El fin de la guerra fría (1945-1991) significó entrar a un nuevo periodo histórico y horizonte de posibilidades. Los agoreros de entonces no fueron modestos y anunciaron un nuevo orden mundial, dramáticamente caracterizado como “el fin de la historia”. La frase de Hegel popularizada por Fukuyama se tornaría en sorna demasiado pronto, pero ciertamente el cambio era radical. Un elemento destacado fue el apogeo de los estudios sobre la memoria entre conglomerados humanos que se definirían usando términos tradicionales como “pueblos” o “comunidades” y emergentes a partir de sus diferencias sexo-genéricas y étnico racializadas, por mencionar los más comunes. A ellas se sumarían las de grupos político-ideológicos y las de distintas “víctimas” y “sobrevivientes”. En sí, los relatos triunfales en los “estados nación” los habían sobreseído, cuando no silenciado y reprimido, marginando sus historias. No entraban en ninguno de los campos de las “narrativas” fuese la de los “tres mundos” o la del bipolar.
Así se afirmaron desde el artificio de la memoria y posteriormente “memoria histórica”. Contra las exigencias archivísticas de la historia como disciplina académica y los filtros de la historia oficial como aparato estatal, echaron mano de eso que todos compartimos. La relación entre memoria individual con la colectiva, sostenida no sólo en representaciones imaginarias comunes sino a través de materiales heredados de una generación a otra. Atados de fotografías, recetarios de cocina, partituras, diarios personales y bitácoras de trabajo, son parte de los documentos que adquirieron relevancia. Ciertamente ya historiadores, notablemente Pierre Nora en Francia, habían alertado y trabajado sobre la relación entre memoria e historia en la posguerra y el desmoronamiento del imperio. Entender los avatares de la nación requería revisar los cimientos sobre los cuáles se edificó. Y sobre ese ejemplo casi cualquier persona interesada lo haría por todos lados. Tarde, pero eventualmente la academia e investigadores se unirían al coro. Hoy que parece cerrarse el paréntesis de la “globalización neoliberal”, los estudios sobre la memoria han pasado de ser una crítica desde los márgenes a ocupar el centro del debate. Así, esta semana se han reunido en El Colegio de Michoacán especialistas para celebrar su XLIII Coloquio (“Las batallas por la historia y la memoria”) y debatir el estado de la cuestión al respecto. Los efectos del diálogo y debate entre ellos se verán en los trabajos venideros, pero de momento acotaría tres consideraciones.
· Historia y memoria se confunden a menudo. Especialmente en los movimientos políticos que reivindican su conjunción como “memoria histórica”. Ante ello, la primera reacción es la de oponerlas dicotómicamente por lo mucho que las separa. Si es una no es la otra, suele decirse y aunque pueda ser cierto, su relación es mutuamente constitutiva pues ambas se afectan y producen, acotándose y encuadrándose en una negociación política y poética constante. Su relación es dialéctica haciendo que una vaya hacia la canonización y la otra hacia la confrontación. Sobre la primera se fundan tradiciones e instituciones, contra las cuales la segunda genera movimientos emergentes. Así las versiones dominantes ceden y quedan como residuales. Esto siguiendo el vocabulario del teórico literario R. Williams.
· La memoria individual es una contingencia que atañe a cada persona y a su entorno inmediato. Es valiosa y en sí de ella depende mucha de nuestra subjetividad. Ciertamente estará condicionada por las experiencias de lo que llamamos familias y comunidades en que crece cada quién. La manera en que se transmitan las versiones de eventos y se expliquen órdenes sociales es grupal. Lo que la hace colectiva, empero es su producción en movimientos políticos. Sólo así, con la consciencia que da su articulación es que puede reclamar el lugar de “memoria histórica”. Una vez que lo ha madurado depende de una serie de relaciones y mediaciones con lo que en “gramscianés” (sic) se entiende como “ser colectivo”, “bloque histórico”, “sociedad civil” e “intelectuales orgánicos” para hacerse de la “hegemonía”.
· Un proyecto exitoso de Estado nación suele respaldarse en la aceptación de una memoria histórica que se ha hecho hegemónica. En sus gestas heroicas y teleológico devenir encuentran solaz quiénes fusionan la entidad política con la condición de pertenencia a una “comunidad imaginada”. Como artificio requiere del deseo de creer en ella para la eficacia del dominio de clase a través del consenso. De ahí que buena parte del trabajo de investigación en ciencias sociales y humanidades entre las que se encuentra la historia sea el corregir, actualizar y criticar los efectos de esa memoria histórica como artificio político cultural. Eso en pos de aprender e intervenir con y contra ella manteniendo la unidad que da a las personas que convoca, desplazando nociones como lo nacional en nuevas agendas que incluyan a residentes e inmigrantes con ciudadanos antes que sólo paisanos.









