conocido como “nueva escuela mexicana”. En fase piloto y más materia de chunga que de ponderada discusión, comparte muchos de los elementos comunitaristas decoloniales que animaron al constituyente en cuestión. Y aquí es relevante recordar que la propuesta no ha estado acompañada de ningún esfuerzo de persuasión a la sociedad, ni capacitación de docentes, acaso el ultimátum doble. Se está con o contra ella y a quiénes no les parezca pueden ir con sus hijos a otro lado. Tal situación es inaceptable porque los efectos de la misma contra-reforma son sobre la sociedad en su conjunto. Igualmente, aunque existe un muy distorsionado mercado educativo, la mayoría de las personas a las que afectará primordialmente no están en condiciones de “votar” llevándose a sus hijos a ningún nicho alternativo. Son educandos que no requieren de ningún subterfugio especializado, sí del cumplimiento cabal de los planes y programas de estudio con suficientes recursos humanos y materiales en tiempo y forma. Si se entiende el reto bajo las actuales condiciones de recortes presupuestales no se justifica, pero comprende el escapismo. Sustituyendo la historia por una “narrativa” superficial que apela al victimismo, se dicta sentencia contra quienes deberían ser redimidos honrando el trabajo cotidiano con los medios necesarios.
La yuxtaposición de ambos ejemplos alerta sobre la calaña de la democracia realmente existente en México. No pretende ser un lamento, sí poner atención sobre el proceso en marcha. Lejos de enfrentar las debilidades e inconsistencias, fallas e insuficiencias de ésta, el proceso político busca ahondarlas. No hay vasos medio llenos o medio vacíos, hay vasos llenándose o vaciándose. En el caso mexicano no hay que ser parte de ningún partido político o bando ideológico en pugna para entender qué se está llenando y vaciando. Para hacer espacio a las propuestas comunitaristas se debe eliminar el predominio de las competencias. Si esto es correcto o incorrecto, tiene mérito o no, debería ser un debate abierto. El problema es que no se dará, ni hay interés en tenerlo porque el sistema político se rige bajo la máxima de “todo al ganador”. De espaldas a la sociedad, los excesos de tecnócratas neoliberales tienen entre los populistas iliberales el mismo talante autoritario. Ambos deben ser enfrentados desde el más ortodoxo de los principios: el del Artículo Tercero Constitucional.










