Hay que decirlo: quien no respeta lo menos, no respeta lo más; y viceversa: quien respeta lo menos respeta lo más.
Y en este caso, el idioma es lo menos, no porque sea menos importante, sino porque es sólo la herramienta de la comunicación y de las relaciones sociales y políticas, que son lo que importa.
El senador Alejandro Armenta Mier entra en este segundo esquema: ha demostrado un gran respeto por el idioma en su quehacer público, y eso se refleja en su trato político. No es necesario gritar o mentar madres para ganar debates.
De hecho, desde antes de ser presidente de la Mesa Directiva del Senado se conducía ya bajo este parámetro durante sus participaciones; siempre con mensajes propositivos y mesurados.
Nada que ver con lo que vimos recientemente entre tres senadoras y un senador.
La senadora panista Lilly Téllez, de suyo contestataria y al parecer la única combatiente real de la oposición, no dejó de excederse al llamar perros y corruptos (lo de corruptos pasa, pero no lo otro) a sus colegas de MORENA. Con razón la senadora Rocío Abreu la enfrentó a gritos; el problema es que ésta bajó aún más de nivel al calificarla de “robamaridos”, en un lenguaje auténtico de lavadero o, mejor, de tendedero.
No se quedó atrás el senador morenista Félix Salgado Macedonio cuando, al enfrentar a su homóloga del PRI Claudia Ruiz Massieu, decretó sin prueba alguna que el expresidente Carlos Salinas de Gortari mandó asesinar a su padre. Qué bueno que Claudia Ruiz se comportó prudentemente y sólo le pidió no meterse con su familia.
Qué bueno también en el caso Armenta Mier, quien desde su posición actual puede mediar y apaciguar los ánimos merced a su manejo mesurado de la palabra; no en balde ha publicado dos libros, al menos de los que sabemos.
Gracias, y hasta el próximo jueves.
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- Lic. en letras españolas. Escritor, autor de carca de 40 libros. Conferencista.









