El gran reto que todos enfrentamos cotidianamente es silenciar los pensamientos, o al menos reducir el ruido mental que desde que despertamos se manifiesta. Debido a la gran cantidad de pensamientos que generamos constantemente, concentrarnos en lo que tenemos que hacer resulta tan complicado. La disciplina es una virtud cada vez menos presente en nuestra sociedad, tan habituada ya a la sobreestimulación de los sentidos, principalmente la vista, el oído y el gusto. Entre tanto ruido mental, silenciar los pensamientos es necesario para el buen vivir.
Somos cada vez más perezosos. El razonamiento se lo hemos delegado en gran medida a las tecnologías de la inteligencia artificial; nuestra alimentación depende en gran medida de los servicios a domicilio que nos llevan grandes cantidades de carbohidratos y azúcares; y las imágenes que consumimos ya ni siquiera las elegimos, sino que se nos presentan de manera aleatoria y una tras otra, llevándonos a altibajos emocionales que van del enojo a la risa, de la incertidumbre a la tristeza, y de la motivación a la depresión. Nuestra vida desordenada es reflejo de nuestra mente, y el descontrol de ésta se debe a nuestra falta de disciplina.
El cuerpo está para servirnos y nosotros, para servirnos del cuerpo. Notemos que este “nosotros” que somos si bien vive dentro del cuerpo, lo habita, es al mismo tiempo algo distinto al cuerpo, al menos de alguna manera así es. Lo que el cuerpo desea no necesariamente estará en consonancia con lo que necesita, ni con lo que la mente ha decidido como opción. En este sentido, es importante comprender la disociación en la que estamos: la mente y el cuerpo van por caminos distintos debido a la falta de disciplina, es decir, de voluntad, para poner todo en orden. De ninguna manera se trata de escapar del mundo y de su vertiginoso movimiento, sino de aprender a vivir en él sin que su torrente nos arrastre.
El desorden cotidiano se refleja en la entorpecida sociedad de la cual formamos parte. Las enfermedades aumentan, la obesidad se manifiesta en edades más tempranas, el deleite en la ignorancia es mayor y el interés por el estudio y el fortalecimiento físico disminuyen. El tiempo que nos ha tocado vivir es el de una sociedad que espera vivir en plenitud, pero sin esfuerzo y sin renunciar a sus vicios. Nuestra sociedad es la del victimismo, la del individuo que antepone sus traumas, heridas y deficiencias físicas para no asumir ninguna responsabilidad, empezando por la de perfeccionarse a sí mismo a pesar de las decepciones, tristezas y malestares cotidianos. En pocas palabras, nuestra sociedad es cada vez más débil e ignorante, y muestra de ello es el aumento en las tasas de pobreza, de desigualdad y de criminalidad a nivel mundial.
Sería idealista suponer que para estos males existe una “cura mágica”, una “solución milagrosa” que de un momento a otro revertirá el caos en orden. Lo cierto es que no a todas las personas les interesa realmente superar sus vicios, como tampoco ejercitar su voluntad, pues la disciplina es un camino del que rehuyen. La disciplina duele y casi nunca es placentera, y a pesar de que su recompensa siempre será en beneficio de la vida particular, pocos son los que la eligen como camino, la mayoría prefiere entregarse a los placeres que, como siempre, agradan al inicio y martirizan al final. ¿Y en qué consiste esencialmente la disciplina? En aplacar el ruido mental.
Disciplinarse, en cualquier ámbito, es, ante todo, un acto de privación. Disciplinarse es ponerse límites. Disciplinarse es negarse a la satisfacción de los deseos, a asumir el rol de víctima en cualquier situación, a dejar que los demás elijan por uno mismo. En pocas palabras, disciplinarse es tener voluntad para subyugar la fuerza, los deseos y los impulsos a la razón, la cual invariablemente traerá orden a nuestras vidas, ¿y qué es el orden sino un acercamiento al silencio mental? El escritor Carlos Castaneda, habla en estos términos de la disciplina y del ruido mental en su obra El silencio interno:
«El silencio interno es un estado natural de la percepción humana en el que los pensamientos se bloquean, y en el que todas las facultades del hombre funcionan desde un nivel de conciencia que no requiere el funcionamiento de nuestro sistema cognoscitivo cotidiano. La percepción humana cae en algo que se asemeja a un hoyo negro, cuando se la despoja de su compañero habitual, el diálogo interno. La percepción humana es capaz de alcanzar niveles indescriptibles cuando funciona bajo la condición del silencio interno. El conocimiento silencioso es un estado de la conciencia donde el conocimiento ocurre instantáneamente. En este estado, el conocimiento no es producto de razonamientos. En el conocimiento silencioso todo ocurre inminentemente ahora. El silencio interno debe obtenerse por medio de la disciplina. Uno mismo tiene que forzarse a estar callado, aunque sea sólo por unos segundos. El silencio interno consiste en parar el mundo. En un instante, el mundo deja de ser lo que es, y, por primera vez uno es consciente de que está viendo energía tal y como fluye en el universo. La pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué es lo que me ha impedido darnos cuenta de que hemos estado viendo energía tal y como fluye en el universo toda nuestra vida?»
Lo paradójico en el camino de la disciplina es que quien dedica su existencia a cumplir con una serie de preceptos que lo fortalecerán en lo mental, espiritual y físico a fin de dar orden a su vida, necesariamente deberá renunciar a todo ello que ha aprendido para poder continuar con su progreso. Es decir, la disciplina, en un primer momento, consiste en aprender, pero el desarrollo del ser, en un segundo momento, consiste en trascender lo aprendido, pues únicamente elevándose por encima de la razón es posible alcanzar la dimensión del silencio interior. Si vivimos en el caos no es porque realmente así sea, sino porque somos incapaces de disciplinarnos, sobre todo a nivel mental, para alcanzar el silencio capaz de parar el mundo.









