Cuando alguien se va, cuando alguien cercano y muy amado muere, las cosas definitivamente no serán igual, nunca más.
La dinámica cotidiana cambia, y nos vemos de frente con una realidad dolorosa y difícil de procesar.
Y aunque se piense que el tiempo todo lo cura, lo cierto es que el tiempo solo ayuda a acomodar a ese ser, en un lugar especial, pues tal vez el dolor disminuya, pero no desaparecerá jamás.
Todos, dentro de un sistema familiar, tenemos un lugar, un rol, y probablemente una etiqueta que se mantiene así, para un “bien” del sistema mismo.
A todos conviene tener un padre protector, una madre amorosa, un hermano que parece ser el consentido, otro el inteligente, otro el maduro, otro el guerroso o inquieto, en una palabra, el bueno, el malo y el feo…
Y de esta manera interactúan, dejando claro quien es quien al momento de tomar decisiones o acciones.
Pero no siempre se queda así, las relaciones y la madurez de cada uno, hacen inevitablemente que todo cambie y a veces eso no es bueno, porque duele. Sin embargo, será uno de esos dolores que siempre vale la pena vivir para crecer y hacerlo de la mejor manera.
Cuando alguien de este sistema se va, deja un gran vacío y nos obliga a reacomodarnos y redefinir nuestro papel dentro de la familia.
No hay salida, debemos hacerlo, o todos probablemente enfermaremos.
El proceso de duelo, es ni más ni menos, llevar cabo este incómodo movimiento de vida.
Es recordar a aquel ser que tenía una función importante dentro de estas complicadas relaciones familiares.
Se queda su esencia, se queda su voz, se queda su persona, por un largo tiempo interactuando como si aún estuviera vivo.
Qué haría él en este caso, qué diría, cómo lo haría, sus gestos, sus asentimientos con la cabeza, y tal vez una mueca de risa que todo lo acomodaba.
Entonces, nos topamos con ese espacio, con ese silencio, con esa no respuesta inmediata, con esa ausencia donde al querer dar un abrazo o un beso, o decir alguna palabra, nos dice que no está. Que solo quedará en nuestra imaginación lo qué el en algún momento pudiera responder.
Entonces, llega la verdad y el enorme sufrimiento que sentimos ante su muerte.
El proceso de duelo, de pérdida y de angustia, lleva su tiempo. Nada de eso, podemos evitar. Muchas palabras de aliento y consuelo nos rondan, las escuchamos, las tratamos de digerir para disminuir el dolor sentido. Consejos, abrazos y muchos mensajes que sujetan por un momento nuestro corazón.
Sin embargo, nada borra la realidad vivida. Y entonces debemos aceptar que nos quedamos así, de alguna manera solos y con una gran sensación de desprotección. Obligados a resolver de acuerdo a nuestra inteligencia, todos los problemas que se vayan presentando día a día.
Tras una pérdida, se siente dolor y mucho enojo. Si, enojo. Aun cuando todos pudieran decir, “está en un mejor lugar”, “terminó con su misión y lo hizo bien”, estamos enojados.
Quien se queda, quien vive, se queda abandonado, se queda con asuntos sin resolver en el corazón. Y entonces hay enormes sentimientos encontrados, unos de tristeza y agradecimiento, y otros de abandono e ira, por la ausencia.
La impotencia, también reina por momentos, quisiéramos ser médicos, magos, y tal vez hasta el mismo Dios para evitar la muerte del ser amado, o regresar el tiempo y hacerlo todo diferente para salvarlo.
Pero no es posible, solo es posible sentir ese enorme sufrimiento y hacer lo que nos corresponde.
La muerte es un estado del hombre, lo mismo que la vida, y tal vez más larga. Pues así estaremos por la eternidad. La muerte es una situación segura. Y nadie puede saber el momento, la causa ni el lugar donde ocurrirá.
La culpa de nada sirve. No se trata de forzarnos a sentir o hacer cosas por otras personas, solo por el miedo de que se muera y no podamos arreglarlo. No se trata de ahorrar una culpa futura, porque nada productivo se obtiene de ello.
Es preciso entonces trabajar día a día por ser mejores, por curar poco a poco nuestras heridas pasadas, por clarificar nuestros proyectos de vida, por ser respetuosos con nosotros mismos y con los demás. Por cuidar nuestra salud y hacer lo que nos corresponde para mantenerla.
De hacer, pues, lo que hemos venido a hacer a este mundo.

Y tú, amado padre, esposo y abuelo, hijo, amigo y compañero, hiciste lo que prácticamente en el libro estaba escrito. Hiciste lo correcto, supiste entregar tu corazón, y dar lo que debías dar. Tomar difíciles decisiones, estar siempre dispuesto a ayudar, a veces guardando tus miedos y dolor en el corazón para no angustiar a quienes te rodeábamos.
El dolor lo llevabas dentro y como buen caballero supiste manejar tu historia, reacomodando tus emociones, con una manera muy prudente y única.
Amar fue tu cometido y con el paso de los años, lograste convertirte en aquel hombre sereno, sensato, agradable, respetuoso, amoroso y entregado. Un caballero digno de ser admirado, como un ejemplo de vida, no solo para tu familia sino para todo aquel que te conocía.

Esta columna, la dedico al mejor padre y al mejor hombre que jamás conoceré y del que tomo, todas las cualidades que un ser humano pueda tener, a mi padre, Don Héctor Gómez Palomares.
Prometo guardarte en un lugar especial de mi corazón y seguir tu ejemplo de humildad, trabajo y entrega. Tal vez el dolor de tu partida no cese nunca, pues las personas tan amadas como tú, siempre dejan una huella de dolor, por lo que cada vez que te piense, te nombre y te recuerde, haré un breve silencio, una sutil reverencia para honrarte por el resto de mi vida. Trascendiste y con eso me quedo querido flaquito. Muchas gracias por todo, te amo.









