¿En qué tenemos depositadas nuestras esperanzas? Algunos responderán que en Dios, lo que sea que este concepto signifique para cada quien; otros dirán que en el dinero o en alguna representación de lo tangible, como lo pueden ser los bienes materiales y el trabajo. Quienes depositan sus esperanzas en Dios, sentirán que obran adecuadamente, mientras que quienes depositan sus esperanzas en lo tangible, supondrán que son más realistas y, por ende, más sólidos en sus anhelos. Sin embargo, ni los primeros son verdaderamente fieles a su creencia, como tampoco los segundos están convencidos de lo que poseen, pues en los tiempos modernos en los que nos hallamos lo único certero es la apariencia y la desolación.
Puesto que la vida carece de un sentido primario es que a lo largo de las épocas se le han atribuido sentidos secundarios, cuyo objetivo ha sido otorgar una dirección y un significado a las obras humanas a fin de que no parezcan vacías o vanas. Estos sentidos secundarios con los que la experiencia vital se ha disfrazado son la religión, la política, la educación y el juego, sin embargo, debido a lo gastados y repetidos que están los mencionados discursos es que han perdido toda credibilidad. No es un secreto que las religiones no son congruentes con respecto a lo que predican, pues cada siete días vemos a sus jerarcas rodeados de oro, de marfil y de opulencia. El caso de la política no es muy distinto, pues para quienes la representan y ejecutan las leyes no son más que palabras vacías y en todo caso aplicables sólo para las clases sociales subyugadas. En cuanto a la educación, más que perseguir el óptimo desarrollo intelectual de quienes se acercan a ella, fomenta el adoctrinamiento, el servilismo y la conformidad. Entre todo esto, el juego parece ser el más congruente de todos, pues desde su origen ha sido sincero en cuanto a lo que busca y esto es el ocio, el divertimento, la risa, la burla y la holgazanería. El juego es la más fiel de las ideologías, mientras que la religión, la política y la educación son discursos vacíos y para muestra es suficiente con ver la calidad de nuestra vida social en la que el crimen, la violencia, la pobreza y la ignorancia aumentan con cada nuevo amanecer.
En medio de tanta desesperanza, ¿en qué o en quién podríamos depositar nuestra esperanza? Las ideologías político–religiosas no sólo se hallan contaminadas de maldad y falsos discursos, sino que, además, se encuentran en un punto de decadencia sin precedentes que puede palparse sin dificultad en el hecho de que cada vez aumenta más el número de individuos que se sienten ajenos a toda participación dentro de un grupo religioso y político. Las instituciones han mentido tanto que sólo los crédulos toman por ciertas sus palabras; sólo los crédulos toleran la riqueza material de los jerarcas religiosos que hablan, sin comprender, de las virtudes de un Dios pobre; y sólo los crédulos creen que los políticos, que exprimen en beneficio propio las arcas del erario público, están interesados en mejorar las condiciones de vida de quienes, sin oposición, aceptan vivir cual bestias de carga para engrosar, precisamente, las arcas del erario público. Entre tantas mentiras, sólo el juego, fiel a su naturaleza salvaje y burlona, se mantiene puro, de ahí que nuestra sociedad prefiera la vida del ocio a la del negocio, o en otras palabras, si se va a vivir disimuladamente, que al menos haya alegría en ello.
La pérdida de la credibilidad en las instituciones político–religiosas es lo que el filósofo alemán Federico Nietzsche llamó “la muerte de Dios”. Esta expresión no debe de entenderse en el sentido literal, sino como el aniquilamiento o el derrumbe de toda certeza en la sociedad. La “muerte de Dios” representa el descrédito de las instituciones y la pérdida de los valores que hasta el siglo XIX, que es el inicio de la modernidad, se habían mantenido más o menos íntegros. Leamos unas líneas de La gaya ciencia, en que Nietzsche da cuenta de la muerte de Dios:
«¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!” Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. El loco les respondió: “¿Qué a dónde se ha ido Dios? Lo hemos matado. Todos somos su asesino. ¿Cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿No viene de continuo la noche y cada vez más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!” El loco arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. El loco añadió: “Vengo demasiado pronto, todavía no ha llegado mi tiempo. Los actos necesitan tiempo a fin de ser vistos y oídos.” El loco entró en varias iglesias y entonó su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó: “¿Qué son estas iglesias, sino las tumbas y panteones de Dios?”»
Este “loco” que menciona Nietzsche no es más que la representación del filósofo, el cual, debido al conocimiento que posee, es consciente de la desdicha en que todos, y no sólo él, se hallan. El loco–filósofo lleva una farola encendida durante el día porque si bien el sol de fuego está en el cielo, una oscuridad profunda (pero invisible) lo envuelve todo. Esta oscuridad es la de la ignorancia, la del descrédito de las instituciones, es la falta de esperanza que a nosotros también asola y por ello es que el loco–filósofo pregunta: “¿No tenemos que encender faroles a mediodía?”, pues aunque vemos luz, ésta es sólo aparente, nunca real.
¿Nosotros, en nuestra desesperanzadora esperanza, buscamos a Dios, entendiendo por tal a los valores trascendentes de la existencia? Todos somos responsables del mayor asesinato jamás realizado, el de lo sustancial. Si nuestras instituciones están corrompidas no es por la casualidad, sino por nuestro desinterés y egoísmo. Los actos necesitan tiempo para ser comprendidos. ¿Escuchará alguien al loco? Las instituciones no son más que las tumbas de Dios.
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