La vida en sociedad es tan caótica que todos en algún momento sienten el deseo de alejarse de la ciudad, de los problemas, de las disputas y de los demás, incluida la familia. Cuando se vive siempre rodeado de personas y atendiendo exigencias más ajenas que propias, la soledad se torna un tesoro casi inconquistable. Ya lo decían los antiguos: ¡dichoso, aquel, que puede entregarse a la vida retirada, libre de los negocios! Y es que la vida laboral, social y familiar en algún momento genera cansancio, fastidio y frustración debido a que nos hace sentir estancados y atrapados en una rutina monótona, gris, en la que la sorpresa casi nunca ocurre. La vida en sociedad es, a veces, una vida en suciedad.
Ejemplos de personalidades que se han alejado del ajetreo comunal los podemos encontrar en diferentes periodos y latitudes de nuestra historia humana. De la sociedad se han autoexiliado poetas como fray Luis de León y Horacio, pero esta práctica parece más habitual en aquellos individuos de inclinaciones místicas, como es el caso de Siddhartha Gautama, conocido entre nosotros los occidentales como ‘Buda’. Es conocida la historia de Gautama, quien abandonó su palacio cuando experimentó una crisis existencial que lo llevó, inesperadamente, a conquistar el más alto honor concedido a nuestra especie: la Iluminación, del Despertar de la Consciencia. El caso de Buda podría sernos conocido, pero no del todo cercano ni comprensible y esto es porque nuestra moral religiosa es diferente a la de la India, a fin de cuentas somos occidentales y es por esta diferencia que para nosotros tiene más sentido la figura de los ‘santos’, que no son más que budas nacidos de alguna vertiente del cristianismo.
En oriente tienen ‘budas’, en occidente tenemos ‘santos’ y ambos, budas y santos, son representantes de la misma iluminación mística y del mismo progreso superior del espíritu. Con toda seguridad podemos afirmar que nuestro ‘Siddhartha Gautama’ es San Antonio Abad, asceta, ermitaño y anacoreta por excelencia; asceta porque mortificaba su cuerpo para purificarlo, ermitaño porque se fue a vivir al desierto (en griego ‘ἒρημος’ [eremos] significa ‘desierto’) y anacoreta porque adoptó la soledad como estilo de vida (en griego ‘ἀναχωρητής’ [anajhoretes] significa ‘alejarse’).
La vida de San Antonio Abad es muy semejante a la de Siddhartha Gautama, pues ambos fueron jóvenes adinerados que renunciaron a todas sus comodidades materiales cuando contaban con casi treinta años de edad a fin de dotar de un sentido trascendente a su propia existencia. Siddartha fue un príncipe de mediados del siglo V a. C. que encontró su camino en lo que hoy, en honor a él, conocemos como budismo y que tiene como punto culminante al Nirvana, es decir, la iluminación o despertar a la verdadera existencia. Por su parte, San Antonio Abad fue un joven hacendado del Egipto del siglo III, es decir que nació ochocientos años después de Gautama, y que renunció a su oneroso estilo de vida cuando escuchó el versículo de “Marcos” 10:21 que dice: «Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; y tendrás tesoro en el cielo». Fueron estas palabras las que iniciaron la conversión de San Antonio, la cual se distingue precisamente por la renuncia que hizo de la vida en sociedad para irse a vivir a una cueva en el desierto, en la cual alcanzó el estado más alto y honroso del cristianismo: el Ilapso, el cual es lo mismo que el Nirvana. Siddhartha Gautama, el buda, renunció a la vida en sociedad para meditar debajo de un árbol de higuera pipal, alcanzando así el Nirvana. Antonio Abad, el santo, renunció a la vida en sociedad para meditar dentro de una cueva en el desierto, alcanzando así el Ilapso. Siddhartha Gautama y Antonio Abad, el buda y el santo, el Nirvana y el Ilapso, dos búsquedas, un centro.
Si bien las semejanzas entre el Siddhartha y Antonio son muchas, un aspecto distingue a San Antonio, el cual es posible hallar en otros santos, y es el de la tentación. A diferencia de los budas que generalmente se enfrentan a sí mismos, los santos se enfrentan al Demonio, el cual hace hasta lo imposible por llevarlos al fracaso en su empresa espiritual, utilizando para ello lo que conocemos como ‘tentaciones’ y que se reducen a complacencias en el alimento, en la bebida, en la materia y en el sexo, lo cual resulta interesante porque mientras que para los santos el alimento, la bebida, la materia y el sexo son tentaciones, provocaciones y bajezas, para los individuos comunes representan triunfos y quizás por ello es que la sociedad se encuentra hoy tan degradada, no porque lo anterior sea negativo en sí mismo, sino, antes bien, porque se ha endiosado a lo que está llamado a perecer. Con respecto a las tentaciones de San Antonio, el escritor Gustave Flaubert, en una pequeña novela que lleva el nombre del santo, escribió así:
«El Demonio le dice a San Antonio: ¡Hipócrita! ¡Tú te privas de carne, de vino, de baños calientes, de esclavos y de honores, pero permites que tu imaginación te ofrezca banquetes, perfumes, mujeres desnudas y multitudes que te aplauden! Tu castidad se convierte así en una corrupción más sutil. Es esto lo que vuelve tan lúgubres a los que son como tú. La posesión de la verdad lleva consigo la alegría. ¿Acaso era triste Jesús? Él iba siempre rodeado de amigos, descansaba a la sombra del olivo, entraba en casa del publicano, multiplicaba las copas de vino, perdonaba a la pecadora y curaba todos los dolores, pero tú sólo te compadeces de tu miseria.»
Las palabras del Demonio son ciertas. ¿Para qué alejarse de la sociedad, si en nuestra mente prevalecerán ideas ligadas a la sociedad? Flaubert menciona que la vida pública es la práctica de vanidades materiales, mientras que lo que llamamos ‘el despertar de la conciencia’ no es más que la satisfacción de vanidades interiores, y es que si analizamos nuestras prácticas espirituales contemporáneas, no nos quedará más que admitir con vergüenza que la espiritualidad de hoy en día no es más que un disfraz y una mercancía que lejos de llevarnos a ser semejantes a budas o santos, nos permite complacernos en hipócritas banquetes imaginarios.
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