Sin soslayar en absoluto la gravedad del atentado contra el periodista Ciro Gómez Leyva, ocurrido la noche del jueves quince del mes y año corrientes, lo que domina la discusión es su uso por el presidente. Indudablemente tenía que pronunciarse al respecto. Además de condenarlo debía dar un voto de confianza a la fiscalía de la Ciudad de México, sabedores que se coordinaría con las de los estados vecinos y en su caso la federal. No fue así. Lejos de acotar y encauzar, decidió chapotear, salpicando a los que considera sus adversarios, usurpando el papel de víctima. Tras el lamento genérico, por tratarse de un “ser humano”, vino el agandalle. Ponderó primero la inestabilidad política que habría producido el asesinato, para después especular quiénes se beneficiarían con ello, caracterizándolo como un ataque a su proyecto político, para rematar que la única línea de investigación a descartar era la sospecha sobre su gobierno. Huelga decir que todo ello es inaceptable. En palabras del mismo Ciro Gómez Leyva fue un “escupitajo a la cara”.
Revisemos otro escupitajo reciente. Durante la marcha, llamada “del pueblo” por unos y de “los acarreados” por otros, celebrada el 27 de noviembre pasado (en respuesta a la “ciudadana” en defensa del INE del 13), el canciller Marcelo Ebrard fue aderezado con un gargajo. Además de la chacota en medios y material para caricaturas, dio paso a elucubraciones sobre quién sembró o mandó a un especialista en escupitajos y haya puesto al canciller a tiro para que le estampasen el “gallo en la jeta”. Cachondeando en el absurdo se entiende que no es posible haya en la nómina del gobierno de la “CDMX” un destacamento con esa especialidad, ni se hagan pruebas en los bachilleratos o universidades que ellos controlan para la detección de talentos. Sí es creíble que antes que la jefa de gobierno sea el secretario Batres quién conozca y este rodeado de “capital humano” con tales capacidades. De ahí a que se pueda presionar al “diamante” de seguridad del canciller para acercarlo al “franco-gargajeador” hay una gran distancia. Lo más probable es que un espontáneo dotado de esas cualidades se encontró con la oportunidad y aprovechó la ocasión. Si después de eso fue a saludar a un burócrata o funcionario capaz de darle alguna recompensa es imposible saberlo. No que, tanto a los competidores internos y sus pandillas dentro de la coalición gobernante como a los desguanzados opositores, les haya caído en gracia la hazaña y la hayan encumbrado para desternillarse en tertulias.
En tanto sólo podemos especular respecto a lo ocurrido con el atentado a balazos contra el periodista, mismos que iban bien apuntados y no llegaron al blanco por ir en un vehículo blindado, es que la anécdota del escupitajo adquiere relevancia. Es poco probable se tratase de un asesinato político emanado del aparato represor y de inteligencia del estado. Por principio de cuentas, si es que saben hacer su trabajo, estarían al tanto del blindaje y habrían usado otras armas del calibre adecuado o bien atacado a Ciro Gómez Leyva al estar expuesto. La insidiosa y temeraria calumnia del presidente respecto al auto-atentado supone que quiénes la ejecutaron sabían lo mismo y por eso lo hicieron confiados. Tanto que sería fácil saber dónde entrenaron y a qué personal usaron, como y cuando se pusieron de acuerdo y si el blanco del mismo está involucrado. Ahora que todas las comunicaciones son vulnerables, habría rastro de ellas o de reuniones. Como bien sabemos, los periodistas enlistados una y otra vez por el presidente son espiados con sus familias. Lo mismo cabe para los empresarios y enemigos políticos. Vaya, hasta el sector más intrascendente, los vulgarmente llamados “intelectuales”, se han visto arrastrados con ello. Así es que sabemos quién engaña a su conyugue con quiénes y que moteles frecuentan. Suponemos los órganos de inteligencia estadounidenses y cubanos operando desde sus embajadas, en la Marina Armada de Guerra e inteligencia federal respectivamente, se divierten con la intrascendencia y promiscuidad de las telenovelas mexicanas.
Lo más probable es que así como el espontáneo que lanzó el gallo a Ebrard, un criminal con capacidad de fuego y movilización, sea funcionario o freelance, descarado o encubierto, haya buscado congraciarse con alguien. Sea el presidente o facción de la coalición gobernante, sea otro privado o emprendedor, pero es un caso análogo. Nadie ganaría y todos perderíamos con la muerte del comunicador, como que nos hemos perdido ya todo el respeto y asco como sociedad en la formación estatal. El paso de reírse y hacer mofa de un escupitajo al de un asesinato no es complicado en México. Máxime si acotamos que se trata de hombres mayores cisgénero y hasta presumiblemente “blancos”. Por supuesto que nunca sabremos nada a cabalidad. No porque sea imposible sino porque es un espectáculo en el que todos los actores políticos se benefician de la inmundicia. El presidente se adelantó, pero ya le ha respondido el coro de impresentables y aspirantes a “notables” con sendo desplegado. Eventualmente se identificará y localizará a los sicarios, pero no sabrán quién ideó el ataque. Sólo que los contrataron a través de una red criminal sea vía reclusorios o bolsa de trabajo en el WhatsApp o el Facebook, a través de la tía de las muchachas, o la mano pachona. En una de esas aparece otro falso “cartel” de los gargajientos. En todo caso la historia seguirá como venablo, debidamente envenenado, para todas las partes y habrán logrado coronar a otro lector de noticias como vocero de México. Dudo que el ungido haya estado involucrado, pero tampoco dejará pasar esta oportunidad de proyección, así sea pasajero.
Además de la repugnancia de llevarnos a escupitajos, lo que ambos incidentes revelan es la pobrediablez de la formación estatal erigida sobre sociedades política y civil rascuaches.









